No bonito, no

Dicen quienes lisonjean a Pablo Casado, y están en su derecho, que el presidente del PP madrugó al del Gobierno (en funciones), presentándose en Canarias un día antes que él para interesarse por la marcha del pavoroso incendio que ha devastado casi una cuarta parte de la maravillosa isla de Gran Canaria. Allá se fue Pablo Casado, y se fotografió con ropa tipo Indiana Jones, lo que fue un éxito en política, que es una ciencia donde el mayor arte se halla en encontrar la "photo opportunity". Pedro Sánchez llegaba al calcinado paisaje un día después, provocando innumerables comentarios acerca de que, si no llega a ir antes el líder de la oposición, hasta rato hubiese ido él a las Islas Afortunadas, hoy algo más desafortunadas.

Comprendo que la política española gira sobre temas coyunturales, cuando no sobre contiendas de imágenes o sobre los detalles nimios, que se superponen a los verdaderos problemas de fondo. El incendio de Gran Canaria, y otros desastres naturales -suponiendo que estos incendios que padecemos sean "naturales" y no provocados- ponen a prueba el interés solidario hacia los afectados de los líderes políticos, que poco pueden hacer "in situ" porque no son bomberos precisamente, ni menos tripulantes de barcos que salvan vidas de inmigrantes. Nuestros representantes públicos están ahí -deberían estar, quiero decir- para escuchar quejas, a veces hasta improperios, en directo, para empaparse de las lágrimas de los desesperados, para tomar nota de quejas razonables y de ideas de quienes conocen de primera mano las tragedias. Y luego actuar en consecuencia.

Y sí, en cuanto a simpatía, Casado le ha metido un gol a Sánchez, que últimamente ha confiado demasiado en su vicepresidenta en cuanto a negociaciones e imágenes (y la imagen de doña Carmen Calvo no resulta demasiado sonriente, mientras que el líder del PP siempre muestra una faz optimista). Pero esto no es una competición a ver quién llega primero a la meta de la foto-imagen. Y, en todo caso, si hablamos de fuegos, la carrera debería haber comenzado en febrero, que es, como se dice, cuando se apagan los incendios: con prevención. Mire usted cómo en Galicia, por ejemplo, se ha cortado la patética tradición de liderar cada verano la España calcinada: multas de hasta cien mil euros a quienes no limpien los rastrojos cuando hay que hacerlo, más vigilantes. Y todos los municipios con mayor riesgo, en estado de alerta.

Pero, claro, en febrero, el Gobierno estaba pendiente de ver cómo permanecería en el machito; la oposición, a ver quién la lideraba; el de Podemos procurando pisar moqueta. Y eso no deja tiempo para ocuparse de los problemas reales que luego acaban estallando en verano, desde el Open Arms -o sea, nada menos que la inmigración- hasta la financiación autonómica, pasando, desde luego, por las llamas de decenas de metros de altura. Ya digo: esto no es una carrera de obstáculos, a ver quién salta con mayor limpieza, elegancia y rapidez las olas embravecidas y los fuegos voraces. España no puede seguir actuando como si estuviera en funciones y, por tanto, pendiente apenas de la imagen que dan nuestros representantes, que siempre andan como ausentes, como en campaña electoral.