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Los secretos del Estado

Manuel Orío |

La Región | 16 de febrero de 2020

Nicolás Maduro no solo es un sujeto inculto, zafio, egocéntrico y, por tanto nada recomendable, sino que también es un político horroroso que no tiene necesidad de ser discreto y elegante en el ámbito en el que se maneja –en el que está habituado a conseguir sus deseos a cachiporrazo limpio- pero cuyos excesos verbales producen situaciones indeseables para los que, detrás de sus fronteras naturales, le prestan un incomprensible pero decidido apoyo. Ese es el caso del Gobierno de España, al que este bárbaro incontinente ha decidido volver a poner en ridículo a cuenta de sus excentricidades. El premier bolivariano acaba de airear sin la menor reserva que su vicepresidenta Delcy  Rodríguez y el ministro Ábalos mantuvieron en Madrid conservaciones secretas que no pueden ser rebeladas, en el curso de una delirante rueda de prensa que las autoridades españolas deberían analizar a conciencia porque cultivar un socio como este es un ejercicio que pasará tarjeta tarde o temprano. Como todo el mundo sabe, incluyendo Maduro y los responsables del Gobierno español especialmente el ministerio de Asuntos Exteriores, Delcy Rodríguez está incluida, desde junio de 2018, en la lista negra de altos cargos del régimen bolivariano a los que se prohíbe expresamente el ingreso en el espacio Schengen.

Es tal el caos generado en torno a esta presencia en la noche de Barajas que aún hoy es el día en que nada hay seguro ni nada ha podido ser confirmado. Nadie se explica por qué la señora Rodríguez  aterrizó en Madrid si su destino era Turquía y podía haber hecho escala previa en cualquier país del norte de África donde no es proscrita. Tampoco se explica nadie qué pintaba Ábalos en Barajas aquella madrugada. Las notas sucesivas de este encuentro inenarrable son a cada paso más ininteligible por mentirosas, y el argumento por el que se explica la parada en Madrid a cuenta de que en el mismo avión viajaba el ministro de Turismo bolivariano, Felipe Plasencia, ni libera de culpa ni vale para nada. Abalos, ministro de Movilidad, ni siquiera tenía que estar allí, el gobierno español debería haber prohibido el aterrizaje, y Rodríguez nunca debió aterrizar en Barajas. Lo que viene después es un sainete. Cinco versiones, cinco mentiras, Ábalos atrincherado y Maduro aireando la existencia de secretos de Estado en este encuentro furtivo. Poco más hay que decir salvo lamentarse.

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