Opinión

Las furias del fuego

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Las furias del fuego

En los meses estivales (de junio a setiembre) cunde la presencia de focos de fuego que arrasan, en algunos casos con furia, bosques y cuantiosa arbolado. Con mucho tesón y agua, y a veces arriesgando la vida, cuesta controlar las furiosas llamaradas que, con el viento a favor, arrasan y calcinan cuanto se halle a su paso. Recientemente, en el Sur de California, sucumbieron valiosas propiedades y, en algunos casos, vidas humanas. El fuego, como elemento fundamental y cósmico, tiene un largo recorrido en la historia de las mentalidades. Empédocles propuso los cuatro elementos como cuatro raíces: el fuego es a la vez caliente y seco. La tierra es a la vez seca y fría. El agua es a la vez fría y húmeda. El aire es a la vez húmedo y caliente. Cuatro elementos que coexisten y comparten atributos. Los cuatro elementos están muy presentes en el pensamiento de la Edad Media y del Renacimiento europeo.

Ya el lejano Heráclito, filósofo griego anterior a Sócrates, definió al fuego como un agente de transformación. Como germen de nuevas vidas. Se asocia con la lívido y con la fecundidad. Como el acto sexual, el fuego se obtiene por rozamiento o fricción. Origen en ambos casos de una nueva vida. Y junto con el agua, la tierra y el aire, el fuego es uno de los cuatro elementos que, desde la Antigüedad se creía que eran parte de la formación del cosmos. El fuego está presente en todas las grandes religiones. Ya desde los tiempos antiguos era considerado como un elemento catártico. Como luz y como incendio está también presente en los textos bíblicos. La cultura humanística del Renacimiento consideró al fuego como el mediador de formas en proceso de desaparición y de regeneración. Se creía que procedía del sol. Y que representaba al gran astro en la tierra. Se asoció con el rayo y el relámpago. 

Son numerosos los ritos en torno al fuego por medio de antorchas, hogueras, ascuas y hasta cenizas. Éstas tienen la virtud de provocar el crecimiento de las hierbas arrasadas por el fuego. La ritual Danza del fuego del compositor gaditano Manuel de Falla aúnan una serie de funciones simbólicas en torno al fuego. Se inspiró en antiguas leyendas utilizando elementos musicales del flamenco: un mestizaje de cultura árabe, judía, cristiana y gitana. 

El culto al fuego es objeto de una gran variedad de festivales asociados con símbolos antropomórficos y bíblicos: las hogueras de san Juan, el árbol navideño, las lenguas de fuego sobre la cabeza de los apóstoles (presencia del Espíritu Santo, Hechos 2:3). El fuego purifica y destruye. Es triunfo y es derrota. Da luz y su ausencia provoca las tinieblas. Es pasión animal y a la vez fuerza espiritual. Destruye y renueva, de acuerdo con el relato de san Juan en el Apocalipsis (8:5). Como símbolo polivalente (significados varios), los antropólogos asocian al fuego con el bien (calor, vida) y con el mal (destrucción, incendio), también con el amor (sentimiento positivo) y con la cólera. Caminar sobre ascuas ardientes o atravesar el fuego supone un afán de transcender la condición humana: su mortalidad. Y lo mismo en sus representaciones iconográficas como promotor de la regeneración periódica. El fuego purifica y regenera. Su acción es paralela con el elemento del agua. 

La tradición clásica propuso dos figuras míticas como símbolos del fuego: Vulcano y Prometeo. El primero, arrimado a su fragua, personifica el fuego físico que permite a la humanidad resolver sus faenas cotidianas. Prometeo robó el fuego a los dioses en su antorcha encendida y, de acuerdo con el historiador del arte, Erwin Panofsky, es símbolo de la «claridad del conocimiento infundida en el corazón del ignorante». En muchas culturas es motivo de fiesta. Cada Marzo, en la ciudad de Valencia, y en muchos pueblos de la región, se celebran las fiestas falleras. La falla es una obra de arte destinada al fuego. Sus alusiones están plagadas de broma e ironía, de crítica y humor. El fuego que las consume funciona a modo de catarsis de los males de la sociedad. Sus heterogéneas figuras representan temas candentes de la actualidad en clave de humor, ironía y hasta a través de pintorescas alegorías. 

En la cultura judeocristiana el fuego está relacionado con el castigo divino. Una lluvia de fuego y azufre descendió sobre las ciudades de Sodoma y Gomorra (Génesis, 18). Y en forma de lenguas de fuego desciende el Espíritu Santo sobre las cabezas de los apóstoles. El fuego purifica y como tortura causa un dolor, presente en los dos primeros cantos de la genial Divina commedia de Dante: Inferno y Purgatorio. En el último canto, Paradiso, celebra Dante la epifania del locus divino. En el arte y en la literatura los cuatro elementos han funcionado a modo de un sistema imaginario de define una concepción del cosmos y de quien lo habita. Los vincula a una comprensión del mundo originario. Los destacó sabiamente el romanista Hans Flasche en la obra dramática de Calderón de la Barca. De forma destacable en La vida es sueño. Es el fuego el que encarna la pasión irrefrenable, las furias del deseo y la muerte reparable.

(Parada de Sil)