Opinión

Canto, cuento y camino: hacia Belén

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Canto, cuento y camino: hacia Belén

El relato bíblico de Pastores de Belén de Lope de Vega se centra en una detallada enumeración de genealogías que señalan la ascendencia de Cristo; en episodios que prefiguran (praefiguratio) el nacimiento; en acontecimientos previos (profecía de Ezequías, nacimiento de Juan Bautista, visita de Isabel), y en la interpretación simbólica y cabalística, de nombres, objetos, vocablos y sonidos. Superpone toda una rica cultura religiosa y literaria con una marcada ascendencia medieval. El texto mueve su enunciado entre un narrador individual y plural, al participar todos los pastores como personajes y como narradores. En forma dialogada, o a base de extensos monólogos, caminan, cuentan, anuncian, cantan e interpretan lo visto o por venir. El grupo de pastores cultos se combina con los pretendidamente rústicos, menos sabios pero más ingeniosos. La materia narrada (el pastoreo es mera excusa convencional) se testifica como historia y como poesía. Se conjuga canto, cuento y camino, estableciéndose así una íntima correspondencia entre el móvil del relato, el narrador que lo va tejiendo y el espacio en que se ubica. El cambio espacial y temporal lo mide la palabra oída que se mueve hacia un centro cósmico y espiritual: Belén. Como en la Diana de Jorge de Montemayor, como en la misma Arcadia de Lope, cantar y contar se hacen también sinónimos, en Pastores de Belén, de caminar.

La paz bíblica que anuncia el Arcángel es emotiva y textual, comunitaria y contagiosa. Envuelve a todos los pastores en el mágico camino hacia Belén. Se expresa en las múltiples composiciones cantadas que empiedran este texto. A veces se presentan en traducciones libres de Salmos; otras en pasajes bíblicos que se compendian en versos sentenciosos, solemnes (tercetos); otras, en tonos más ligeros y exultantes, a modo de elogios, de panegíricos, alabanzas, exultaciones. En tal variedad de formas líricas, algunas antológicas, reside la riqueza de esa novela a lo divino. Combina y alternan las formas cultas: églogas, sonetos, tercetos, silvas, octavas, odas y liras, con las populares de romances, romancillos, décimas, redondillas, quintillas, seguidillas y hasta nanas. La canción «La niña a quien dijo el ángel», incluida al final del libro tercero, inspiró al poeta inglés Robert Southey una bellísima canción de cuna. Lope de Vega es el gran innovador de villancicos navideños. La mayoría antológicos, únicos en su género. El sentimiento de ternura hacia el Hijo-Dios que va a nacer o ya ha nacido se contagia en el autor que escribe ante la presencia de su hijo Carlitos, de apenas siete años, que le acompaña y distrae en sus mañanas de intensa escritura.

La alegoría de la palabra está en armonioso concierto con los múltiples juegos poéticos donde el significado finalmente se revela o acierta. Clave es la etimología, bien bíblica, bien profana; el nombre simbólico del objeto o del nombre («cepa de Jesé«, «Jehovah», «Raquel», «Rut»), y la exégesis conceptual y cabalística. La palabra se envuelve de doble sentido. Se enmascara en forma de paranomasias, emblemas, acertijos, retruécanos, acrósticos, figuras y hasta simbolismo fónico. De ahí que el estudioso estadounidense George Ticknor no captara los juegos meramente poéticos, y los asociara con un costumbrismo decadente dentro del obsesivo decoro que tendió a realzar la crítica posromántica, con una marcada percepción puritana. No captó el valor alegórico de la Palabra (Verbum) oculta en tantos enigmas que van develando a Aquél que se pronuncia en el centro del libro como Logos; es decir como principio de la nueva historia.

En el contexto de la Contrarreforma y de las contiendas religiosas de la España de finales del XVI y del XVII, Pastores de Belén se definen también como un texto novelesco, didáctico y doctrinal. Se acomoda al exempla bíblico, ya dentro de la representación gráfica y en miniatura de los nacimientos de Belén; de los ritos litúrgicos navideños, de la representación medieval de los mismos misterios, y de la importancia que el dogma de la Virgen-Madre adquirió en la Teología católica. Esta figuración plástica de la «Adoración» se acomoda con la ejemplificación visual que proclamaba san Ignacio en los Ejercicios espirituales. Y con los métodos que la «nueva devoción» inculcaba en devocionarios religiosos. Una técnica visual, emotiva y plástica, propia de la predicación religiosa. Se borró la distancia entre Dios y el hombre, entre espíritu y naturaleza, entre presente, pasado y futuro; entre verso y prosa y hasta burlas y veras. 
(Parada de Sil)

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