Opinión

Filología casera: de rucios y rufianes

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Filología casera: de rucios y rufianes

El lamento de Sancho Panza ante la pérdida o, mejor dicho, el robo de su asno, no tiene desperdicio. Perdido por bruscos senderos y riscos punzantes, seguía a su don Quijote y, en un momento dado, se encuentra sin su borriquillo. Lo distinguía su pelaje (rucio), su lento caminar, su nobleza, su sostenida paciencia, día sí y día no, de recadero y de sustentador (en boca de Sancho) de su persona y de su dispensa. Era como el hijo de sus entrañas: nacido en su misma casa, brinco ("alegría") de sus hijos, regalo de su mujer, alivio de sus cargas y hasta sustentador de la mitad de su persona.  Pasó el tiempo y rodaron los capítulos de Don Quijote. Y a Sancho se le iban los ojos y el alma al ver un asno. Buscaba apesadumbrado a su rucio. Y sobre éste, vestido de gitano, reconoce Sancho a Ginés de Pasamonte (personaje con un largo recorrido en la famosa novela de Cervantes). Y con grandes voces reclama lo suyo: «–¡Ah, ladrón Ginesillo! ¡Deja mi prenda, suelta mi vida, no te empaches con mi descanso, deja mi asno, deja mi regalo! ¡Huye, puto; auséntate, ladrón, y desampara ("abandona") lo que no es tuyo!».

Ginés saltó del rucio y huyó corriendo. Sancho, abrazando a su rucio, le besa y acaricia como si fuera persona. «El asno callaba y se dejaba besar y acariciar de Sancho sin responderle palabra alguna». Y éste insiste: «–¿Cómo has estado, bien mío, rucio de mis ojos, compañero mío?». La frase "rucio de mis ojos" es relevante. No solo por la humanización del asno, también por la ternura y el afecto de lealtad que siente hacia él su dueño. El término rucio, tanto como sustantivo como adjetivo se aplica, de acuerdo con el Diccionario de Autoridades, al color pardo claro, blanquecino o canoso. Y se usa en forma coloquial para definir al hombre entrecano o al caballo, en este caso, al asno, de color pardo claro. 

Por analogía el salto de rucio a rufo (alternancia de consonante inicial alveolar sonora /r/), por acepción semántica, la establece el diccionario de Covarrubias: rufo, sinónimo de rubio, rojo o bermejo. Da un salto más el famoso lexicógrafo: "se dice del que tiene el pelo ensortijado, duro y áspero o encrespado". Ya Juan Hidalgo, en su Vocabulario de germanía, fijó la acepción que nos interesa: rufo, significa rufián, asociando el color con la persona. Las derivaciones se extienden a rufezno, rufián, rufianar, rufiancillo, rufianería ("alcahuetería"), que documenta Nebrija (Vocabulario). Autoridades carga las tintas sobre rufián. "Es quien trata y vive deshonestamente con mujeres, solicitándolas o consintiendo el trato con otros hombres". Y denigrante y hasta ofensivo es el diminutivo rufiancillo: "quien es despreciable entre los de su profesión". Que recoge César Oudin, Tesoro de las dos lenguas española e inglesa. Presenta una amplia referencia de textos el Léxico del marginalismo del siglo de oro de José Luis Alonso Hernández, que documentó previamente John M. Hill, profesor de Indiana University, en su monografía sobre Voces germanescas. Es decir, "jerga o manera de hablar de ladrones y rufianes. Se usa entre ellos y su significación es distinta de la verdadera". Equivaldría al conocido "barallete", presente en zonas de la Ribeira Sacra. 

El vocablo tiene, de acuerdo con Joan Corominas, y J. A. Pascual, una compleja evolución semántica. Su origen es incierto. Apuntan a dos posibles derivaciones. Del latín rufus, "pelirrojo", destacando la opinión vulgar sobre la gente con este color del pelo, o aludiendo a las meretrices romanas que se adornaban con pelucas rubias. El vocablo rufián ya consta en una crónica del Monasterio de Sahagún, traducida al castellano a mediados del siglo XV. Lo documentan otras lenguas romances (portugués rufiâo, italiano ruffiano) y, convertido en nombre propio, y como personaje, en una tensó entre trovadores. Otra variante, rofián como "delatore", y rufianar, "delatar" y rufiana, "alcahueta". Y ruffaldo, "bribón" ya en el Inferno de Dante. En la Maragatería aún persiste el término arrufadía como sinónimo de "prepotencia" o "arrogancia", cualidades propias del rufo o rufián. Y previamente, la derivación etimológica de rufus, "hombre de mala vida" y de rufa, "prostituta". Se alterna la variante rufián y rofián; en gallego rufo, "vigoroso, saludable", que recoge Pardo Bazán. Delicado en la Lozana andaluza alude a la ruciana romana. Equivale a la alcahueta o "prostituta que se hace así misma". 

Remata el término el famoso Diccionario de la insigne  María Moliner. Rufián: "hombre que trafica con prostitutas", "vil y despreciable que vive de engañar o estafar". Y finalmente, "granuja". Añade rufiancete como "hombre despreciable".

(Parada de Sil)