Opinión

El cochinillo (il porcellino) de Florencia

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El cochinillo (il porcellino) de Florencia

No lo hubiera imaginado. En el centro de la monumental Siena, sobre una resplandeciente columna de mármol blanco, una leona amamanta a dos hermanos gemelos: Rómulo y Remo. La leyenda se remonta al origen de Roma y a su identidad como nación e imperio. Y a toda una mitología. Los animales son reverenciados en estas tierras italianas. Frente al famoso adagio latino homo homini lupus (‘el hombre es el lobo del hombre’), en Italia la expresión in bocca al lupo, ‘en la boca del lobo’, se dirige a quien se le desea buena suerte. Asocia al gran depredador de ovejas con el éxito en una actuación conflictiva o difícil. La figura del lobo, esculpida en blasones y escudos, está presente en el frontispicio de palacios florentinos. Su connotación es compleja: amigo, defensor, noble. Hoy día, la frase ‘el lobo solitario’ define al terrorista, a su aire, fusil kalashnikov, movido por un profundo odio religioso y cultural. 

Se hace cola ante la escultura en bronce de un jabalí por cuyo brillante hocico, manoseado, se introducen monedas. El deseo ‘volveré a Florencia’ se cumple si la moneda sigue su recorrido y cae en el depósito de la fuente, cubierto por una rejilla. Tuve suerte. Mi moneda siguió el recorrido marcado: vuelvo a Florencia. La Fontana del Porcellino es un concurrido lugar de citas y de fotos. Su nombre es irónico. No se trata de un ‘cochinillo’; es un jabalí adulto, copia romana en mármol que se remonta al periodo helénico. Encontrada en Roma, trasportado a Florencia a mediados del siglo XVI, el original se expone en la galería del Palazzo degli Uffizi. Forma parte de la impresionant colección del Gran Ducado de Florencia. La fuente data de 1640. Calmaba la sed de los comerciantes de la logia, cercana al Puente Vecchio. Telas preciosas: sedas, brocados, pieles, lanas, movían la gran industria manufacturera de Florencia. Abastecía las cortes reales de Europa.  

La iconografía del jabalí asocia un nudo de referencias culturales de la antigua Grecia y Roma. La más relevante, el feroz jabalí de Calidón. Destrozaba cosechas y obligaba a la gente a refugiarse dentro de las murallas de la ciudad. Sus feroces colmillos dieron muerte al esbelto y hermoso Adonis, de quien la diosa Afrodita se enamoró locamente. Fue la venganza de Artemisa. Ofendida al no ser incluida en las ofrendas a los dioses, soltó el jabalí más grande y feroz. Otro nudo de referencias es el enorme jabalí de Erimanto, al que da muerte Heracles y consagra Zurbarán en un destacado cuadro (1634). Heracles lo persigue, lo acorrala en una zona cubierta de nieve, salta sobre su lomo, lo ata con cadenas y lo lleva vivo sobre su hombros a Mecenas, documenta el mitógrafo Pierre Grimal. Forma parte de uno de los trabajos del héroe griego.

Y no menos sorprendente es el breve relato del escritor danés Hans Christian Andersen. El protagonista y personaje es Il Porcellino de Florencia que incluye en su colección de cuentos The Poet’s Bazar. Gran narrador de historias infantiles, viajero frecuente por Italia en la primera mitad del siglo XIX, con paso por España y Portugal, se vale de sus viajes para narrar in situ los espacios culturales más representativos de las ciudades que visita. Observó el brillante hocico de Il Porcellino tocado por las manos de cientos de niños que lo acarician e introducen su boca para beber del agua por su hocico. Tarde fría de invierno; montañas cubiertas de nieve, luna plena y, sobre el rio Arno, al lado del puente de la Trinità, un pobre niño hambriento, solo. Se queda dormido sobre el lomo de gran jabalí. Es media noche. Y en el sueño la voz: ‘agárrate bien, pequeñuelo’ (litte boy). Y se inicia su viaje por los hitos de la historia cultural de Florencia: plaza de la iglesia de Santa Croce, su interior, sarcófagos de Dante y Migue Ángel, de Alfieri y Maquiavelo. 

El cuento se cierra con la referencia al año 1834. La Academia del Arte de Florencia muestra en su exhibición dos pinturas, una al lado de la otra. En una de ellas, calle Porta Rossa, un hermoso muchacho duerme profundamente apoyado en el jabalí de bronce. Yace muerto a su lado. El relato de Andersen funde la configuración de la pintura como arte y como representación mimética de la realidad. Si Florencia es un gran libro de pintura, la ficción de Andersen es tan real como la representada en el cuadro: un muchacho se consagra como gran pintor y es pintado por él mismo en el cuadro que lo representa. El viejo tópico, ‘el cuadro dentro del cuadro’, tiene un largo recorrido, tanto en pintura (Velázquez) como en literatura (Cervantes). Andersen funde ambos en el onírico recorrido de un niño sobre un jabalí de bronce en íntima fusión de sueño y realidad. Un clásico en estas artes de narrar. 

(Parada de Sil)