Opinión

Memorias en un mundo adverso

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Memorias en un mundo adverso

El viejo leía incansablemente y en cada texto encontraba la respuesta a alguna de sus dudas. Sin ir más lejos, coincidía con Inés Suárez, personaje histórico recuperado por Isabel Allende, cuando esta conquistadora de Chile se preguntaba: “¿Hay algo más pretencioso que una autobiografía?” Además, la imaginación y los sueños irrumpen en nuestra memoria alterando los hechos y modificando los acontecimientos, sobre todo los más negativos. El pretender enjuiciar las vicisitudes en las que se tuvo un cierto protagonismo es irrelevante para una sociedad que se está configurando a partir de la convivencia con el coronavirus y el cambio climático. Desde hace tiempo, el viejo tenía en su agenda el inicio de unas memorias dedicadas a sus vivencias milenarias en un mundo cambiante, y tomó la decisión de aparcar definitivamente tan presuntuoso proyecto.

Recordó, como apuntaba el filósofo alemán conde Hermann Keyserling en su libro “El conocimiento creador”: “Los que mediten en el buen camino hallarán por sí mismos lo que pueden hacer”; a lo que hay que añadir: de todos depende y no solo de mí. No es un líder carismático, no es una ideología, no es el especial objetivo de un partido político, no es un pensamiento filosófico, tampoco es el papel exclusivo de los ecologistas. Es el destino de la humanidad unido por la reflexión colectiva, lo que puede salvar al mundo. 

El anciano cree que la trasformación de la civilización humana se verá modificada en lo más sustancial, ya que vivimos en una coyuntura histórica en la que sólo puede salvarnos la sabiduría de una vida basada en el conocimiento. Los profundos cambios que se están produciendo afectan a la desaparición o modificación sustancial, de los afectos, de las relaciones sociales, del cortejo, de la familia, de la educación y del mundo laboral; además de la religiosidad y de una moral desacreditada por su hipocresía. l

La necesaria transformación de los sistemas educativos a nivel global debe afrontarse con la máxima urgencia y tiene que ir encaminado a interiorizar los derechos y deberes de la ciudadanía. Incluyéndolos de forma trasversal en todos los currículos, desde los primeros años de educación infantil hasta el bachillerato. Lenin fracasó en su intento de lograr el “hombre nuevo” porque era un objetivo político, muy integrado en la consecución de una sociedad comunista. Olvidándose de las motivaciones primarias de nuestra especie. Esta forma de inocular el virus político, el de la “peste emocional”, sobre el cuerpo psicoanalítico, provoca pronto fenómenos de rechazo, algo que ya denunció el psiquiatra Wilhelm Reich. Pero hoy es la lucha por la supervivencia la que nos obliga a una inmersión en el conocimiento que nos permita interiorizar la responsabilidad individual y compartirla colectivamente en la defensa de la naturaleza como objetivo prioritario. No hay que olvidar que a la información se llega de fuera adentro, pero la comprensión se consigue cuando la acción del individuo es de dentro hacía fuera. Y conseguido esto, la coordinación social se produce instantáneamente sin lemas, órdenes, imposiciones y medidas coercitivas.

Pequeñas acciones como no usar plásticos, reciclar todos los residuos, el uso de energías limpias, el uso de ropa reutilizable, la defensa del bosque, el respeto al océano, la recuperación de ríos, de aguas subterráneas, una alimentación sana y no contaminante, el respeto por la fauna y flora salvaje, el dejar fluir la vida sin alterar los designios de la naturaleza… son acciones de los nuevos Avatar que ayudarían a detener el Armagedón final. 

El viejo contuvo la respiración y con una sonrisa maliciosa pensó: “Mis pequeños recuerdos son la identidad de mi vida, el compartirlos no es un acto solidario, no me hace más feliz, no devuelve al mundo a una época mejor. Sin embargo me permite rencontrarme conmigo mismo. Quizás lo retome un día de estos”.