Opinión

Una semana en el motor de un autobús

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Una semana en el motor de un autobús

Dios hizo el mundo en una semana. En realidad, al séptimo día descansó. Y eso es exactamente lo que nos espera a la vuelta de esta semana. Un descanso. Que la campaña electoral está siendo más larga que un día sin pan. El domingo cuando se abran las urnas, en ese gesto a medio camino entre lo democrático y lo necrológico, todo habrá terminado. O quizá todo habrá empezado. Que ahora cada vez que se vota en España no se sabe si va a salir un resultado o si va a resultar una salida, como una puerta de emergencia a la que arrojarnos hasta volver a chocar contra las urnas. 

Una semana que se nos abre como una larga montaña rusa. Con todas las cartas ya sobre la mesa y el voto razonablemente decidido, que en Galicia los indecisos de boquilla no son mayoría, somos todos. 

Al fin, después de la traca final mitinera, después de la última ronda de entrevistas, después de todo, llegará la calma postelectoral. Y será una calma tensa, porque sabemos que el 25 de septiembre dejará víctimas en todos los partidos que no ganen las elecciones, que siempre son dificilísimos de encontrar. Desde la atalaya de este lunes de septiembre, es más fácil predecir en qué sede se desatará la primera guerra tras las elecciones que adivinar los escaños que sacarán los candidatos. Los agresores, los de los puñales por la espalda, guardan ahora leal silencio, esperando su oportunidad. Aguardan, sentados a la puerta, a ver pasar el cadáver de su líder, para desatar la caja de los truenos. Pero esa será otra batalla. Más vieja que la política. 

Entretanto, contamos los días hacia la felicidad del final del ruido de las consignas. Todos los políticos en campaña terminan, tarde o temprano, diciendo tonterías más o menos elaboradas. Y al fin, no se les puede juzgar por eso. Yo, de tener que resumir en dos lemas eficaces mi propio programa electoral, encabezaría el ránking de sandeces en todos los telediarios. Y además, mis frasecitas eufóricas, cargadas de ideología de otro siglo, no serían nada eficaces ante la audiencia de hoy, mucho más interesada en escuchar moderneces amables. Para triunfar en la cosa mitinera hay que ser de otra pasta, y no aludo en absoluto a la azarosa cuestión económica. Que por algo la política es el arte de no sé qué, como decía no sé quién, en no sé dónde.