Opinión

El blues de la tercera edad

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El blues de la tercera edad

Miércoles, 18 de noviembre

Ojalá estuviese sentado bajo la hospitalaria y bíblica higuera. Pero estoy en mi ventana indiscreta. Contemplo la calle y el lodo de la zafiedad parece cubrirnos ya la boca. Caminan seres humanos como gélidos, inexpresivos y lobotomizados. Escucho conmovido lo último que ha sacado Miguel Ríos, “El blues de la tercera edad”. Alguien me dice: “¿Pero no se había retirado?”. Te cuento, hermano lector. Imagino a Miguel confinado en su casa del barrio de La Cartuja, un lugar especial desde donde contempla la hermosa Granada en que nació. Ay, algunas veces me recitó orgulloso el soneto de Francisco de Icaza a un invidente que pedía con los brazos en cruz: “Dale limosna mujer,/ que no hay en la vida nada/ como la pena de ser/ ciego en Granada”. Miguel se frota los ojos al ver a su generación golpeada falleciendo, con ni siquiera una mano que cierre sus ojos. Sí, cierto, afirmó hace diez años que no regresaría a los escenarios. Qué bella aquella despedida: “Bye bye Ríos./ Medio siglo de rock and roll,/ se acabó la función./ Chicas, no me olvidéis”. Añadió que “dejarlo a tiempo es una victoria”. Pero yo lo tengo por hombre de palabra. Créeme, hermano lector, sé que los hados que lo habitan le llamaron en la madrugada con fuerza inusitada. Sintió el aguijón generacional. Un temblor. Sus antepasados soplaron en su frente: “Venga, trovador, hazlo ya y grita por los tuyos, por los que nacimos a mitad del siglo XX”. Así que tomó su libreta y comenzó a tomar notas. La insultante arrogancia de quienes nos mandan. El pantagruélico festín de la corrupción, todo es hiriente y perturbador. Subrayó esa palabra sagrada y olvidada: la decencia. No se olvidó de sus códigos: “Ricos en Mercedes gritan libertad”. “Pero en su corazón/ suena el blues de la tercera edad,/ un sutil aguijón de nostalgia, la soledad”. Su voz me zarandea y mi mente se llena de recuerdos. Traslúcidas imágenes de los viejos tiempos. Allá estábamos en su casa cercana al parque de Berlín y allí escribíamos letras generacionales. Ah, aquella canción “No te derrotes” y aquel verso certero: “Tu infancia cruel y la foto del general ensangrentado”. La verdad es que había que tener agallas para decir estas cosas en aquellos tiempos. Conté que sólo una vez Miguel se autocensuró, fue en el tema “Generación límite”. En ella volvíamos a nuestra ilustracion_alba_noguerol_resultadogeneración: “Palos, grises y carreras./ Los militares no bailaban rock”. Pues allá se fue a grabar la canción a Holanda y al regreso, tímido, me dijo: “He cambiado alguna cosilla”. La verdad, me jodió bastante, porque el verso decía ahora: “Palos, grises y carreras./ Los biempensantes no bailaban rock”. Ay, recuerdo a Margaret, tu compañera de entonces, gran mujer: “Debes de llevar mala vida, Jaime, estás muy flaco”, se iba a la cocina y me traía unos enormes bocadillos a la irlandesa.

Recuerdo cuando nos conocimos. A él le había gustado mi libro “Extraños en el escaparate” y nos citamos en el viejo Café Comercial. “Jaime, voy a poner ese título a mi disco y quiero que comiences a trabajar conmigo en las letras de las canciones”. No es por nada, pero el disco salió “como un tiro”. La gloria esperaba ya en la esquina.

Escucho ahora algunas canciones del “Rock & Ríos”. Cielo santo, aquellos dos días 3 y 4 de marzo donde se grabó en directo a lo grande. Casi me resbala una lágrima ahora mismo. Suena “Banzai” y tú presentas el tema: “Esta canción la compusimos Salvador Domínguez, Vázquez, Jaime Noguerol y un servidor”. Fue la única vez a lo largo de tu historia que nombraste a los autores. Qué barbaridad, ahí estamos los cuatro inmortalizados, sí señor. Después vino aquella gira bestial del 82, que generaciones tienen grabada en sus inconscientes colectivos. Los mejores músicos te arropaban. España se despertaba a la democracia y tú eras como el embajador de los nuevos tiempos. Te acompañaron Leño y Luz, tú estabas poseído y aquello casi fue un exceso. A veces me visitan en un sueño los músicos que ya no están, el percusionista Sergio Castillo, el guitarrista Paco Palacios tan espiritual y tan grande. 

(Escucho de nuevo “El blues de la tercera edad”. Sabes, suena como una oración por todos nosotros. Qué generación la nuestra. Aún vimos “Marcelino pan y vino”, la foto del general ferrolano presidiendo la escuela, los húmedos calabozos de la Dirección General de seguridad en la Puerta del Sol después de las barricadas. Aquellos días de “OTAN No”. Después la movida, Tierno, “El Encanto”, “El Desencanto”, el 23 de febrero. Recuerdo tu concierto en la ciudad universitaria en contra de esa ambigua frase “OTAN, de entrada, No”. Se derrotó Felipe, entramos en la OTAN, era tu amigo pero después de aquello se rompió la amistad. Tu blues invita a la lucha y embellece la vida. ¿Recuerdas aquel verso con que terminamos a tumba abierta?: “Sociedad, reprime y morirás”. Qué mala cosa es el miedo. Muchos gritan “paciencia, paciencia”, pero el griego responde: “La paciencia es el recurso de los dóciles”. El poeta escribe: “Anciano, hermoso como la niebla:/ perder la esperanza es lo peor”. Tu canción habla de resistencia. Me recuerda la cita de Camus: “Cuanto más viejos más rebeldes, tenemos poco que perder”.)