Imprimir

Revoluciones

Jaime Noguerol |

La Región | 24 de mayo de 2020

Lunes, 18 de mayo.
Hace tiempo que no sé nada de Emilio Rojo. Le conoces, hermano, seguro. Ha hecho una leyenda de su vino. Hasta lo bebió el presidente de los Estados Unidos. E incluso sacó sus botellas en una película Woody Allen. Emilio y yo somos viejos amigos, yo le aprecio mucho. Pasamos años en aquel entrañable internado del colegio Cisneros. Qué tío, entonces venía de Sevilla, traía una capa de torear y se entrenaba para ser torero. Pero otro fue su camino, las viñas de sus antepasados lo llamaron y creó su vino con duende. La última vez que lo vi, hará un año, tenía el rostro levemente pálido, me confesó: “Acabo de vender mi marca y mis vinos a una multinacional”. Para mí fue como si me golpeara el destino. Estábamos en la barra del Frade, quizás fui cruel con él y no debí decirlo, pero le espeté:  “¿Cómo? ¿las cepas de las viñas de tus antepasados? ¿esas que tanto amabas que hasta dormiste abrazado a ellas para que tuvieran tu hálito? Ay, hermano, así que has cambiado tu sueño por oro”. Después, permanecimos callados. Me dio una palmada y partió en silencio. Hoy, cautivo, pienso en ti. Ay hermano, por dónde andas. 

Miércoles, 20 de mayo.
2020-05-24_angulo_inverso_ilustTodo el mundo versiona las mágicas canciones de los 80. Me llegan noticias de que una banda catalana va a versionar un carismático tema de una banda de culto, ‘Minuit Polonia’. El tema estrella se titula ‘Ibiza underground’, un poema que yo había escrito en el 77, en la madrugada en la barra de una discoteca mítica ibicenca llamada Lola´s Club. ‘Minuit Polonia’ era un grupo muy especial. Decían en la prensa: "Hacemos música para mover las neuronas”. Alguna vez escribí sobre su líder y cantante, Luis Vida. Un tipo culto, de estilo eléctrico y con elegancia de dandy. Pero lo suyo era seducir a las farmacéuticas de Madrid para conseguir las anfetas que engullía intermitentemente. Gran tipo, Luis Vida. Por eso, hermano lector, creo que no está de más escribir algunas líneas del poema compuesto en aquella madrugada y que ellos tocaron con ritmo frenético: “Alguien pide papel de fumar / alguien baila sin brújula / alguien bebe su noveno vodka / alguien plácidamente dormido en la barra / alguien que busca a alguien desesperadamente / alguien anciano que enseña unos billetes a un muchacho desaliñado / alguien que suda estrepitosamente / alguien que busca gresca / alguien que besa en una esquina / alguien triste, muy triste, allá al fondo / alguien que monologa consigo mismo en alemán / alguien que es la dieciséis vez que va al servicio / alguien de rostro amarillento, esquelético, quieto, sin pestañear, como un decorado de ultratumba allá al fondo de la sala”.

Jueves, 21 de mayo.
Raúl del Pozo es el último columnista de una generación brillante que supo contar historias certeras que te hacen pensar. Quizás sea el heredero de Umbral. Estos años escribe en la última página de ‘El Mundo’. Le conocí en el Madrid de los 70. Admiraba mucho al poeta Carlos Oroza y nos veíamos con frecuencia en el Café Comercial. Siempre tuvo fama de buen jugador de póker. A menudo salía desplumado del casino de Torrelodones. Entonces, le decía al inolvidable cerillero del Café Gijón: “Estoy tieso”, y él le hacía de prestamista. Afirmó siempre que el juego no es un vicio, sino una pasión. El otro día escribió un artículo demoledor sobre la masacre que ha habido con los ancianos. Afirma Raúl que en esta pandemia apareció de nuevo la estrella amarilla del holocausto para colocársela ahora a los ancianos. Matiza: “Ahora los viejos son la hez de la sociedad”. En el artículo reflexiona que esta última generación de ancianos ha sido, sino la mejor, una de las mejores generaciones que dio este trozo de mundo. Estuvieron y tal vez lucharon en nuestra terrible guerra civil. En el 39 del pasado siglo España era un solar humeante. Pusieron el hombro en la alargada posguerra, trabajaron duro, unos emigraron a Brasil y en el 50 enfilaron a Centroeuropa donde vivían en barracones. Sus dineros levantaron este país. En vez de este cruel trato deberíamos honrarlos y cuidarlos.

Viernes, 22 de mayo.
Ya conté que donde vivo hay como siete pisos, y todos dan a mi terraza que está en la primera planta. Me han echado de todo. Alguien me tiraba tabaco, un día lo descubrí y es Juan, ahora mi amigo. Pero estos días recibí un mensaje que me llenó de nostalgia. Sabe el lector que lo mío son cosas verídicas. Es letra de mujer y te copio algo de lo que me llegó: “Jaime… yo le conozco a usted…por una mujer que lo amó mucho… me daba la lata día tras día… por su historia de amor. Seguro que no la recuerda, se parecía a Anaïs Nin”. Dice más cosas y termina: “Cuando le veo desde mi ventana me acuerdo de aquella mujer”. Cielo santo. Teníamos veinte años, yo estudiaba PREU y ella era mi novia de las tardes de Auria. Era atractiva y romántica. Pronto me fui de Ourense a estudiar periodismo y además tenía que hacer la revolución. Cuántos años. No hice la revolución. A lo mejor la revolución era quedarme entre sus brazos.

Puede ver este artículo en la siguitente dirección https://www.laregion.es/opinion/jaime-noguerol/revoluciones/20200523231123948015.html


© 2020 La Región

© La Región S.A.

Contenidos con licencia Creative Commons