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La noche oscura de Abellán

Itxu Díaz |

Itxu Díaz | 02 de marzo de 2014

España es el mejor país del mundo para fracasar y el peor para triunfar. El fracaso hace feliz a todos: a los enemigos, a los competidores, e incluso a los amigos, que nada resulta más placentero para un español que ejercitar la compasión.

Yo procuro fracasar siempre. Y cuando las cosas se tuercen, y se avecina alguna terrible victoria, salgo corriendo. Me va bien. Lo bueno del fracaso es que es muy difícil fracasar en el propio intento de fracasar. Para eso no es suficiente con ser un fracasado, sino que además hay que ser muy hábil en el dominio de la propia torpeza. Vivir en el fracaso me permite admirar a los triunfadores con la distancia suficiente como para no caer en la tentación de envidiarlos. No por falta de ego, sino por exceso de pereza.

Tenía el párrafo anterior escrito en una servilleta. La olvidé el lunes en un bar del Barrio de las Letras, que es quizá el lugar más apropiado para extraviar una fórmula matemática. Regresé al lugar de los hechos al día siguiente pero no había ni rastro del papel. “Acostumbramos a cambiar las servilletas de un día para otro”, gruñó el camarero de la mañana, que es todo lo opuesto a la camarera de la tarde. “Ojalá hicieran lo mismo con los camareros”, pensé. Pero no lo dije. Hay días que te levantas así, sin ganas de que te rompan la cara.

Camino junto al Congreso. Muchísima gente trabajando. Me refiero a los policías. El resto están en esa fiesta que es el Debate del Estado de la Nación, como si hiciera falta reunirse para saber cuál es su estado. En la zona, cientos de manifestantes. Mi desacuerdo con ellos es total sin haber leído sus pancartas: cualquier idiota que grite sereno antes de las doce del mediodía no puede tener razón.

A pocos metros del Congreso he quedado para comer con José Antonio Abellán. De fondo, las sirenas. Sobre la mesa, carne, buen vino, y un sinfín de historias de la España real, la que explica por qué estamos echando a perder todo lo que nuestros mayores conquistaron para crear un país próspero. Un país capaz de beber buen vino y ser noble al mismo tiempo; que son los dos grandes indicadores de prosperidad. De Abellán aprendí como oyente casi todo lo divertido que se puede hacer en una radio. A su ingenio le debo tantas horas de risas como de radio emocionante, tantas mañanas anodinas salvadas por una buena broma y un poco de rock, como noches deportivas aburridas a las que fue capaz de darles la vuelta. Te ponía a bailar aunque no te gustara la música. Te mantenía en vilo aunque no te gustara el deporte. Te impedía caer en la indiferencia, que es el único medidor infalible del carisma.

No es casualidad que el gran Antonio Herrero le tuviera entre su gente de confianza, algo que muchos desconocen, especialmente ahora que todo el mundo presume de haber trabajado con él en Antena 3. Supongo que mientras escribían en el ABC de Anson y veían documentales en La 2. Abellán me ha contado algunas de las anécdotas más divertidas de Antonio Herrero. Ese tipo de cosas que hacen de la leyenda un hombre, susceptible de provocar carcajadas con sus divertidos defectos. Cosas que me guardo, que ya contará él cuando quiera. Renuncio a la patente de corso que me da el periodismo para desvelar lo que se me confía entre brumas. Renuncio, al menos, mientras la cantidad de cubatas pagados no exceda la docena.

Tuvieron que llamarle “pinchadiscos” para vejarle, como si existiera algo más digno que saber poner a la gente a bailar. La armó con Calderón. Desmontó el EGM. Ocupó a su manera el hueco enorme que dejó José María García, y logró algo aún más difícil: su respeto y amistad. Trabajó como pocos, disfrutó como pocos, ganó dinero como pocos, hizo ganar dinero como pocos. Trajo a España La Jungla, cuando la gente aquí se pensaba que “morning show” era el nombre de un puticlub de la A6. Y ya nunca ha salido de esa jungla. Antes, en la cima, con un montón de gente alrededor, con las cacatúas cacareando, y con los monos rompiéndose las manos a aplaudir. Hoy, paseando su negra noche en solitario, con sus oyentes buscándole en el dial, las cacatúas calladas como caracoles, y con los mismos monos que le aplaudían lanzándole cacahuetes desde los árboles.

Tengo muchos amigos en la Cope. Ignoro si son ciertas todas las miserias que relata Abellán en "La verdad os hará libres". De cómo le hicieron la cama. De cómo quisieron comprar su silencio. De cómo trataron a los suyos. Cuando la Cope consumó la operación de fichar al equipo deportivo de la SER, o cuando se comieron Punto Radio. No deja de ser llamativa esa costumbre tan española y venezolana: comprar un medio para cerrarlo. No alcanzo a comprender ese insólito placer periodístico.

A José Antonio Abellán lo conocí mucho antes que él a mi. Por entonces yo pasaba a menudo por la Cope y Cadena 100, y lo veía entrar o salir a cualquier hora, precedido de unas ojeras patrocinadas por los años de oro de ambas cadenas. Despertaba con humor a los oyentes en la radio musical, entraba en antena con Federico a las ocho, dormía apenas unas horas, y ponía toda la carne en el asador en la medianoche de El Tirachinas.

Insoportablemente tozudo –el muy cabrón-, descubridor de talentos, implacable a la hora de tildar de chorizo a un chorizo, obsesivamente actualizado en cualquier innovación radiofónica, generoso al rodearse de los mejores, lanzando al estrellato a varios de los tipos que más admiro de la radio española, y capaz de dejar plantada a Beyoncé en mitad de un baile si le llega la hora de irse al pueblo. Así fue y así es.

Escribo hoy todo esto sin ánimo de rendirle homenaje. Si necesitara mi tributo, más le valdría un buen obituario en el ABC. Nada más lejos.

Comemos, le escucho hablar, y lo veo mucho más vivo que todas esas sombras que languidecen en torno al Congreso. Muy aburrido, muy incompetente, y muy estúpido tendrá que haberse vuelto este país si Abellán pasa dos meses más sin un micrófono.

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