Opinión

Pasatiempos diarios

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La crisis desde mi balcón

Mientras los agoreros, los catastrofistas, los conspirómanos, los cavernícolas navegan en abonado terreno, echo de menos no poder oír, por razones de distancia, lo que Julio Rivera a sus 90 dice desde su balcón, o lo que tocan o cantan otros. Este entorno mío es más de aplaudir, con el fondo casi imperceptible de alguna música o algún bocinazo de esos para animar partidos de baloncesto, supónese que para aliviar las palmas de sus manos. 

Los miserables (podían ser algunos de esos que desfilan por la inmortal obra de Víctor Hugo) de la sociedad cargan, bajo mi casa, con viandas de las que aprovisionados en el comedor de Cáritas. Antes formaban colas o más bien pelotones que parecían como sin disciplina, pero de tan conocidos entre ellos, supongo que recordadores de quien venido antes. Con sus bolsas de hipermercado se llevan la comida para ellos, si solos, o para sus familias. Los primeros días del funcionamiento de ese centro social de ayuda como restaurante de comidas para llevar, evacuadas las monjitas como los píos las dicen, por escasas para tan grande edificio, empezaron a concentrarse clientes necesitados, incluso, los menos, echándose un pintillo en el rebumbio de esa disciplina que aspecto de indisciplinado tropel. Ahora se ven pasar en cuentagotas esos marginados  que pocas oportunidades tendrán de salir de su estado en esta sociedad de hartos. Gran parte de ellos, de la emigración de la América hispana, como en una vuelta de tuerca, solo que nosotros allá teníamos trabajo y ellos acá, cuando más, con solo el aporte salarial, en el mejor de los casos, de sus mujeres atendiendo a mayores.

Las mañanas, alumbradas por ese sol de escasa potencia, que tiene siempre la misma aunque se vaya consumiendo con el paso de los eones, andan con ramalazos de la invernía dejada atrás y más vacío que un festivo de madrugada sin crisis. Por la tarde, luego de algunos caseros paseos y unas cuantas pedaladas, alterno, como voraz acaparador, con Borges y sus Ficciones, con Neruda y su Confieso que he vivido, con Papini y su Espía del mundo, ya entre Cicerón, de pasada, y Horacio de más concentración. Los autores de habla hispana citados animan por una lectura  que puedes dejar en cualquier momento porque más de cien relatos en un libraco de más de quinientas páginas. Me animo a veces con el más prolífico de nuestros ingenios, tocador de todos los géneros, que no otro que don Francisco de Quevedo y Villegas al que por rondarle el sambenito de esos cuentos o chascarrillos fue otrora ninguneado por los más torpes, que  qué mejor loa.

Con estos pasatiempos, algo de tele o mucho de paisajes, paso el día; la tarde desde mi balcón, y esos diez minutos de aplausos a todos los que cuidan de todo hasta de que yo lea, me recluya, me discipline. La calle sigue desierta y los que pasan, fugaces y como rehuyendo al prójimo, como de la peste…mientras lo urbanos buses ya ni se detienen en esas desiertas paradas, pero siguen rodando regularmente, indesmayables al desaliento.