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El modesto centrocampista

Manuel Orío |

La Región | 17 de febrero de 2020

Cuando la selección alemana ganó el Campeonato del Mundo de fútbol en 2014 con un gol en la prórroga de Göotze, calcadito al de Iniesta cuatro años antes, la señora Merkel bajó al vestuario para felicitar a sus chicos. Alemania le acababa de propinar a la anfitriona Brasil una paliza histórica de 7-0 que aún escuece, y se había impuesto a la Argentina de Messi en el último partido con Toni Kroos como timonel, de tal modo que el mediocampista germano fue considerado el MVP del partido. La foto que se hicieron los muchachos de Löwe junto a la jefa de Gobierno de su país es histórica no solo por el triunfo sino por un curioso detalle. Contemplada con detenimiento, la instantánea demuestra que en el grupo falta uno. ¿Dónde está Toni Kroos?, se preguntó de inmediato la jubilosa opinión pública alemana al analizar la instantánea. El volante teutón aparece al fondo, sentado en el banco del vestuario, aislado del tumulto, ajeno a la foto y desatándose parsimoniosamente las botas blancas Adidas que él mismo se encarga de lavar y cuidar personalmente después de cada ejercicio. Cuando le preguntaron el porqué de su actitud, Kroos contestó que él no está para hacerse fotos sino para cumplir con su deber. Juega el partido, hace su trabajo lo mejor posible y deja las glorias y las fotografías para los demás. “En casa me esperan los míos –añadió- que son los que me reciben con la misma sonrisa gane 5-0 o pierda 5-0” Tras triunfar en aquella Copa del Mundo, Kroos rechazó renovar con el Bayer, hizo las maletas y se fue a jugar al Real Madrid. Y ahí sigue.

La historia no tendría mayor relevancia que la puramente anecdótica en el terreno deportivo sino inspirara  un irresistible y mordaz deseo de comparar los comportamientos de una peculiar estrella del fútbol con la multitud de personajes de la esfera social, la información y la política capaces de degollar a su propia madre por salir en una foto, aferrase a un micrófono o tener, en definitiva, su minuto de gloria. Contemplar la desoladora imagen de esas marionetas de medio pelo abriendo mucho la boca, pegando codazos y dando empujones por ocupar plaza ante los objetivos, alzando mucho la voz, impostando el tono y poniendo ojitos bovinos, es un ejercicio ingrato y cansino. Como Kroos predica con el ejemplo, lo que debería valorarse es el honesto cumplimiento del deber, el esfuerzo y la dedicación por encima del fatuo brilli-brilli. Y mira que es difícil…

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