Opinión

Y alabanza de aldea

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Y alabanza de aldea

Leyendo al lejano y austero obispo de Mondoñedo, fray Antonio de Guevara, me caía simpático. No solo porque proclamara su villa como una mágica rosa de los vientos, literaria; también por consagrar el origen del gran Álvaro Cunqueiro cuyas páginas recorro con frecuencia y con admiración. Es el gran maestro en combinar imaginación, fantasía, el buen escribir y la pulcritud sintáctica. Es el Jorge Luis Borges de nuestros lares con quien coincide en la magia y arte de sus relatos. Merece un buen ensayo comparativo al que se acercó años ha el malogrado Xan González Millán con un estudio pionerio: Alvaro Cunqueiro: os astificios da fabulación. 

En plena madurez, un accidente de automóvil dejó truncada su activa labor académica. En menos de una década diez libros en su haber. Abanderaba una profunda renovación de la crítica literaria académica.Y la articulación de un discurso teórico sobre la literatura gallega un tanto al margen de las corrientes europeistas en boga. Desde la villa marinera de O Grove, Xan dio el salto a Nueva York y a un largo proceso de transculturalizacón, académica, literaria y social. Prometía originales resultados Los saltos frecuentes entre las dos orillas le sirvieron de plataforma para aunar dos espacios sin encuentro: desde el margen cultural y político a la centralidad del poder económico y a las oportunidades de ascenso profesional. 

Y desde el centro (Madrid) a la periferia (Mondoñedo) se movía con gran soltura el fraile francisano, también obispo, fray Antonio de Guevara. Consagró dos espacios emblemáticos (Corte y Aldea), en su famoso tratado Menosprecio de Corte y alabanza de aldea, que vio la luz a mediados del siglo XVI. La vida rústica, de aldea, señera, pacífica (alabanza) se contrasta con la opulenta y vanidosa (menosprecio) de la Corte. El libro de Guevara fue un best seller en su tiempo: traducido al francés, al inglés, alemán e italiano. Se cree que durante el siglo XVI se editó mas de 600 veces, y que se leyó con admiración por toda Europa. 

Agitada fue la vida del obispo de Mondoñedo, previamente de Guadix, enzarzado en encuentros de estado y en misiones diplomáticas al servicio del emperador Carlos V. Ansiando fama, gloria y capital social, se mantenía en forma a través de una activa correspondencia: su red social, tinta, pluma y papel. Sus misivas iban dirigidas a cortesanos, a religiosos y a figuras notables del reino. Su epistolario vio la luz con el título de Epístolas familiares. Revelan sutileza, humor, curiosidad intelectual y un asentado programa pedagógico. Practicaba el célebre axioma de Horacio en su Arte poética: “Enseñar deleitando” (docere et prodesse). 

Le criticaban al célebre obispo de Mondoñedo su soltura y ligereza al no documentar sus citas tomadas de los autores clásicos. Y aún más: de plagiar. E incluso de inventar sus referencias. Lo mismo en sus cartas. Un buen número de ellas eran ficticias. Aún arrastraba su lejana vida en la Corte: “Do me crié, crescí y viví algunos tiempos, más acompañado de vicios que no de cuidados”, aludiendo a su mala conducta.

Mondoñedo fue para el avispado obispo, ágil predicador, de trato afable, el lugar de encuenro con él mismo. Se siente cómodo en su nuevo entorno social. Y hace un valioso alegato a favor de la vida en su aldea. En la aldea, escribe, todos gozan de sus tierras, de sus casas y de sus haciendas. Y todos viven para sí mismos sin hacer daño a sus vecinos. Insiste en el privilegio de gozar de espacios propios (casas), y de ser los apederados de su propio estilo de vida. La aldea, de acuerdo con Guevara, es un lugar ameno (locus amoenus), pastoril, utópico. Incita al disfrute de la convivencia y de la amistad, en un entorno natural, ajeno al paso del tiempo, y al alocado gozo de una condcuta sin gobierno: afán de riqueza, influencias, fama, distinción. Se disfruta de “comida fresca” y de la escasez de médicos, ya que nadie se enferma.

Por el contrario, la vida en la Corte, entonces como ahora, está dominada por la burocracia, la hipocresía, el favoritismo (léase endogamia, léase nepotismo), la usura, el despilfarro. Añade el obispo de Mondoñedo la obsesión por las apariencias de los que viven en la capital del Reino, por el quien es quien (Who is who), la glotonería, los juegos de azar y la perniciosa prostitución. Su decadencia semeja no la Edad de Hierro sino la “edad de barro” en donde todos sus habitantes, escribe, “están embarrados”. 

La Corte es también un espacio de innovación cultural, de modas y cambios repentinos, de acceso a objetos raros y curiosos: vestidos, cuadros, libros, ideas, especias. Se acudía a la Corte, antes como ahora, para adquirir prestigio y distinción, para darse a conocer como pintor o escritor, servir a la monarquía o a la nobleza, escribir crónicas, servir a los lacayos de la burocracia, lucrarse, beneficiarse, galantear, ver y ser visto

El obispo de Mondoñedo contrastó la cartografía social de dos espacios típicos (y tópicos): Corte y Aldea, y dos formas de vida, la cómoda y sosegadas frente a la activa y alocada. Fijó tal ideal el monje agustino fray Luis de León, catedrático de Teología en la Universidad de Salamanca: “Vivir quiero conmigo, / gozar quiero del bien que debe al cielo, / a solas, sin testigo, / libre de amor, de celo, / de odio, de esperanza, de recelo”. Que así sea.

(Parada de Sil)