Opinión

La retórica del odio

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La retórica del odio

Mucho se ha escrito sobre la retórica del odio. Y se sigue haciendo contrastando hechos del pasado, lejanos (leyenda negra), recientes (guerra en Siria) y hasta actuales. Retórica y odio juegan, de acuerdo con el famoso relato de George Orwell (1984), un papel importante en la ideología de un partido político. El odio es una de las pasiones más incontrolables de la condición humana. Sobre el miedo y el odio se han escrito los capítulos más atroces de la historia de la humanidad. No lejos los genocidios de Ruanda (Hutus frente a Tutsis), el reciente desarraigo brutal de los Rohingyas, huyendo del odio indiscriminado de los musulmanes de Birmania. Y en 1995, bosnios musulmanes fueron abatidos sistemáticamente en Srebrenica (Bosnia). Más del medio millón. Ya Orwell mostró con gran lucidez cómo el miedo, el odio y las ideologías gobernaron indefinidamente el imaginado espacio de Oceanía, uno de los tres macro estados que describe en su novela.

Si bien Aristóteles, muestra Martha C. Nusssbaum, catedrática de la Universidad de Chicago, previamente de Brown, no se extiende en el estudio de las pasiones, sí asoció los elementos biológicos del cuerpo con los valores éticos de cada individuo. Asoció la ira, por ejemplo, con el calentamiento de la sangre cercana al corazón. Y el temor con el temblor y la palidez. Y del mismo modo el resto de las emociones. Algunos de las grandes tragedias de William Shakespeare (Otelo, Hamlet, Macbeth) son la mejor muestra, dramatizada de las devastadoras pasiones humanas: celos, dudas, ambición, ira, odio, venganza. Sin olvidar Romeo y Julieta: amor y odio en conjunción con la muerte. Shakespeare es el gran dramaturgo de las pasiones humanas. Le preceden los clásicos griegos. Esquilo, uno de ellos. Lo que fue amor se torna con frecuencia en odio: la cara negra de lo que fue amor. Define Shakespeare la ira como “un veneno que uno toma esperando que muera el otro”. 

La retórica política del odio es fácil de identificar. Discurso altisonante, eufemismos que no dicen lo que dicen, insultos  virolentos dirigidos al opositor, al que no piensa de la misma manera, falsedades truncadas en aparentes verdades (fake news), nacionalismo excluyente, supremacista, tribal, paroxismo frenético encubierto de vaguedades y redundancias. La retórica del odio se enmascara también de racismo (Ku Klus Klan), xenofobia (miedo y de rechazo al extranjero, homofobia. “Detenga el discurso del odio”, le pidió el rabino Jeffrey Myers al presidente norteamericano Donald Trump a raíz del ataque en 2018 a una sinagoga en Pittsburg. Y afirmó con contundencia: “La única manera de cambiar el mundo es mostrando amor, no odio” (“The only way to change the world is to show love, not hate”). 

No es fácil acallar los aullidos del odio. Permanece a veces a través de generaciones y se sigue alimentando, a modo de un fuego en ralentí, con vistosos anuncios, slogans, frases hechas. Tales como “¡odio al yanqui!” que, o  bien se refiere al norteamericano, al extranjero, y más en concreto al ejército vencedor durante la guerra civil de Estados Unidos (1861-1865). De un lado, el Norte (el ejercito de la Unión), del otro, el Sur (los Estados Confederados). Se ventilaba la secesión del país, la abolición de la esclavitud, el derecho a ser libre, el individualismo frente a un moderno feudalismo del señor dueño de esclavos, una cómoda vida asentada en extensas plantaciones de algodón, y en un ferviente cristianismo excluyente.  

Frente a la tenacidad del bando confederado, en 1864 el general William Sherma ordenó a su tropas que durante su marcha por el centro del estado de Carolina del Sur y Georgia, hacia el Atlántico, destruyesen todo a su paso. Su plan de tierra quemada incluía ferrocarriles, molinos, canales, almacenes, haciendas, cosechas, ganado, talleres, manufacturas y cualquier otro elemento que ayudase a sostener la economía de los estados secesionistas. La devastación fue tremenda: familias arruinadas, grandes haciendas en llamas, enseres domésticos convertidos en humo. En un par de meses (otoño de 1864), tras la caída de la histórica ciudad de Savannah, los buques de guerra de la Unión fondeaban en los puertos de los Confederados sureños. 

En un viaje reciente hacia Clinton Head, un lujosos resorte turístico situado en la costa de Carolina del Sur, y pasando por Savannah, en el alto de un gran poste, un vistoso cartel, con grandes letras rojas y negras, advierte al viajero que “El general Sherman y su ejÉrcito yanqui: (son) terroristas, incendiarios, ladrones”. 

Han pasado casi ciento cincuenta años desde la Guerra Civil de los Estados Unidos y aún permanece la conciencia de un lejano desastre militar y de una trágica campaña de tierra quemada: un costoso balance de destrucción masiva de casas y de extensas haciendas, de grandes economías familiares devastadas, de formas de vida saqueadas, de cosechas robadas.

Un vistoso póster muestra a los miles de turistas que cruzan la histórica e idílica ciudad de Savannah el odio al ejército yanqui que, siguiendo las órdenes del general Sherman, arrasó sus propiedades y sus vidas, hace siglo y  medio. El perdón no infiere el olvido. 

(Parada de Sil)