Opinión

Hablar callando: el silencio

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Hablar callando: el silencio

A Pitágoras se le considera magister silentii. Y a sus seguidores se les conocía como “los silentes”. Durante cinco años debían de escuchar las instrucciones de Pitágoras. El silencio se establece como personaje ya en la era antes de Cristo y se representa al lado de la estatua de Isis y Serapis, dentro de un templo, a orillas del Nilo. El comentario, exégesis de la subscriptio de mano de Juan de Horozco y Covarrubias (Emblemas morales), justifica la presencia de la estatua del Silencio con un dedo en la boca. La circunspección y la mesura y, sobre todo, la templanza y el silencio, son a modo de deificaciones personales que señalan una ética y una urbanidad social. El Silencio, personaje mítico, deificado como estatua, transciende su propia corporeidad hablando paradójicamente desde su mudez. Porque “Silentium vita est”, reza un conocido lema. Ensalza el recato en el hablar. Tal es la razón por qué el silencio ha sido alabado y estimado siempre por los filósofos. De un descuido de la lengua, anota Covarrubias, puede venir tanto daño que se compara a la breve llama que abrasa todo un monte. El callar es virtud muy heroica. Por el contrario, grave culpa el hablar lo que ha de callarse. La cigüeña es la imagen que lo representa: “Ave milagrosa soy, / pues que sin lengua he nacido, / y al viejo padre en el nido / sustento y descanso doy”.

Si la virtud del buen hablar se obtiene con el arte de la elocuencia, la del silencio con el buen callar. Al reconocer don Quijote la presencia de tres borricos o borricas en las que cabalgan tres labradoras, y no “tres hacaneas, o como se llaman”, que le inventa Sancho (Don Quijote II, 10), y al insistir con contundencia “que son borricos o borricas, como yo soy don Quijote y tú Sancho Panza; a lo menos, a mí tales me parecen”, este acalla la réplica de don Quijote rememorando el famoso verso del romance “Calledes, hija, calledes, / no digades tal palabra” . La elipsis “tal palabra” encubre la no referida en el romance, “putas”. La petición de callarse encubre o enmascara lo que Sancho quiere, astutamente, ocultar a don Quijote. Aunque este jura por su nombre irreal que es cierto lo que ve, o a lo menos “a mi tales me parecen”. 

El silencio, en la ágil lengua de Sancho, da en refrán por el cual se modula una conducta (silencio, prudencia), con guisa de circunspecta y reflexiva. Ante una retahíla de refranes que zumban en la mente de Sancho, ansioso de darles voz, ya que éstos son su “hacienda, que ninguna otra tengo, ni otro caudal alguno, sino refranes y más refranes”, opta por aplicar irónicamente uno a su propia persona: “porque el buen callar llaman Sancho”. El refrán es la culminación, y el contrapunto irónico de los consejos de silencio que Don Quijote le ofrece a Sancho, en brillante pleonasmo, que triunfa siendo mudo. 

El silencio tiene una vertiente política, moral, religiosa (Psale et Sile, “canta y calla”) y hasta pedagógica en la tradición emblemática. Iconografías proclives a fundamentar los principios del absolutismo monárquico. El tópico lo recogen también jeroglíficos, epigramas, máximas, epitafios, emblemas y adagios. Abre las cancelas de los viejos cenobios, los espacios eremíticos, los claustros monásticos, el pausado y lento fluir, majestuoso, rítmico, de los himnos gregorianos y del contemplar ascético. La meditatio se centra y se resume en el silencio. Inicia al novicio en la comprensión de los misterios divinos; y es ineludible en el ritual del aprendizaje ascético. Y como tal lo proclama san Ignacio en sus Ejercicios espirituales. 

En silencio tiene lugar el tránsito místico; agudiza la percepción del misterio divino y agrava la conciencia lírica de lo sublime. Se fija en palabras que transcienden la propia historicidad. De ahí que tan justa y extensamente se haya escrito sobre la retórica y la poética del silencio. Se establece como norma de conducta y de comportamiento social que atañe, de acuerdo con Baltasar Castiglione, en Il Corteggiano, a la anatomía social del caballero y del cortesano. El dolor silenciado, expresado en lágrimas, el secreto mantenido de un amor asolado por la distancia y el desdén, lo imponen no solo las leyes del amor travadoresco (leys d’amours) sino también del amor cortés. 

El amante es prisionero de la palabra silenciada; su alegórica “cárcel de amor”, aislado con sus penas. El silencio se impone ante la estupefacción o confusión del cosmos contemplado, de imposible translación en palabras: “Muda la admiración habla callando”, en memorable verso de Luis de Góngora. El oxímoron asienta la disparidad compleja e hiperbólica de quien contempla, personificado el silencio en un nuevo juego retórico. Y es la noche el tiempo privilegiado donde se instaura el silencio como contemplación: “Vence la noche al fin, y triunfa mudo / el silencio, aunque breve, del ruido”.

El silencio es, pues, previo a la voz: poeta, místico, caminante, peregrino o lector en búsqueda de la música silenciada del poema o del silencio que, en brillante pleonasmo, triunfa siendo. Es ausencia y a la vez plenitud. Se asocia con la ideología que conlleva la soledad y los varios tratados y sentencias al respecto: De vita solitaria y De otio religioso de Petrarca, y de la sentencia de san Agustín: “Difficile est in turba videre Cristum”.

Ciertamente, se ha escrito mucho sobre el valor significativo del silencio. Pero su práctica, en estas calendas, es nula en las esferas políticas. La verborrea y al discurso populista, repleto de fake-news y de pintorescas falacias, anula el cándido reflejo de uno sobre uno mismo. Y de esto, ya. 

(Parada de Sil)