Opinión

Una guerra de palabras

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Una guerra de palabras

Una vez más se cierne sobre el cielo español el nefasto mito de la Leyenda Negra: qué fuimos y qué somos. Las distorsiones cunden dentro del espacio nacional y más allá de sus fronteras. Bruselas ha sido últimamente la palestra que ha escenificado absurdas acusaciones demagógicas: exiliados políticos y no  prófugos de la ley; perversa democracia que castiga a los que defienden el derecho a decidir incumpliendo la ley, o ignorando la voz del pueblo que dictó y aprobó su Constitución. Fórmula sagrada: Nosotros el Pueblo (We the People) que proclama su poder como soberano y garante de su propio destino. Principio básicos de los derechos humanos: configurar una nación justa, establecer el poder de la Justicia, asegurar la tranquilidad doméstica, proveer la defensa, promover el bien estar y asegurar la bendición de la libertad de cada ciudadano y de su conjunto. Y ordenar, establecer y obedecer la Constitución. Voz del pueblo que solo él tiene la facultad de alterar la ley suprema. Así consta en la constitución de Estados Unidos aprobada en 1787. La más longeva y celebrada en los tiempos modernos. 

Al margen e ignorando sus decretos, se quiere imponen la ley de la jungla: romper tal acuerdo, aprobado por una gran mayoría. Quienes quieren imponer un nuevo orden se valen de la difamación y de la mentira: “España nos roba”. Esta tiene un largo recorrido en la historia de nuestro país: la Leyenda Negra. La forman o configuran una serie de estereotipos que distorsionan, exageran o ridiculizan, el carácter de una nación, de su cultura y de sus formas de vida. La Leyenda Negra se inició a finales del siglo XV y se intensifica con la expulsión de los judíos en 1492, con el establecimiento del tribunal de la Inquisición, con las guerras de religión entre católicos y protestantes, y con la conquista y sumisión de los pueblos colonizados allende los mares: América. 

La Leyenda Negra fue también un medio de denigrar las acciones imperialistas de los reinados de Carlos V y Felipe II. Una leyenda, en palabras de Juan de Juderías, su primer estudioso (1914), que definía a los españoles de forma individual y colectiva: crueles e intolerantes, “amigos de espectáculos bárbaros y enemigos de toda manifestación de cultura y progreso”. Juderías puntualizó aún más: la leyenda de la España inquisitorial, ignorante, fanática, incapaz de figurar entre los pueblos cultos, enemiga del progreso y de las innovaciones. Surge y se afinca a raíz de la Reforma luterana. Y se utiliza en momentos críticos de la vida nacional. Da pábulo a una encadenada serie de patrañas. 

Se solidifica con la publicación de la Apologie (1580) de Guillermo de Orange que originó la gran rebelión de Flandes. El breve tratado difundió los grandes prejuicios antiespañoles. Lideró una gran propaganda. Fue traducido a muchos idiomas e inspiró un gran sentimiento de solidaridad entre los territorios del protestantismo internacional. Dio pábulo a la difusión de panfletos, libelos, canciones populares y hasta representaciones teatrales. Tal mezcla -política y religión- asentó la demonización de los españoles. La cultura e historiografía de inspiración protestante fue ampliamente asimilada en el sistema escolar. Felipe II no tuvo la habilidad de crear unas máquina de propagada que contrastara la maligna difamación.  

La Leyenda Negra fue esencial en la construcción nacional de Holanda, Inglaterra, Portugal y Francia. Perpetuaron los estereotipos, que despuntaron en los alzamientos por la independencia de las naciones hispanoamericanas. Muchos de sus elementos formaron parte de la construcción nacional de países  como México, Argentina o Venezuela. Este viejo sistema de estereotipos aún influyen en la percepción de Iberoamérica y de España en los Estados Unidos, presentes en la industria del cine de Hollywood y en sus Westerns: piratas, bandidos, ladrones, de origen hispano, al margen de la ley. 

Una  de las características más negativas de la imagen del español, asociada con la Leyenda Negra, es la avaricia. La fijó  Bartolomé de las Casas en su Brevísima destrucción de las Indias (1552). En boca de Lutero, los españoles era “moramos”; es decir, un pueblo marcado por semitas (judíos) y moros. Se les definía a base de estereotipos basados en la imagen clásica del bárbaro: soberbios, crueles, lujuriosos  Para los protestantes de norte de Europa su carácter se cifraban en su intolerancia religiosa y en la represión de sus contrarios mediante la temida Inquisición. 

La primera manifestación de la Leyenda Negra surge en la Italia medieval: en el trato comercial con los catalanes que, en el imaginario de la época, representaban a todos los españoles. Un gran número de documentos de la época atestiguan el gran odio de los italianos a los catalanes, especialmente genoveses y venecianos; también pisanos y florentinos. Lo atestigua Dante en su gran opera magna, la “Divina Comedia”: “Y si mi hermano hubiese esto previsto / de Cataluña la pobreza avara / evitaría que daño le hiciese” (Paradiso, canto VIII, vv. 76-79). En suma, la Leyenda Negra fue un sistema que surge en Italia, que recogen los países protestantes del centro de Europa y que se airea (¡paradoja!) bajo la bandera independentista catalana. Viejas reyertas que la historia no olvida. 

(Parada de Sil)