Opinión

President

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Los presidentes de Estados Unidos llevan un Hollywood dentro. Dejando aparte a Reagan y a algún otro con antecedentes profesionales en el cine, los demás siempre se han caracterizado por su querencia a la interpretación, pero quedándose a medio camino. Y la campaña electoral de Trump y Biden es un buen ejemplo. ¿Por qué bailan? ¿De verdad convencen cuando corretean sobre el escenario y mueven los brazos a ritmo salsa?

Es posible que sí. Puede que en España tengamos mucho que aprender de las pedidas de voto. No en vano, dicen, USA es la democracia más avanzada del mundo. Y si no, fíjense en eso de llevar traje y corbata con visera; tal vez nos rasque en el estilismo europeo, pero por allí arrasa. Y lo del fin de acto lanzando viseras al público… ¿Qué demonios tienen las viseras que tanto embrujan?

Luego entran en juego ellas, las esposas de los candidatos: un excelente complemento político en EEUU. Exceptuando a Hillary Clinton, que quiso ser presidenta, muchas otras mujeres que habitaron la Casa Blanca interpretaron a la perfección el papel de consorte “con suerte”, es decir, tuvieron la fortuna de hacer grandes cosas por el mundo desde su puesto en la Historia: solidaridad y socialité, reparto de chuches en Halloween y acompañamiento en cenas, cumbres y simas, además de su labor diplomática; es decir, actitudes que en Europa sonarían incómodo en términos de igualdad, pero que en Estados Unidos se asumen como bellas escenas costumbristas.

Y no digo que eso esté mal, ¡ojo! Que cada cual use su libertad y su Air Force One como mejor le convenga. Pero al comparar este modo de hacer campaña con el de Angela Merkel, por ejemplo, la distancia que los separa es evidente.

Por aquí tuvimos tibios intentos de imitar el sueño americano. Hubo esposas de presidentes que también se subieron al escenario para decorar el cuadro, pero no acabaron de convencer. La única que lo logró fue Carla Bruni, esposa de Sarkozy. En su biografía pone que es modelo, cantautora y actriz. Al menos, ella siguió cantando.
Lo extraño de toda esta parafernalia es que el caso contrario escasea. Quitando al esposo de la Reina de Inglaterra -que ya nació príncipe y creo que también duque- y al marido de la Merkel -que no sé quién es-, pocos más asoman la cabeza en el olimpo del estrellato. Debemos equilibrar la balanza. Quiero ver a un hombre junto al atril, no encaramado a él. Quiero que le sonría a ella. Quiero que la abrace ante un público enfervorizado. Que haga de atrezo. Quiero que marque tendencia con su indumentaria para que luego vayamos al Corte Inglés a vestirnos como él. Y si al final nada de esto es posible, pues que Biden y Trump pacten un gobierno de coalición. No sería tan raro. En Europa somos capaces de eso y de mucho más.