Opinión

De Yaquilandia a Disneylandia

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De Yaquilandia a Disneylandia

Una manera divertida de nombrar a Estados Unidos como país es Yanquilandia, «a tierra de los yanquis» o Gringolandia, «tierra de los Gringos», nombre que salta con frecuencia en los westerns en boca de actores

latinoamericanos. También en películas cómicas que ridiculizan las formas de vida del yanqui. Connota un visceral anti-americanismo, repulsivo, que consagró la frase tan célebre en los años de la guerra con Vietnam, «Yankee go home» e incluso, «Gringo, go home» (¡Gringo, vete a casa!). Años ha, visitamos las momias de Guanajuato, estado de Jalisco, México, situadas en una galería bajo tierra. Erectas, algunas con marcas en el cuello de ser ahorcadas, otras con agujeros de bala atravesando el cráneo. Ante el asombro, comentó el guía con ligera ironía;  «—Es México, no más». Y con aplomo:  «—La vida en este país no vale un carajo». Famosa por sus minas de plata, la topografía de Guanajuato, colinas grises, resecas, pardas, semeja los parajes de la Castilla de secano, matorrales sin sombra ni cobijo. Saliendo del teatro Juárez, un grupo de estudiantes identificó al grupo, y a voz en grito repetían: «—¡Gringo, go home! ¡Gringo, go home!

En Gran Bretaña, en España y en paises de habla inglesa, gringo alude excluisvamnete a quien procede de Estados Unidos. Es una manera coloquial, cómica o despectiva, de ninguna manera insultante. El sustantivo pitiyanqui, que probablemente deriva de «pequeño yankee» (en francés petit yanqui), apunta a quien sienten un gran fervor por el país del Norte. Y recorre la mayoría de los paises hispanoamericanos. En el reino Unido se abrevia con el monosílabo Yank. Consagró tal apodo la popular canción Yankee Doodle, entonada por los oficiales del imperio británico. Se burlaban de los soldados que combatían a su lado durante la guerra por la independencia (1775-1783) de las trece colonicas sublevadas. Francia, al igual que España, apoyaban la sublebación. Con el tratado de París se firmó el fin del dominio colonial. 

En el imaginario colectivo Doddle llegó a significar, bobo, patoso, simplón. Una de las muchas versiones y la más popular era «Yankee Doodle fue a la ciudad, / cabalgando sobre un pony, / en su sombrero una pluma colocó, / y macarroni le llamó». En efecto, Yankee Doodle es uno de los himnos asociados con Estados Unidos. Tal vez el más patriótico. Se convertió en el himno oficial del estado de Connecticut. Y se cree que la melodía, anterior al himno y su motivo tienen sus raices en la lejana Europa medieval. 

Alberto Ghiraldo, anarquita argentino, medio bohemio y un tanto estrafalario, dio voz en su libro Yanquilandia (Madrid 1929) al voraz expansionismo norteamericano y a su creciente imperialismo. El alegato, un tanto deficiente como historiografía objetiva, era procaz y sectario. Quedó sonando el título del libro. Puso el dedo sobre la llaga la oda que Rubén Darío le dedica al presidente Theodore Roosevelt. En solfa, el afán imperialista y el todo para mi: «Eres los Estados Unidos, / eres el futuro invasor / de la América ingenua que tiene sangre indígena, / que aún reza a Jesucristo y aún habla en español». Ser de los yanqui alude al fororofo del equipo de béisbol, los Yankees de Nueva York, uno de los  más afamados del país.

El apelativo gringuero se consagró en Panamá durante la invasión de 1989. Tuvo como final la captura del general Manuel Noriega. Deriva del imperativo Green, go («vete, Verde»), una referencia a los soldados norteamericanos cuya parafernalia de guerra era de color verde. El apodo despectivo ¡Gringo!, en boca de algunos gobernantes latinoamericanos, el boliviano Evo Morales, los hermanos Castro en Cuba y no menos el nicasragüense Daniel Ortega, implica una velada repulsa a la omnipresencia del país del Norte en sus políticas.. 

Yanquilandia se semeja, como palabra homófona y como espacio alterno e imaginario, a Disneylandia. Dos palabras que, si bien proceden de campos semáticos diferentes, coinciden en parte en su enunciación. Disneylandia procede de su creador Walt Disney cuyo sueño, a modo de una gran utopía cósmica, fue el planear y eregir una ciudad ideal, única, apenas soñada. Su trazado concéntrico, geométrico, abarca espacios y tiempos entrecruzados. Pasado, presente y futuro, a modo de una mágica brújula que va diseñand un imginario mapa de fascinación. Una cronotopía (cronos, tiempo, topos, espacio) de lo que podiera ser «the american way of life»: un futuro siempre en movimiento, en contraste con una anquilosada yanquilandia (poder, imperio) cuyos pasados sueños ya han sido ampliamente saldados.

 (Parada de Sil).