Opinión

José Luis Outeiriño, editor de periódicos

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José Luis Outeiriño, editor de periódicos

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Que el periodismo es un determinismo tecnológico lo supo muy pronto José Luis Outeiriño, Pilís, para sus innumerables amigos. No en vano se movió desde la adolescencia por los espesos calores de los talleres de impresión donde se respiraba un fuerte olor a tinta y a plomo derretido. En esos casos la tinta se apodera de las venas, se mezcla con la sangre y no te abandona jamás.

Fue como un tatuaje imborrable, que marcó su sustantiva condición de editor, la persona que dirige el compendio de departamentos que desembocan en el periódico impreso o cualquier plataforma donde se puedan leer las noticias. Por eso escribí antes que el periodismo es un determinismo tecnológico, hoy vemos con más claridad que nunca esta evidencia dogmática que marca los signos de nuestro tiempo, ya que cada día amanecemos con nuevos avances en las artes y métodos de llevar la noticia a los lectores. A José Luis siempre le preocuparon las nuevas tecnologías de la comunicación para adaptarlas a sus expansivos negocios, sabía que quedar al margen de los avances suponía entrar en los oscuros reinos de las vías muertas. Renovarse o morir. Cuando hablaba con él, la mayoría de las veces nuestra conversación giraba en torno a las novedades en las artes de la impresión y de la distribución, así como sobre los métodos de captación de noticias y su traslado a los medios. Desde la distancia fui viendo cómo introducía los nuevos avances, en ocasiones, incluso se adelantaba a los más poderosos de sus rivales. Ocurrió con el sistema de impresión en offset, que La Región fue el segundo periódico español en implantar; después vinieron todos los demás. Recuerdo cuando a finales del 92, principios del 93, siendo yo presidente de la Agencia Efe subimos las noticias al satélite Hispasat, puesto en órbita desde la Guayana francesa, y desde las alturas orbitales distribuía por toda Iberoamérica las noticias de la agencia como si fuera una nube cargada de información, en vez de lluvia. Un día me llamó Pilis diciéndome que quería ver la tecnología de distribución por satélite, le invité a comer en mi despacho.

Llegó cargado de curiosidad y lleno de preguntas, a la mayoría de las cuales no sabía cómo responder. Pedí apoyó al ingeniero jefe de telecomunicaciones, Julio Ferrero, autor de nuestro proyecto satélite, que se unió a nosotros para responder a todas sus preguntas sin titubeos. La sala desde donde se operaba la subida de las noticias al satélite parecía el recinto de una nave espacial. La curiosidad de Pilís era interminable. En la comida establecieron una conversación sobre la tecnología satelital, Julio le explicó cómo las noticias saltaban de un satélite a otro, como iban de Asia a África, de África a Oceanía recorriendo de una parte a otra los espacios siderales. Hablaron también de la banda ancha y de la importancia que tendría en las televisiones. Tengo que confesar que había muchas cosas que no las terminaba de entender o simplemente no las entendía. Después de despedir a José Luis y quedarnos Julio Ferrero y yo, me ponderó la curiosidad y el conocimiento “que tiene tu amigo” sobre la importancia de las comunicaciones en el periodismo. Ese día descubrí que José Luis era un nostálgico del futuro. En esa onda estaba la imaginación creadora de José Luis: la impaciencia por el futuro.

A pesar de su constante inquietud creadora, la joya de la corona para José Luis era La Región. Lógico. Era la madre de los corderos. Refiriéndose a la novela el escritor francés Julius Stendhal dijo que la novela era un espejo a lo largo del camino, contradiciendo al maestro creo que esa definición es más aplicable a los periódicos que a las novelas. En La Región se confunde el espejo y lo reflejado como si fueran una misma cosa. Una complementa a la otra formando parte de un mismo cuadro. José Luis sabía que la fuerza esencial a un medio como La Región le viene de contar bien la realidad más inmediata, sin olvidar todo aquello que puede interesar al lector, pero la cercanía tiene el vigor de lo cercano, la fuerza de lo visual y la novedad sobre lo ya conocido. Lo que sucede bajo la lluvia hay que contarlo bajo la lluvia.

