Opinión

Dinero, templo y salud

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Dinero, templo y salud

Tanto poder tiene el dinero, que vale más que millones de vidas?, papeles sin valor, estampitas de trilero, ídolo de mequetrefes, santuario de Apis y, sin embargo, cuantos fanáticos adoradores tiene. El capitalismo globalizador y aniquilador de identidades reina sobre la población del planeta, depredador de los frutos del Edén, convierte vergeles en páramos, aguas puras en putrefactas cloacas, almas sanas en pérfidos criminales. Nada se salva de su poder aniquilador, pero la Madre Tierra ha dicho ¡basta!, y las plagas que asolaron el faraónico país del Nilo, vuelven con inusitada furia. Temporales destructivos, ciclones, lluvias torrenciales, calores abrasivos, fríos extremos, aires venenosos, aguas pútridas, sequías permanentes, ávidas langostas, guerras sangrientas, hambre endémica, mares cubiertos de inocentes víctimas… y ahora la letal pandemia que amenaza al Homo sapiens.

El capitalismo más cruel no duda en condenar a muerte a los más viejos al priorizar la atención sanitaria a los más rentables para el sistema; hoy, los viejos; mañana, los dependientes; más adelante, los más débiles, tal vez en el futuro le toque el turno a los pobres, a los menesterosos, a los menos inteligentes… (Holanda, pionera en la “selección natural”, Cataluña la emula). El sueño de Adolfo Hitler se hace realidad. Los ricos se refugian en sus palacios de oro, los más poderosos se inmunizan con costosas pócimas, el diseño perfecto de la muerte selectiva, miles de ancianos mueren depurando la economía de un gasto “superfluo”, ¿es posible tanta maldad?

Mientras los vampiros de la energía claman por sus derechos de conquista. He visto en Jerusalén como se parcela la fuerza redentora en beneficio de unos pocos que mercantilizan con las creencias de sus fieles. Y ahora no dudan en clamar por el derecho al contagio de los corderos del Señor. Los templos usurpan el espacio energético de los hijos de la tierra. Afortunadamente no habrá procesiones de penitentes que ofrezcan sus carnes desgarradas por la fuerza del látigo redentor. Es el templo interior el refugio más acogedor; la paz del espíritu, una fortaleza inexpugnable; los afectos, la empatía, la ciencia y el amor, defensas inquebrantables. No olvides que “la fe mueve montañas”.

Cuando la furia de la pandemia reduzca su ímpetu letal, habrá que hacer un mundo mejor donde los oropeles, el dinero, la economía de mercado, lo superfluo, lo banal… sean sustituidos por la salud, la educación, la cultura, por todos los valores que defienden y protegen a la humanidad. Debemos priorizar la defensa del medio ambiente, los derechos de los más débiles, la solidaridad con los que huyen de la guerra, del hambre y la miseria. Se debe desterrar la mentira, la manipulación, el miedo y, sobre todo, el odio, la codicia y la envidia. Si no lo hacemos, la llamada civilización será aniquilada. Reflexionemos sobre nuestra fragilidad.