'NUEVE OLAS'

Nueve Olas se estrenó el jueves pasado, en un pase privado en el Teatro Principal. Cuando hace dos años Moncho Conde-Corbal me habló por vez primera del proyecto de esta película, la cosa me sonó a desafío imposible: rodar con cuatro duros una reflexión cinematográfica sobre la identidad. Pensé entonces que, una de dos: o salía un pestiño infumable, en la mejor tradición del cine de arte y desmayo, o salía un peliculón de una pieza. El jueves la vi, y puedo dar fe: salió lo segundo.


Es el primer largometraje escrito y dirigido por Simone Saibene. Pero no lo parece: sin dejar de ser una película fresca y rompedora, su joven director muestra un talento y una madurez sorprendentes. La acción se inicia en la frontera entre Ourense y Portugal -del lado de acá o del lado de allá, quién sabe- donde un hombre con un maletín negro bebe agua de una fuente y pierde la memoria. A partir de ese momento inicia un largo viaje cuyo rumbo desconoce. Una curiosa odisea vagabundeando por parajes del rural ourensano, de los hórreos de Torneiros en Lobios a las aldeas del Couto Mixto, de las areneras de Sandiás a las orillas del Limia, de la ciudad de Ourense a la playa de A Lanzada. El lenguaje de la película -sencillo y sin artificios- es una suerte de naturalismo mágico: las cosas y las personas aparecen tal como son, sin aditivos ni adornos, sin el envoltorio de un contexto narrativo que finja explicarlas; pero esa extremada naturalidad, esa objetividad absoluta es la que, precisamente, les confiere un aire misterioso e inexplicable. El protagonista ignora quién es, y, desde su perspectiva, el mundo -observado tal cual aparece- resulta extraño, incomprensible. Pero ese mundo raro es también un espacio abierto a la exploración y al encuentro. Y, en cada encuentro, aparece la sombra de una identidad falsa en la que cobijarse: un niño (que al principio parece una niña) lo confunde con un peregrino portugués y lo llama Joao. Joao emprende el camino de Santiago, pero se extravía en las aldeas del Couto Mixto. En Meaus, una mujer a la que tal vez le falte un tornillo lo confunde con su hijo. Joao pasa a llamarse Manuel: el nombre de ese hijo perdido ya no lo abandonará nunca. Joao-Manuel recuerda a un personaje de Kafka. Sus únicas señas de identidad -los objetos que esconde su maletín negro- son un gato mecánico, unas gotas oftálmicas y lo que Leonard Cohen llamaría un ramo de lápices crudos. Nada parece tener sentido, salvo el del humor: el tono de la película es kafkiano, pero propio de un Kafka latino: alegre, optimista y hasta bailable. La pérdida de identidad convierte al mundo en un laberinto indescifrable: un lugar donde sólo cabe extraviarse. Y, sin embargo, la identidad, que es refugio y matriz de sentido, es también una cárcel en la que el individuo queda atrapado. En el curso de una conversación accidental (todo lo que sucede en la película parece accidental, y sin embargo, esencial) en la que un joven que lo ha acogido en su casa le revela que vive cautivo del recuerdo de una novia que tuvo en Suiza, Joao-Manuel comprende, o algo así, que tal vez sea posible asumir su condición amnésica. Que tal vez no importe tanto saber quién se es, sino limitarse a ser sin más. Vivir sin identidad también tiene su aquel, y ese impulso lo lleva al mar, que es lo más parecido al infinito, a las olas de A Lanzada donde su viaje concluye, en las que se zambulle sin guardar la ropa. Me acordé de los versos de Octavio Paz, en Libertad bajo palabra: ¿La ola no tiene forma?/ En un instante se esculpe/ y en otro se desmorona/ en la que emerge, redonda./ Su movimiento es su forma.


Creo que la película apunta en esa dirección: una reflexión libertaria, en la que la pérdida de identidad se asemeja a un rito iniciático necesario para ser lo que uno es. O, al menos, para intentarlo. Contar todo eso y mucho más en imágenes, a través de un relato que, partiendo del absurdo, encuentra casi sin querer su sentido en sí mismo, en su entretenida vitalidad, es algo digno de verse. La pasan en el Cinebox el martes que viene. No se la pierdan.