Opinión

El arte de ser un idiota

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El arte de ser un idiota

El comunismo se pegó un tiro en el pie el día que intentó aniquilar al individuo. La pena es que fuera en el pie. Desde tiempos remotos, a cada idiota le corresponde, por derecho, su propia estupidez, y homogeneizar a un montón de tontos de capirote solo los hace más fuertes.

Un bobo crecido, o lo que es lo mismo, un idiota de largo, un tonto hasta las tres y después todo el día, es más peligroso que Pedro Sánchez en un Comité Federal, que no es peligro menor. Y un idiota, genuino y libre de toda cautividad, es algo propio de admirar como pieza única. Frente a una legión de memos, el talento de cada uno de sus tarugos se dispersa y se pierde, y es una lástima. Mantener bien alto el listón de la propia estupidez es tarea complicada, que requiere esfuerzo, tesón, y adobo diario. Roma no cayó en un día, y convertirse en un verdadero gilipollas no se improvisa de la noche a la mañana.

Hay tipos que necesitan constantemente darse la razón, y no me parece mal, siempre que lo hagan desde el fondo de un pozo lleno de serpientes venenosas. Hay tertulias como bares, y bares como perreras, que nos están intoxicando, y hay un montón de intensos alzando el cartel de la estupidez cooperativa. Y no es buena idea, porque lo bonito es ser idiota en solitario y que la gente te pueda señalar por la calle y descubrir, de primera mano, cada borbotón de la fuente infinita de tu estupidez. No hay fronteras en el ambicioso manantial de la tontería. La primera conquista de ese multiculturalismo que con tanta acidez y precisión ha descrito Michel Houellebecq es la globalización de la estupidez.

Entre el gatoparderío reinante, se distingue a un cretino en seguida por el tono de voz. El gran Jardiel Poncela los veía venir: “Todos los hombres que no tienen nada importante que decir hablan a gritos”. Propio de los modales posmodernos es alzar la voz por cualquier cosa. La gente grita por una discusión de tráfico, berrea bajo techo si las cosas le van bien y si le van mal, y vocifera al aire libre, en plena calle, como si estuvieran vendiendo cogollitos de Tudela a un precio realmente increíble. Nadie chilla ya en los quirófanos, que es donde antaño se gritaba como Dios manda, si no en las salas de espera de la Seguridad Social, acusando al médico de ser un imbécil, cuando en realidad en el hecho de detectarlo se descubre la primera habilidad nata del tonto de pata negra.

También gritan ahora los borrachos como si los estuvieran matando y es una lástima, porque había un romanticismo extremo en los ebrios de las películas en blanco y negro, cuando el de la cogorza caía en un plácido y silencioso sueño. Aquello eran borracheras de bien, y no como las de ahora, que los chavales aúllan cuando beben, como si fueran necesario aturdir al prójimo para estar cocido. Es quizá un reflejo de ese instinto primario que lleva al bobo a demostrar al mundo constantemente las dimensiones de su bobería.

El bobo exige un respeto porque el declive del siglo XX le convenció de que toda majadería merecía su parcela de libertad; pero lo cierto es que la sandez de un iluminado lo sigue siendo, con o sin el beneplácito de la opinión pública. Y a fin de cuentas, cuando se alumbró esa historia tan manoseada de la libertad de expresión, sus defensores estaban contando con que el emisor fuera a emitir algo realmente interesante. Nadie se habría dejado matar por defender la libre expresión de una idea inequívocamente estúpida; entre otras razones porque la estupidez se defiende muy bien ella sola, como prueba el hecho de su eterna lozanía.

Erróneamente se cree que la mayor parte de majaderos se amontonan en el mundo de la política. Por suerte, la estupidez está tan repartida como un quinto premio de Navidad, y por eso rompo hoy una lanza por su individualidad; porque no conoce fronteras, ni castas, ni ideologías, ni puede agruparse. Al fin, dice el pueblo que “tontos los hay en todas partes” y quizá es lo único realmente cierto que ha dicho el pueblo al unísono; no olvidemos que es el mismo pueblo que dijo aquello de que “a quien madruga, Dios le ayuda”, y eso otro de que “dos nos discuten si uno no quiere”, y ni se ha conocido caso de lo primero -salvo por casualidad-, ni he logrado jamás zafarme de una discusión en la que el otro está empeñado.

Mucho se ha escrito sobre la cura de la estupidez, y creen los racionalistas que todo es cuestión de leer. Pero un tonto con lecturas no es un tonto ilustrado, sino un tonto ilustre, es decir, uno al que todos conocen por el brillo y las maneras de su vacuidad. La peor clase de estupidez la definió Chesterton con abrumadora sutileza: “La mediocridad, posiblemente, consiste en estar delante de la grandeza y no darse cuenta”. Añado a la grandeza del viejo maestro, el necesario matiz de la belleza. Que pasar frente a la basílica veneciana de San Marcos, caminar bajo la Capilla Sixtina, o cruzarse por la calle con Maria Sharapova, sin sentir el más mínimo arrobo en el alma, es muestra inequívoca de aturdimiento del intelecto y del sentido común. Sobre todo en el caso de la Sharapova.

Jaime Campmany y Antonio Burgos dedicaron largas décadas de columnismo a analizar y clasificar la estupidez y todas sus variantes. Así hallaron al tontolaba, al tonto del carajo, al tonto de cojones, al tonto contemporáneo, al tonto de remate, al tonto de solemnidad, o al tonto a más no poder. Y grande como Sevilla estuvo Antonio Burgos el día que dio con su celebrada especie, un descubrimiento luego mil veces atribuido: el tonto con balcones a la calle.

Tantas horas y esfuerzo después, sorprende el atrevimiento de Paulo Coelho para clasificar a los bobos en una sola frase, asegurando que existen dos tipos de idiotas: “los que dejan de hacer algo porque recibe amenazas, y los que creen que van a hacer algo porque están amenazando a alguien”. Pero hemos de creerle en este  asunto porque, a fin de cuentas, lo dice un profesional.