Opinión

La dama de las frías aguas de enero

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La dama de las frías aguas de enero

No recuerdo en dónde ni cuántos trascurrieron desde entonces, pero hace días que vi un pequeño documental en el que a unos jóvenes se les ponía en las manos un tocadiscos de mediados del siglo pasado y no sabían qué hacer con él. Eso fue al comienzo; después, a otros de su misma edad, los enfrentaron a un teléfono de los de disco y los muchachos se quedaron absortos ante los números preguntándose qué centellas podrían hacer con aquel chisme y cómo utilizarlo. Hubo más ejemplos de los que colegir cómo y cuánto han mudado los tiempos y con ellos quienes todavía los habitamos.

La experiencia adquirida de este modo, es decir, en cabeza ajena, era tan chusca, tan grosera, que quienes hayan visto lo mismo que yo vi es casi seguro que se preguntaron (como yo lo hice) si no sería un programa de humor destinado a la ridiculización de una juventud -que a mí y pese a todo se me antoja espléndida- en vez de un documental para ilustrar el cambio y la fugacidad de los tiempos...a la vez que la estupidización de una generación entera cuyo mayor pecado es haber venido al mundo precisamente en ellos.

Según avanzaban las distintas secuencias que ofrecía el pequeño me iba preguntando yo qué sucedería si, en vez de un tocadiscos o de un teléfono antiguo, le pusiesen en manos, a tan poco aguerridos representantes de las nuevas generaciones, una radio de galena como las que utilizábamos los alumnos de Colegio Menor que estábamos internos en el edificio del Campo de las Mercedes. Ítem más, ¿Cómo reaccionarían si, a través de los pertinentes auriculares conectados a la pequeña ampolla de galena, acabasen oyendo la voz de un locutor gritando "¡¡¡paaaalestrrrrrrrra, ha llegaaadoooo paaleeestra revista radiofónica de los deportes...!!!” seguida de la voz de Baladrón leyendo sus berzas pró caldo que a mí tanta curiosidad me despertaban. ¿Qué pasaría?

Eran tiempos aquellos en los que en "El Cortijo", que era, además de una heladería, un bar que estaba al lado del cine Losada te ponían de tapa unas ancas de rana a la romana que constituían el mejor ejemplo posible, al menos de todos los que obran en mi memoria (no pocos) de cualquier manjar cuya ingestión te dejaba en la mejor disposición posible para chuparte los dedos: tanto era los que los llevabas a la boca para deshacerte de los huesecillos de las patas traseras de tan simpáticos anfibios. ¡Eran tiempos! Las anguilas abundaban en la plaza de abastos y, llegado el tiempo de ellas, abundaban las lampreas. Un caldero de ancas poco más valía de una o dos pesetas, las gruesas anguilas estaban riquísimas guisadas con patatas y guisantes y las lampreas, ¡ah, las lampreas! las cocinaba mi abuela que daba genio comerlas; también las preparaba bien la mujer de mi tío Alfredo, cronista oficial de la provincia, hombre de reconocida solvencia intelectual y poseedor de un envidiable diente que no sé si transcendía, como es mi caso, fuera del ámbito familiar pero que razones daba para que lo hiciese.

Desde aquellos años de la radio galena a los actuales arrastro yo mi devoción por la dama de las frías aguas de enero y mucho me llevo afanado en ser en el primero, año tras año, en anticiparme a otros desvergonzados como yo en ingerirla sino el primero si entre los primeros. El año pasado llegué a probarla el día 6 de enero y este año, en el que de momento no están entrando muchas, se me retrasó su ingesta hasta el día 12 del corriente cuando, en compañía de mis antaño competidores, pude alcanzar la gloria de su ingesta en compañía de un monseñor y de un cirujano. ¿Se lo imaginan? Opinaba mi padre que la dolencia corporal que no se curase con un bisturí o con una aspirina mala sanación tendría y opino yo que cualquier dolencia del alma, de la que no te libere una buena bendición apostólica y romana que descienda de la mano de un ministro del Señor, mala sanación tendrá. Así que, con un sanador de almas y otro de cuerpos, fue con quienes compartí el pasado día 12 del mes que andamos, en el compostelano restaurante "Carretas", la carne de la que dicen esquiva dama de los fondos fluviales en los que deposita sus huevas para que las larvas que nazcan de ellas vivan enterradas en el fondo de los ríos durante cinco años antes de abandonar sus dulces aguas en busca de otras más saladas a miles de millas náuticas para regresar, al cabo del tiempo, y continuar el ciclo de la vida o morir fuera del agua cocinadas en su propia sangre para mayor delicia nuestra. Las saludo pues un año más.

Lo hago ahora cuando los embalses no las dejan llegar a Ourense, ni a ellas ni a las anguilas, tampoco a los anguiachos, qué decir de sábalos y salmones, ni siquiera o apenas a las truchas, en absoluto a las angulas y los jóvenes se ven definitivamente empujados a las hamburguesas pues aquel mundo se nos fue, todo él, con las radios de galena, los tocadiscos y los teléfonos antiguos. ¿Sabrán, ya no digo comerlas, cocinarlas la gentes de dentro de un par de generaciones? Es de temer que no. El otro día leí que la dieta diaria de ese prodigio que se llama Donald, como el pato, y anda a trump… icones por la vida, consiste en hamburguesas y hamburguesas y doce coca-colas, así que miren el camino que llevamos. Primero desecaron la Lagoa de Antela, y allá se fueron las ranas y la vida, luego construyeron los embalses y allá lo hicieron las angulas y lampreas, ahora llegaron los smart móviles y el mundo es ya y definitivamente otro. ¿Durante cuánto tiempo? ¿y para qué?

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