Opinión

Las artes de la buena cortesía

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Las artes de la buena cortesía

Nos leían con frecuencia, en voz alta, el Manual de urbanidad y buenas maneras del venezolano Manuel Antonio Carreño. Ningún parentesco con quien escribe las líneas que estás leyendo. Seríamos unos cuatrocientos colegiales, internados en el colegio de los dominicos, en Almagro, Ciudad Real. Seis años de internado a golpe de latín (todos los días), griego (los tres últimos años), gramática e historia y un largo etcétera. El Manual de Carreño (así se le conocía) resultaba pesado después de ser oído con excesiva frecuencia durante las comidas. Un alargado refectorio, mesas rectangulares, mármol blanco, bancos alargados a lo largo de las paredes y la voz titubeante del colegial que leía una sección del Manual. Silencio plano, apenas un cuchicheo, y el ruido acallado de cucharas y tenedores. Cada colegial se iba turnando por año de curso y edad. Aquél que titubeaba o leía mal un párrafo, el tintineo de la campanilla del director de estudios le avisaba que enmendase, repitiendo la lectura.

El Manual era, y sigue siendo, un excelente tratado de buenas maneras sobre cómo vestir, caminar, comer, saludar, atender, escuchar y, sobre todo, hablar. Aconsejaba evitar la mirada con la frente en alto, con aire de superioridad, desviada, o dar el silencio despectivo por respuesta. Se extiende al ámbito familiar, a la escuela, al trabajo, calle, autoridad, persona mayor, familiares y allegados. Leído y releído, comentado y abreviado, el Manual de Carreño amoldó una identidad y unos modales que regían la educación de la burguesía venezolana a lo largo del siglo XIX y XX. Tuvo una gran presencia entre escritores, líderes políticos, y distinguidos clanes de la burguesía y de las clases adineradas de ese país.

Manuel Antonio Carreño disfrutaba de un consagrado pedigrí entre la burguesía venezolana. Fundador del prestigioso Colegio Roscio, sirvió a su país como Ministro de Relaciones Exteriores y como Ministro de Hacienda. Dio un salto por razones políticas a Nueva York y finalmente a París donde fallece. Padre de la aclamada pianista y compositora Teresa Carreño, impulsó su carrera como mentor y como distinguido músico. El Manual se diseñó como un peculiar tratado de conducta social: de ser, estar y de actuar, ajeno de prejuicios y de diferencias raciales. Fue escrito en España, en 1853. Dada su gran popularidad, disfrutó de numerosas reediciones. Una de ellas se publica en Guadalajara, México, 1881 El Manual se inspiraba en los tratados de uso en Inglaterra y Francia. La figura del gentleman, del chevalier y hasta del signore italiano se diseñaba de acuerdo con los manuales de cortesía. 

El Manual determinaba la conducta de las familias en relación con su jerarquía social. Así sucede, por ejemplo, en la popular novela de la mexicana Laura Esquivel, Como agua para chocolate. Adaptada al cine, se consagró su lectura y como film fue un gran éxito. Tita, uno de los personajes, se ve forzada como hija menor a cuidar de su madre anciana hasta que fallezca. Así lo sugiere el Manual de Carreño y la tradición de la familia. Se ve obligada a romper su noviazgo con su amado Pedro, quien se casa con la hermana de Tita, Esta, forzada a ocuparse de la cocina y de su madre, quiebra la armonía de la familia, y la tragedia cierra el final del relato,

La novela se desarrolla a modo de un libro de cocina. La elección de una serie de recetas, sus ingredientes y el proceso de su confección dan lugar a una gran variedad de comentarios: políticos, relaciones de familia, contexto social e histórico de México y de su Revolución. La división del manual en capítulos y en subcapítulos facilita su consulta. En la sección de “urbanidad” se detalla, por ejemplo, los modales que se deben observar en la mesa. Algunas ediciones, con un obvio fin pedagógico, incluyen imágenes que ilustran la postura adecuada. Advierte sobre el respeto a los padres, sobre asearse antes de salir de casa, caminar sobre la acera, la esposa situada a la derecha del varón, saludar al conocido, presentar a quien llega al resto de los acompañantes.

La comida adquiere un papel especial. Desarrolla la narración a través de las recetas. Cocinar funciona a modo de terapia y catarsis. La mujer atrapada en su papel: espacio cerrado (la cocina), tradición familiar y social  y unas reglas impuestas por un Manual. Impone el control del cuerpo y de los instintos. Es irónicamente mencionado en la novela de Laura Esquivel.

Los  manuales de urbanidad surgen paralelos con los de retórica. En el apartado sobre una inteligente conversación, el Manual aconseja seguir un razonamiento claro, inteligible, evitando las comparaciones inoportunas; presentar los pensamientos de forma eslabonada de manera que sean entre sí análogos y coherentes, indispensables para entender de qué se habla. 

Distingue a las personas, advierte el Manual la gesticulación, la fisonomía, el juego de la boca, los movimientos del cuerpo y de las manos, la dirección de la mirada, las fórmulas de cortesía. Más aún: la educación de una persona la revela también su conversación: el tono y las inflexiones de la voz, la manera de pronunciar, los movimientos del cuerpo. Dan a conocer el grado de cultura: desde la persona más vulgar a la que posee un gran capital de cortesía. Aconseja que domine la afabilidad, el gesto atento e interesado y el respecto a lo que los otros dicen. 

A tener en cuenta en tiempos de excesiva verborrea populista.

(Parada de Sil)