La Región es inseparable de Ourense, tanto que una parece el apellido de la otra. La Región cuenta la vida de la ciudad y de la provincia, especialmente los acontecimientos extraordinarios, pero también los cotidianos como son los nacimientos, las bodas y las muertes. Una esquela da mucha información sobre los muertos como la crónica de una boda la da sobre los sentimientos de los vivos. En el empuje que le dio José Luis y antes su padre, Alejandro, La Región no se ha limitado a ser un frío notario de la realidad o un espejo inerte reflejando un paisaje vital. La Región interactúa con la realidad, y en ocasiones ha contribuido a modularla y cambiarla. De ahí le vino a José Luis convertirse en un actor de referencia en las transformaciones de la ciudad y la provincia. Tenía una selectiva conciencia crítica que trasmitía a sus colaboradores. Mucho antes de la conocida como movida madrileña, estimulada por el alcalde Tierno Galván, en Ourense hubo la movida de los artistiñas, una generación de jóvenes creadores llenos de talento y con la imaginación desbordada. A voleo me salen los nombres de Quessada, Xosé Luis de Dios, Acisclo Manzano, Buciños... En La Región lucían la brillantez de sus obras, pintura, escultura, literatura y música. Se reunían en el bar o taberna Volter, un nombre que era toda una declaración de principios. También acogió los pensamientos contradictorios, progresistas y diversos, en épocas difíciles, de intelectuales como Risco, Otero Pedrayo, Cuevillas, Blanco Amor, Trabazo, Gimeno, Carlos Casares, Celso Montero y otros muchos.

Fue incansable como impulsor de los más variados proyectos, los más importantes relacionados con el periodismo y la comunicación, pero también estuvo en la apuesta de los deportes de invierno en Manzaneda. Me voy a fijar en uno solo, en el que a mí me parece el más importante de todos, el lanzamiento de La Región Internacional. Salió en el tiempo adecuado, cuando la emigración ourensana, gallega y española extendía su nostalgia invertebrada por toda Europa, a mediados de los sesenta. Solo al ver los resultados y analizar el éxito fulgurante en el mercado europeo nos dimos cuenta de que La Región Internacional fue una idea brillante en los límites de la genialidad.

En principio, editar un periódico en Ourense y distribuirlo a los emigrantes españoles que trabajaban en la Europa rica y desarrollada, del centro y del norte parecía una apuesta insensata, rayando la insensatez, pero aquí la insensatez iba de la mano de la genialidad. Había que tener un cierto coraje para hacerlo en una época analógica con 300.000 ejemplares de tirada, se necesitaba una gran habilidad estratégica, casi diabólica para superar los rudimentarios métodos de distribución de aquellos tiempos. José Luis puso la lupa del análisis en los grupos de emigrantes perdidos en unas sociedades cuyos idiomas desconocían y desarrollando trabajos muy duros que potenciaban los sentimientos de desarraigo, morriña y nostalgia. Desde Ourense le servían un menú de noticias, hábilmente combinado y que resultaba muy apetecible para articular uno con otros los grupos de la emigración asentados en Francia, Alemania, Holanda, Inglaterra, Suiza, Bélgica, etc. Recibían noticias de España, de Galicia y especialmente de Ourense, desde donde habían partido interminables caravanas de emigrantes, pero también se cruzaban las informaciones que se producían entre los emigrantes de los distintos países. La Región Internacional se convirtió en el órgano vertebrador de la emigración. Increíble. Y desde Ourense.

Fueron los tiempos del esplendor en la hierba para José Luis. Hace pocos meses, en una de mis frecuentes fugas a Ourense, comí con él, acompañado de su hermana Maribel, su hijo Óscar y el director del periódico, Sechu Pastoriza. Era ya un morador de las nubes sin recuerdos, apenas sabía quién era, ni lo que había hecho. En vez de hablar, sonreía con la inocencia de un niño bueno. La sonrisa era el eco de la magnífica persona que había sido. Siempre dispuesto al abrazo y a la amistad. Adiós amigo. Mereces un descanso en el mar eterno del silencio. Tus huellas quedarán entre nosotros. Tus obras serán el recuerdo de ti y de tu nombre.