Opinión

Domingos de misa y urnas

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Domingos de misa y urnas

Salíamos a misa a media mañana. Al pincho de tortilla y la caña. Y a votar. Y dábamos un paseo. Y hacía sol. Y siempre estaba ahí Felipe González en televisión con toda su oronda figura de entonces, que aún no se habían puesto de moda las tabletas de chocolate entres los presidentes del Gobierno. Tampoco Sarkozy se había ligado a la gran musa de la izquierda francesa, ni Carla Bruni quería saber nada de fachitas. Luego el amor hizo “de las suyas por los rincones”, como canta Loquillo en Balmoral, y ya no hubo que explicar nada más. Pero entonces el clima electoral era casi en exclusiva la cara eterna de aquel González hoy tan lejano, y de debajo de las piedras brotaban cantautores coñazo. Cualquier intenso con parca se ponía a componer, y ese fue el peor legado que nos dejaron sus padrinos, que eran bastante más talentosos, quizá porque además de coger la guitarra y la marihuana, se habían atrevido a leer algunos libros antes.

En el telediario, las imágenes del día, las monjas votando, que algo raro tienen los periodistas con las religiosas que ejercen su derecho al voto. Y esos candidatos llenos de sonrisas, que de niño me preguntaba por qué les hacía tanta ilusión meter papelitos en una urna como esi estuvieran entregando la carta a los Reyes Magos. De algún modo, para los niños las elecciones son como un partido de fútbol pero sin el partido de fútbol. Los niños celebran la euforia del resultado aunque reconocen en seguida que todo lo demás es un tostón. Todo lo demás incuye el recuento y las valoraciones. De mayores sabemos que además de ser un poco aburrido, de toda la parafernalia electoral salen victoriosos una serie de señores que pueden arruinarte la vida, a veces literalmente, cogiendo por el asa la sartén de los impuestos, sin ir más lejos.

Y a la tarde, más sol, un paseo tonto y pesado. El votante de tarde es rarísimo, ya no porque no vaya a misa antes de votar, sino porque además carece de excusa para el pincho y la caña, que no ha lugar -como dicen ahora los tertulianos cursis- a media tarde. Eran horas rápidas entre rituales y carteles desteñidos de candidatos que ya ni existen, y la resaca electoral y mitinera de aquellas canciones tan horriblemente pegadizas; que al final siempre terminabas cantando en el baño la canción del partido que más odiabas y en eso tampoco han cambiado tanto las cosas. O eso os las del CDS, que era imposible no saberse de memoria las canciones de Suárez.

Día de votos de toda la vida, entusiasmos excesivos, e incidencias aisladas, casi siempre lo bastante irrelevantes como para salir en el telediario de las tres, que es un telediario que se compone de naderías bien contadas. Días de policía de turno, sobres y papeletas, y colegio electoral con cortinilla y olor a naftalina. Y esos indecisos que tanto preocupan a loe líderes políticos, ahí están en sus casas, leyendo a Houllebecq y cosas así, o intentando hacer la o con un canuto. Y los militantes, ya fríos, después de tanto votar, esperando la hora de esperar, por si el candidato asoma o no asoma.

Recuerdo que nos sentábamos frente al televisor sobre las ocho de la tarde, con los cascos danzando entre emisoras, como si fuera posible que en alguna radio contasen los votos más rápido que en las demás. Y, más tarde, ya seducido por los estudios de Sociología, tomaba notas al escuchar todo aquello como si el mundo fuera a acabarse. Era la excitante sensación de acertar el resultado antes del comienzo del escrutinio, cosa que logré en varias ocasiones, empleando modelos de análisis demasiado improvisados como para despertar algún interés en la comunidad científica. Quizá gracias a eso pude hacer de las letras mi trinchera, y hasta hoy.

Al fin, recogidos y con el cielo bien negro de la noche, salían lentamente los resultados, y nada podía cambiar lo suficiente de aquel escrutinio como para que al día siguiente no hubiera colegio. Porque siempre había colegio y madrugón, y todo era demasiado tarde como para quedarse a ver el fin de fiesta. Ya entonces había analistas en televisión, y decían lo que iba a pasar y, en efecto, pasaba. Allí estaban siempre Pepe Oneto, y Amando de Miguel, y Fernando Ónega, y compañía. Algo más que tertulianos. Palabras mayores. Luego ya vinieron los gritones. Pero aquella vieja guardia, pensara lo que pensara, sabía hablar, y ver sus análisis era como leer un rato; siempre de provecho.

De allá a aquí, no han sido muchos los años pero sí los cambios. Igual que nuestro siglo, que se nos escapa corriendo siempre que puede, ahora todo es velocidad en las noches de elecciones. Los ordenadores escupen los resultados sin dejar ni un segundo para respirar, y hay que digerir las victorias y derrotas con tal premura, que a uno no le da tiempo a disgustarse o alegrarse. Cuando quieres asimilarlo, ya es tarde, ya todo el mundo duerme, y la ciudad tiene la misma cara que ayer. Quiza porque todo ha de romperse a algún lado de la balanza, que ya cantaban nuestros Piratas que “el equilibrio es imposible”: “es horrible el miedo incontenible”.

Y es que caiga quien caiga será lunes, lunes de septiembre esta vez, y los rostros y las ojeras estarán donde estaban. Al final, será mañana, y precisamente por eso no hay sobresalto alguno que evite el latido del reloj. Un mañana que será exactamente igual, al menos en todas esas pequeñas cosas que realmente nos importan, y a las que nos abrazaríamos si nos dijeran que nuestro tiempo se acabará en unas pocas horas, algo que solo sabe el buen Dios. Y quizá, en estos tiempos tan graves, tan seriotes, tan intensos, tan enfermos de densidad ideológica y partidismo, es buen momento para descubrir que nada es tan importante como pretende. O al menos, nada que viaje en sobre y muera dentro de una urna.