Opinión

La izquierda, donde solía

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La izquierda, donde solía

Las elecciones catalanas han servido para demostrar algo más de que la sociedad del Principado está partida por la mitad entre independentistas y contrarios a la secesión: ha supuesto una derrota de la izquierda tradicional que ha dejado en manos de la izquierda antisistema la elección del próximo presidente de la Generalitat y la gobernabilidad de Cataluña. Las consecuencias de esos resultados son un jarro de agua fría que ha vendió a enfriar la posibilidad de crear una plataforma de unidad popular de todos las organizaciones que reclaman ese espacio ideológico, que pudiera plantar cara al PSOE, aunque ninguna de las últimas encuestas vaticina ya un ‘sorpasso’ por la izquierda.

Aunque el líder de Izquierda Unida, Alberto Garzón, sigue con la mano tendida para lograr una confluencia de todas esas fuerzas en Ahora en Común, la izquierda vuelve por donde solía. Cuando se suponía que la unidad era el instrumento para contribuir a cambiar las políticas del bipartidismo aparece cada vez más dividida por el surgimiento de nuevas iniciativas que proceden de sectores críticos de las organizaciones existentes, por un lado, mientras otras formaciones como Podemos se enrocan en sus posiciones originales y niegan la posibilidad de confluencia bajo otras siglas que no sean la suyas.

Cuando, antes de las elecciones catalanas, los datos y las presiones parecía que acercaban la posibilidad de la “unidad popular”, los resultados de esos comicios han venido a desbaratar esos planes. Alberto Garzón no ha tardado tiempo en señalar que Cataluña sí que es Pot, era “la candidatura de Podemos”, cediendo el terreno en el que participaban dos partidos hermanos como IC y EUA, mientras que el ideólogo de la formación morada, Juan Carlos Monedero, ha subrayado que Podemos “ha pagado caro no ser ella misma”. Y esa es una de las causas a las que se puede atribuir el despegue de la CUP, que ha ganado casi un cinco por ciento de votos y siete escaños, mientras que la candidatura de Luis Rabell ha perdido un uno por ciento y dos escaños cuando la participación ha subido un diez por ciento.

Los resultados alejan a Podemos de participar en una candidatura de unidad popular que no comande, en tanto que Alberto Garzón sigue luchando contracorriente -incluso contra ciertas corrientes internas a las que no les gusta que se pierdan las siglas y la historia de Izquierda Unida- por levantar un Ahora en Común de alcance nacional, y otro Garzón, el exjuez, apoya a una plataforma de críticos de IU.

En definitiva, la izquierda, como es habitual, cuánto más habla de confluencia, más se divide. Y esta situación se da en un momento en el que mientras las direcciones de los partidos tratan de trazar líneas divisorias, las bases de los partidos estarían más dispuestas al acuerdo porque son más las ideas y proyectos en común que tienen que los motivos de divergencia, siempre que transmitan un mensaje sin ambigüedades, al contrario de lo que ha hecho Podemos en Cataluña, con las consecuencias conocidas.

El tiempo corre en contra de las formaciones de izquierda y cuanto más tarden en clarificar ese espacio menos recorrido tendrán para hacer llegar sus propuestas, juntos o separados. Pero deben contar con que la ley electoral castiga a quien queda cuarto, y no digamos a los siguientes.

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