Opinión

Leyendo a quien lee

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Leyendo a quien lee

Me senté a su lado. De mediana edad, bien peinada, ajetreada con refinada elegancia, leía ensimismada, ajena a los pocos enfermos que ocupaban la sala de espera o a los que llegaba en camilla a la sala de emergencia. Inmutable, seguía concentrada en la lectura. Ya habría superado las cien páginas (pude apreciar), y en un golpe de ojo leí el título de la cubierta, en tinta verde sobre fondo blanco: I dolori del giovane Werther, la famosa novela epistolar, en parte autobiográfica, de Goethe, publicada en 1774. Se tradujo al español con variados títulos: Las penas del joven Werther; también Las cuitas del joven Werther y hasta Los sufrimientos del joven Werther (en alemán, Die Leiden des Jungen Werthers). La señora de marras seguía embebida en su lectura, abstraída del bullicio de la sala. Una infección bacteriana (fiebre y bronquitis) me llevó de cabeza a la sala de emergencias del Hospital de la Toscana, en Florencia. Y esperando mi turno, seguía la intensa concentración de mi vecina lectora. Me invadían las preguntas: ¿por qué una señora de edad avanzada leía tan ensimismada la famosa novela de Goethe?; ¿por qué en la sala de emergencias de un hospital?; ¿qué pasajes la tenían tan cautivada? y ¿aún era esta novelita un best-seller in Italia?

Ciertamente, el libro de Goethe se convirtió en una gran celebridad literaria en su tiempo. Un gran número de escritores jóvenes viajaban a Weimar, la ciudad de Goethe, para vivir en persona la experiencia imaginada del famoso escritor. Y las penas de Werther, un joven sensible, apasionado, que las consuela escribiendo cartas a su amigo Guillermo. Y le cuenta su amor imposible por la hermosa Lotte (Charlotte en la vida real). Huérfana de madre, vivía cuidando a sus hermanos. Comprometida, termina casándose con Albert, once años mayor que. El triangulo se completa (Lotte, Albert, Werther). Al final se cumple la tragedia. Lotte le pide a Werther que se aleje de su vida, y, después de una carta de despedida, se suicida con un tiro en la sien, en el momento en que las campanas de medianoche suenan en la ciudad de Wahlheim (Alemania).

La lectora de marras sigue concentrada, pasando lentamente las páginas de la novelita de Goethe. El círculo amoroso (un trágico ménage à trois) lo asociaría esta lectora, en su Florencia natal, con el vivido por dos de sus inmortales ciudadanos: Dante, enamorado de su Beatrice, y Petrarca, no menos de su Laura, casadas ambas y envueltos los amantes en un desesperado amor imposible, a medio camino entre ansiedad carnal y dolencia platónica. Y en una ciudad (la señora sigue leyendo) en donde las campanas de la Basílica di Santa Croce voltean las horas, muy de mañana, al mediodía y ya entrada la tarde, e inundan con su gravedad y profundo tintan el espacio artístico que cobijan sus naves: el gran arte florentino y los ingenios que le dieron fama. 

Guillermo, el amigo íntimo de Werther, narra el último tramo de la historia, al final del libro. Saltan las correspondencias biográficas entre el autor (Goethe) y el personaje de su novela, Werther. La noche del nueve de junio de 1772, en un elegante baile social, Goethe conoció a la atractiva Charlotte y a su prometido, un hombre mayor que ella. El amor de vista fue fulminante. Y su relación se convirtió en una espiral de amistad, de promesas y de rechazos. La realidad y la ficción se dieron la mano. Goethe y el personaje de la novela, Werther, celebraban el cumpleaños el mismo día; y ambos abandonan a su amadas el 10 de septiembre. Y el amigo de Goethe, al igual que Werther, se suicida a causa de un amor no correspondido. Ambos usaron dos pistolas prestadas. 

Fue celebrado el Viaje a Italia de Goethe que, a modo de autobiografía, detalla su gran crisis personal, cercano a los cuarenta años, combinando deliciosas aventuras amorosas y breves relatos sobre lugares, gentes, costumbres. Lo consagró el retrato “Goethe en Roma”, de Wilhelm Tischbein, con un idílico paisaje de fondo neoclásico. Bajo el nombre de Filippo Moller, la lectura de nuevos espacios, como anónimo viajero, funcionó en Goethe a modo de catarsis y vida nueva. 

Asumí que mi vecina lectora, sentada a mi lado, una mañana del mes de marzo, en la sala de emergencia del Servizio Sanitario della Toscana (Piezza S. Maria Nueva), seguía absorbida por un clásico relato, tan lejano y no menos actual. Leyendo, tal vez aliviaba sus dolencias, al igual que su autor, doscientos años antes. Literatura y medicina una vez más, de la mano.

(Parada de Sil)