Opinión

Todo sea por el Falcon

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Todo sea por el Falcon

El Falcon crea adición. Basta con escuchar a Pedro Sánchez diciendo que pese a los líos judiciales de Podemos, Pablo Iglesias tiene "su total confianza". Probado el Falcon -y cuantos elementos al servicio de la humana vanidad conlleva la púrpura- nada le hará poner en peligro la privilegiada encomienda en la que se nota que disfruta de la vida. 

Hay políticos que sueñan con cambiar el mundo y hay otros cuya ambición no va más allá de cambiar el suyo propio. Sánchez lo consiguió con la moción de censura que le organizó Iglesias y le está inmensamente agradecido. Lo de menos es que haya conseguido auparse hasta el sillón de La Moncloa con el menor respaldo en votos y escaños que nunca antes tuvo el PSOE. Gato blanco, gato negro, lo que importa es el poder. Y Sánchez sabe que ahora lo tiene aunque para mantenerlo dependa de seguir contando con el apoyo de los 35 diputados del partido morado y de los separatistas. 

Sabe mejor que nadie, porque les tiene cerca, que Podemos en general y Pablo Iglesias en particular atraviesan por una zona de turbulencias. Al partido morado se le esfuman los votantes -ha ocurrido en Galicia y en el País Vasco- y a Iglesias se le acumulan las vísperas judiciales pero de esa debilidad, Sánchez obtiene fuerza. La debilidad de su socio le fortalece. Porque Podemos gallea menos y se vuelve pragmático, se olvida del programa máximo y madura para aceptar las imposiciones que vendrán de Bruselas a cambio de las ayudas destinadas a paliar la hecatombe económica provocada por las secuelas de la pandemia. 

De vuelta de sus vacaciones en Lanzarote y en Doñana, Sánchez no parecía muy preocupado por el repunte de los contagios del covid-19. Como sí la cosa no fuera ya con él. Tras endosarles a las CC.AA la responsabilidad de la gestión de la crisis sanitaria se lava las manos respecto de lo que pueda pasar a partir de ahora. ¿Para qué tenemos un Gobierno con 22 ministros y decenas de asesores? -nadie se lo preguntó en la rueda de prensa. Ni por eso, ni por las medidas del Gobierno para hacer frente a la crisis económica que se avizora en otoño. Antes, durante cien días, mando único y control total. Ahora cada comunidad debe buscarse la vida. No tiene sentido. 

Pero Sánchez ha pasado pantalla. Está en otra cosa. Alimentando en la esperanza de que le apoyen los Presupuestos el relato de los partidos separatistas catalanes que exigen la convocatoria de la llamada Mesa para negociar sobre lo suyo. Y hace lo mismo con Ciudadanos. A cada uno le promete lo que quiere escuchar porque su objetivo es sacar adelante el proyecto del que depende mantener a flote la legislatura. Y seguir con el Falcon, claro.