Opinión

Un viaje sin vuelta: Moby Dick

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Un viaje sin vuelta: Moby Dick

La parada era obligada en New Bedford, ciudad situada en la costa sureste del estado de Massachusetts. Y lo era el visitar el gran museo sobre la caza de las ballenas. Esqueletos, pinturas sobre la dura labor de la caza, el barco Lagoda navegando los siete mares, bancos de ballenas acorraladas, arpones en mano, y un agitado mar de sangre. Y la furia del arponero abatiendo una a una con coraje y suma destreza. Impresionante. Desde nuestra residencia en Providence, ruta 495 Este, New Bedford a una hora en automóvil. Se cruza la majestuosa ciudad de Fall River, con sus numerosas iglesias católicas, construidas en piedra blanca por una activa población de origen portugués (caboverdianos en su mayoría), en un tiempo mano de obra en la industria ballenera. Con la ciudad de Taunton y con New Bedford forma un triángulo con una gran de población de procedencia portuguesa: La mayoría de las islas de Cabo Verde. 

New Bedford fue en un tiempo una de las ciudades más ricas per cápita de la América del Norte. Su calle principal, Water Street. se extiende paralela a su puerto. Hace apenas siglo y medio, olería a sangre y grasa de ballena. Pequeños fabricantes de velas, toneleros, carpinteros, armadores de buques, herreros, refinerías de aceite, compañía de seguros, mantendrían un lucrativo comercio. En ciernes, los inicios de la revolución industrial que daría un gran impulso al futuro capitalismo norteamericano. New Bedford albergaba a mediados del sigo XIX los bancos más ricos del continente. Y unas grandes fortunas. El aceite de ballena daba luz a multitud de hogares.

Los estudiosos de la clássica novela Moby Dick de Herman Melville, cuyo bicentenario de publicación (1851) se celebra este año, realzan la figura del capitan Wim Swain. Abrochado a una ballena, parece ahogado en 1844. Su legendario fervor acuchillando cetáceos le sirvio a Melville de inspircón en la caracterización del capitán Ahab, el maniatico protagonista de la clásica novela titulada Moby Dyck. Tal era el nombre del enorme cachalote, blanco, apenas visto o imaginado. De acuerdo con el prestigioso crítico de Yale, Harold bloom, el extenso relato es paradigma novelístico de lo sublime; una ambiciosa radiogrfía de los sentimientos que dan voz a la existencia humana y a un nuevo orden social. Refleja la angustia existencial de cada uno a medio camino entre supervivencia y motalidad

El inicio de Moby Dyck es paradigmático: “Llamadme Ismael”, se nombra así mismo el narrador y a la vez protagonista. Es, en breve, la historia de un joven marino que se embarca en el ballenero Pequod, y de Ahab, su alocado capitán. Éste se enfrenta a una gigantesca ballena (Moby Dyck) que, en un golpe de mala suerte, le amputó una pierna. Apoyandose en su pata de palo, se mueve sobre la cubierta del barco cegado por una alocada furía de venganza. En la furiosa caza participa el resto de la tripulación. Ismael, el narrador, convive con una tripulación descrita por él mismo como desheredados de la sociedad. Él mismo, abandondo por su padre, despreciado por su madre, y desplazado a un segundo plano por el éxito de un hermano mayor. 

La figura literaia de Ahab se asemeja a los grande héroes de las tragedias de Shakespeare: Macbeth, Otelo o El rey Lear. Los ciega la venganza. Como don Quijote, un monomaníaco y un ferviente idealista atormentado por la injusticia social. Su nombre bíblico, presente en el Antiguo Testamento (2 Reyes, 20), al igual que el de Ismael (Génesis 16), y la vaga referencia a la ballena de Jonás, ofrecen una lectura alegórica y bíblica. El rey israelí Ajab representa en la exégesis de la iglesia reformista y en las interpreetaciones de Calvino, el designio asignado por la Providencia. El paralelismo entre el bíblico Jonás, su ballena, y el gran cetáceo se leen también como símbolos de la justicia divina. En boca de Ismael, la máscara del autor, Ahab exclama: “Ellos me creen loco. ¡Pero yo soy demonio, soy la locura enajenada!”. La ballena le arrancó no solo la pierna, también el alma. Es la figura demoníaca capitaneando su Pequod con rumbo al infierno.

A mediados de 1850, a medio camino de la composición de Moby Dyck, Melville es consciente de que la población esclava de su país ascendía a cuatro millones, que la lucha de clases, dada la intensa industrialización de los estados del Norte, creaba diferencias sociales y una masa obrera adoctrinada. Y no menos inquietante, el afán expansionista del país. México pierde Texas en 1845. Le siguen Colorado, Utah, Arizona, Nuevo Méjico y finalmente California. 

Moby Dyck, la opera magna de Melville, es también la historia de una obsesión. Delata los rasgos autobiográficos de quien escribe: aventurero por los Mares del Sur, prisionero en Tahiti, vagabundo en las Islas de la Sociedad. Arrastra también lecturas previas; el malditismo de la herencia romántica inglesa (Coleridge, Byron, Keats), alemana (Goethe, Schiller), los ensayos de Emerson y Thoreau, y su propia conciencia social, puritanismo, racismo, injusta esclavitud. Es también la crónica de una aventura veteada por la reflexión sobre la rebelión humana. Un libro de viaje, en un barco multicultural y capitalista, pero sin vuelta.

 (Parada de Sil