Opinión

Lecturas y memoria

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Lecturas y memoria

Lo habían escrito otros. Viajas pero siempre estás inmóvil. Te alejas pero sin salir del mismo lugar.. A modo de un círculo recurrente, lo saltas pero a la larga te revierte al mismo centro: la memoria de lo que has sido y aún eres. Y ya no eres. Tal es la fuerza del arraigo, de sentir la hiriente ausencia. La inquietud que no cesa. Ese inmovilismo incesante lo fijó Lope de Vega en una espléndida paradoja que encabezó un extenso relato al estilo bizantino: El peregrino en su patria. Y a pocos años de su muerte lo fijó en grávidas sentencias; “A mis soledades voy, / de mis soledades vengo, / que para estar conmigo / me basta mi pensamiento”. Un monumental soliloquio del estar con uno y sin uno, ya en soledad, a modo de un senequista desarraigo del ser físico, no mental. “Ideas de un loco”, escribe en la “Égloga a Claudio” (más bien una epístola), “que a la cobarde luz de tanto abismo / intenta desatarse de sí mismo”. Y continúa en el romancillo que forma parte del ciclo de “Las soledades”: “No sé que tiene la aldea / donde vivo y donde muero / que con venir de mí mismo / no puedo venir más lejos”.

Pasadas muchas lluvias (algunos siglos) tal concepción barroca (episteme diría Michel Foucault) le dio pie al crítico uruguayo, Emir Rodríguez Monegal, para su biografía literaria sobre Pablo Neruda titulada El viajero inmóvil. El afanado viajero por Europa, Asia y América, permaneció siempre arraigado en su aldea lluviosa, gris, nublada, con frondosa vegetación, a la espera de un tren que metafóricamente nunca llegó. Ya en su vagón de tercera, alejándose sobre los rieles, perdida en la espesura estaba su aldea, Parral. Era el origen de la semilla, el centro seminal de todos los círculos de Neruda. Alentaba la salida y deletreaba siempre el camino y la vuelta. Con voz airada, profética, imitando al majestuoso Walt Whitman yanqui, desde las alturas de Machu Pichu, Neruda aireó el origen de su historia y la historia de todas las historias: la voz del pueblo (América), izada sobre el bélico caminar de conquistadores y exploradores, hartos de avaricia y de fe, del altiplano a las cumbres nevadas; bajando y subiendo, arrasando culturas y dando voz a una lengua y a nuevas formas de ser. A otra identidad. A Neruda le temblaba la voz ante el augurio profético: América es el nombre: «tu aroma me trepó por las raíces / hasta la copa que bebía, hasta la más delgada / palabra aún no nacida de mi boca».

De gran vuelo épico, erigido sobre la naturaleza y e historia del continente americano, Canto general de Neruda se publicó por primera vez en México, Talleres de la Nación, 1950. La edición original incluía ilustraciones de los muralistas mexicanos Diego Rivera y David Alfaro Sequeiros. La voz profética de Neruda, ese gran viajero inmóvil en Canto general, se escindió en Residencia en la tierra. Escondió sus barbas de vate romántico, visionario, augural. Se adentró por las miserias ennegrecidas, desoladas, del exilio existencial, enajenado de su propia voz, violentada frente al canto absurdo de la negación y de la violencia rítmica y verbal. Libro herms a La Habana,ar pioneros sobre en sra y David Alfaro Sequeiros. lético y metafísico: «aquello todo tan rápido, tan viviente, / inmóvil sin embargo, como polea loca en sí misma».

La imagen del viajero inmóvil es recurrente: el peregrino en su casa (the pilgrim at home) en la obra del cubano Alejo Carpentier. Dirime con ampulosa prosa, neo-barroca, la múltiple identidad de su Cuba. Su viaje de París a La Habana, y de La Habana a Puerto Prícipe (Haití), de la mano del gran antropólogo y crítico Fernando Ortiz y del sentir musical de su pueblo, da forma a unos textos que deletrean un viaje en continuo retorno. Vivencias y festejos ínsitos en el ancestral mundo del mito, del canto, del baile, del rito y de la vivencia religiosa. Ejemplar, el gran relato de Viaje a la semilla: un viaje desde la muerte y la juventud a la infancia y nuevamente a la muerte. Culmina con el retorno al vientre materno. Concita tierra y muerte, semilla y huevo primigenio. El colofón final fue a modo de una vuelta ya anunciada. Se cumple en el ir fijando, sobre la página en blanco, la incertidumbre de un ser que ya no es. O siéndolo, es también ese otro que no quiso ser. Viajas por la memoria y ésta, paso a paso, va desplazando al lejano otro. En palabras de Shakespeare: «así, pues, de hora en hora maduramos; y luego de hora en hora nos podrimos; / y que aquí pende un cuento» (As You Like It).

Ya de vuelta.

Parada de Sil

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