Opinión

El resbalón democrático

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El resbalón democrático

Yo, que he sobrevivido a la Guerra del Golfo -el único conflicto bélico internacional focalizado en mi persona-, a la Invasión de Bahía de Cochinos, y a la LOGSE, he estado a punto de matarme por pisar un cartel mojado. Era de Leiceaga. Al socialista lo ves así, de buena mañana, y te crees que no resbala. Pero luego, si lo pisas, estás muerto. Villares es más de quedarse pegado a tu espalda, como un defensa central italiano, mientras que Pontón no se prodiga tanto en las aceras. 

La efigie angelical de Feijóo me dio un golpe en el coche, en La Coruña, anteayer. Una de las barritas que sustentan al líder popular de las farolas se desprendió y me dejó una promesa electoral en el coche, pero quedó en nada, y es una pena, porque ya había telefoneado al abogado de Donald Trump, que es como Trump pero sin laca y sin la dieta rica en carne humana. 

No es la primera vez. En las elecciones de la mayoría absoluta de Aznar, me pasó. Era yo joven votante y todavía quería cambiar el mundo. Es decir, que aún no había empezado a pagar impuestos. Así, yo y mi felicidad acudían, sobre en mano, a la mesa electoral, sin percatarme de un peligrosísimo charco. Recuerdo que se me fue primero el pie izquierdo, que es la forma más segura de romperse la columna -si se te va el derecho, te quedas sin dientes-, intenté batirme en retirada sin soltar la papeleta y del traspiés di un golpe seco y sonoro con la frente en la urna, que hizo temblar las vidrieras del colegio y me convirtió en el votante más famoso de la jornada. El presidente de mesa, muy ocurrente, comentó: “Hombre, ¡uno que vota con cabeza!”. Me pareció tan gracioso que casi le arranco la suya, para tenerlo siempre en casa y que me cuente chistes y preguntarle cosas por las mañanitas.

La democracia es muy peligrosa para la salud. En la mayoría de las dictaduras la gente ni siquiera sale a la calle a votar y eso reduce los índices de muerte por caída de una maceta en la cabeza. La ruina para el compositor de los Nikis que escribió aquellos versos: “Ernesto vive en un piso muy alto, / Ernesto nunca sale de su cuarto / pero cuando tiene una maceta / no puede resistir la tentación. / Ten cuidado con Ernesto / te abrirá la cabeza con un tiesto”. Góngora, los Machado y Lord Byron, guardan histórico y respetuoso silencio ante la complejidad de la rima y la profundidad de estas estrofas cimeras de la historia de la poesía española, que todos bailamos un día como locos en los bares hasta el amanecer, cuando aún no teníamos edad para resbalar en la fiesta de la democracia.