Opinión

El mausoleo que nunca fue

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El mausoleo que nunca fue

Las cosas por lo que son. Y las palabras por lo que significan. A veces se envuelven en distorsiones, hipérboles, exageraciones, y hasta en falsas definiciones. Palabras, palabras, palabras que enunciadas por Hamlet en la famosa tragedia de Shakespeare, y respondiendo a la pregunta de Polonio, “¿qué lee, mi Señor”, le responde: “palabras, palabras, palabras”, que vienen a significar nada. Repetido el sustantivo tres veces (Words, Words, Words) la sugerencia es clara. Palabras huecas, carentes de significado, vaciadas. Los conflictos políticos, lo mismo que las ideologías, sean de cualquier tinte, son los grandes roedores semánticos de la casa de la palabra. Exégesis social, comentarios sobre hechos históricos, opiniones conflictivas, acuden a la palabra para que diga lo que no dice. Se ha repetido hasta la saciedad en los grandes titulares de periódicos, y en  debates televisivo abanderados por periodistas de prestigio, que los restos (también momia) del Dictador serían exhumados del mausoleo donde yacen.

Sorprende, y hasta extraña, que un sepulcro ubicado en la basíñlica anexa a la abadía de Santa Cruz del Valle de los Caídos, sea descrito como mausoleo, cuando una serie de sinónimos (tumba, cripta, nicho y hasta panteón) sería menos disparatada tal acepción. Las cosas por su nombre. La casa de la palabra sistemáticamente desahuaciada por el engaño, la mentira, la distorsión y hasta por el juego lúdico que infiere su misma deconstrución. Un sepulcro nunca es un mausoleo. Lo es el monumento que se defina como tal. Ni una iglesia, catedral, basílica, ermita, templo o santuario son un mausoleo. Y no lo es ni la parte del conjunto monumental ni el todo.

El vocablo “Mausoleo o Mausolo” ya lo registró Cervantes en Don Quijote (II, viii). Se atiene a las versiones populares que circulaban en su tiempo sobre la reina Artemisa y su marido Mausolo, de cuyo nombre se deriva mausoleo, asociado con los grandes sepulcros de la Antigüedad. El gran lexicógrafo Sebastián de Covarrubias incide en el origen legendario de los dos esposos. Muerto Mausolo, rey de Caria, Artemisa, movida por su gran amor, mezcló las cenizas de su esposo con vino, las bebió y edificó en su nombre un gran templo. En otra versión, las fue bebiendo a lo largo de su vida. La monumentalidad en piedra de Mausoleo se asoció con los restos que acogía y con el dolor de Artemisa.

Fue considerado, al igual que el templo de Diana, como una de las Siete Maravillas del mundo clásico. Resume Covarrubias, “que todos los sepulcros grandes y suntuosos toman el nombre de Mauseoleo” (latin, mausoleum). Marco Valerio Marcial en sus Epigramas (I) lo sitúa en el aire de los cielos (Cares in astra ferunt). Y el Conde de Villamediana le dedicó un soneto que incluye en sus Obra poética: “Aplauso es bien debido a Mausoleo, / cuyo sujeto prodigioso en arte /  más eleva el juicio que los ojos”. Conocido como el Mausoleo de Halicarnaso, le dio fama y nombre la memoria del ilustre fallecido. Y no menos su esposa Artemisa, que figuró como símbolo del intenso dolor que le causó la muerte de su esposo. 

Un carro de mármol tirado por cuatro caballos remataba la pirámide del famoso mausoleo. Fue enriquecido con estatuas y bajorrelieves por célebres escultores. Y se aplicó el nombre a los grandes monumentos fúnebres construidos en honor a un rey, príncipe, amada o personaje notable. De hecho, las artes funerarias cuentan con famosos referentes. Uno de ellas, el célebre Taj Mahal. Una de las maravillas del mundo, fue mandado construir por el emperador mogol Sha Jahan para dar sepultura a los restos mortales de su esposa, Mumtaz Mahal. Se inició su construcción en la India, en 1632, y se tardaron unos veinte años en darle fin. Mausoleo se asocia, como vemos, con un sepulcro suntuoso. No se asociaría con El Escorial cuya cripta está dedicada a la familia real. 

Los mausoleos varían de tamaño, de tipo de construcción, de material, diseño. Están dedicados a un distinguido personaje, a una acción bélica e incluso a una familia notable. Tal es el Mausoleo Hamilton, situado en Escocia. Está dedicado a la familia de los Duques de Hamilton. Su bóveda de piedra tenía el record en mantener el eco de la voz de más larga duración de cualquiera otra estructura de piedra conocida.

El conjunto monumental del Valle de los Caídos consta de una basílica, de un monasterio benedictino regido por un abad (no por un prior como insiste el periodismo inculto), una extensa cripta y una monumental cruz erguida en lo alto de unas rocas. Asumir que el conjunto, un tanto híbrido, es un mausoleo erigido al Dictador (incluida basílica, capillas laterales y monasterio), implica una definición intencional, enigmática, críptica, del conjunto arquitectónico. La arquitectura obedece a una creencia religiosa, pero no es fácil asumir que basílica y monasterio formen parte de esa grandioso mausoleo que aun sirve de propaganda política.

Exhumados los restos mortales de Franco, nada cambia en la estructura del conjunto monumental. Y el mausoleo será, en las pírricas enunciaciones políticas, un “dardo más de la palabra”, usando el término consagrado por el ilustre académico de la lengua, Fernando Lázaro Carreter. La ideología política también manipula el lenguaje; lo contamina y violenta a un paso del grado cero de su significación. Denuncia la penuria cultural de quien alegremente lo manipula. 

Parada de Sil.