Opinión

Es tiempo de castañas

Opinión

Es tiempo de castañas

Dicen que en Galicia la lluvia es arte. Tal vez. Pero arte contemporáneo, como esos trozos de basura amontonados por gafapastas en los museos de ahora, que según su autor representan el alma de un vampiro en pena asfixiado por el capitalismo neoliberal, y según la señora de la limpieza, lo tienen todo lleno de mugre. Que a eso, añade doña Dolores, le metía yo un garrotazo de lejía, y ya verás como se le pasa la tontería al vanguardista este, que lo más cerca que ha estado de un Van Gogh fue en un concierto de Amaia Montero. Quizá en las cosas del llover, más que arte habría que hablar de harte. Porque no hay nada más cansino que un chaparrón a destiempo. Y ahora llueve una barbaridad. Y no tengo paraguas. Y llego tarde a una fiesta. Y voy a entrar en la discoteca con aspecto de llevar toda la noche pescando calamares en la Costa de la Muerte, que es algo a lo que me dedico muy a menudo, tan pronto como me meto en cama. Si no para de llover ahora mismo, me veré obligado a secuestrar a José Antonio Maldonado, y forzarle a ver todos los programas de Arguiñano, y sin pausas publicitarias. Con lo que nos está costando conseguir lo del calentamiento global y resulta que sigue lloviendo en noviembre, anuncian nieve para las próximas horas, y ya tengo cada noche en casa a seis pingüinos jóvenes peleándose por el mando de la tele. 

Llueve sobre mojado. No hay nada más patético que un hombre empapado en un lugar en donde todo el mundo está seco. Si te mojas en la playa, o en las duchas del gimnasio -hablo de oídas-, o en un concierto de U2, nadie va a apuntarte a la sien con un secador y obligarte a permanecer en silencio escuchando tus derechos, con la cara estampada contra la capota de un deshumidificador, sino que pasarás desapercibido. Pero tampoco creas, en general, que los secos están bien vistos. Cerca del cuarenta por ciento de los cacahuetes se sienten discriminados por el trato preferente que, de un tiempo a esta parte, se da a las aceitunas en los bares. Nadie habla ya del cerebro del Quijote. Lo seco no está de moda. Pero aún así es lamentable presentarte chorreando en una fiesta en la que todas las chicas están tan guapas y arregladas que cuesta reconocer a tus propias amigas, y en la que los hombres han accedido a regañadientes a ducharse, al menos este mes, adquiriendo la apariencia de sujetos que, en algún momento de la evolución, pudieron albergar algún breve chispazo de vida intelectual, algo que vuelve locas a casi todas las mujeres. Por eso Aristóteles tuvo tantas novias y por eso Justin Bieber está más colgado que Pilatos en el Credo. En una fiesta de secos, nadie habla con un tipo mojado. Por la misma razón por la que ya nadie comparte paraguas con Pedro Sánchez, aunque esté cayendo sobre Madrid el diluvio federal.

Los meteorólogos dividen la cuestión pluvial en tres grandes grupos: va a llover (VAL), me parece que me ha caído una gota (MPQMHCUG), y corre coño que nos empapamos (CCQNE!!!). Las reacciones humanas ante estas tres adversidades son muy diferentes. Mientras en el entorno del VAL la mayor parte de la gente percibe dolor de huesos, palpitaciones en la cabeza, o elevalunas eléctrico, en el segundo grupo la mayoría de las personas palidecen, se quedan paralizadas, y extienden penosamente las palmas de la mano cara al cielo, como si estuvieran pidiendo la paga semanal del buen cristiano al Dios de las alturas. Porque, como sabes, desde el disco de 'Clavado en un bar' nadie se atreve a pedir realmente Maná, no sea que te lo concedan.

Soy un esforzado observador de personas que se encuentran en la situación CCQNE!!! En ese momento la gente hace, con gran convicción, cosas que no sirven para nada: correr alocadamente, taparse la cabeza con las manos, caminar con los hombros encogidos, andar bajo los tejadillos, donde caen las gotas más gordas y más sucias, o incluso dar pequeños saltitos mientras esperan en los semáforos bajo el aguacero. Saltar en vertical, ya sea con la potencia de una catapulta medieval o con el fatuo empeño de una rata erguida a dos patas, solo contribuye a mojarse más y mejor. Lo he probado en la ducha esta mañana, y luego me he pasado media hora recogiendo los dientes por todo el cuarto de baño. Tengo que denunciar a los idiotas que me vendieron el esmalte antideslizante, que funciona tan bien que cuando tengo que hacer hamburguesas a la plancha las hago en el plato de ducha porque no hay ninguna posibilidad de que se peguen.

La lluvia es un fenómeno atmosférico de muy complicada explicación. En general, el aire se condensa, los angelitos se duchan con la puerta abierta, el mar hace un vapor que no sé qué, las corrientes giran hacia no sé dónde, y entonces empieza a llover como si no hubiera mañana. Ante esa lluvia vertical, que te sitúa en pleno CCQNE!!!, solo puedes albergar una esperanza: que deje de llover. Y eso en Galicia es esperanza vana, Esperanza Aguirre, la esperanza de un tonto en vísperas.

No ha parado de llover ni un segundo en todo el trayecto y esto ya parece una reunión en Ferraz. He llegado a la fiesta tan mojado que, al recibirme, en vez de darme dos besos me han dado un sorbo. Y tengo en los pies el océano Atlántico, con varios ejemplares de focas nivales haciéndome cosquillas con los bigotes en los talones. El invierno es algo parecido esto. Y si esta lluvia es arte, me declaro enemigo de la belleza, contrario a la humedad, fan de los que no se mojan, y admirador de esos a los que todo les resbala. Así que envidio a Rajoy, que la última vez que se mojó fue en su bautizo, y solo porque no estaba allí Moragas para sujetarle el paraguas. Que importante es tener amigos. O tener paraguas. O fugarse al desierto de Atacama, donde la última vez que llovió aún no se había inventado la lluvia.