Opinión

Deja tus ruinosos negocios...

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Deja tus ruinosos negocios...

Lo que te cuento sucedió tal cual. Mira tú, el lunes tenía yo un día de esos fatales, de esos en que cuesta sacarte a ti mismo adelante en el gran juego de la vida. De esos en que te duelen viejas cicatrices y caminas como un aparecido por las calles.

Ya te digo, lunes 29, mediodía. De pronto irrumpe el móvil puñetero. Con mi falta de destreza habitual pregunto quién es el alma que me llama. Al otro lado, suena la voz caliente de mi colega de tertulia el profesor. Su voz es extrañamente festiva. Ángel es un tertuliano feroz. ¿Sabes?, a veces se encabrona y se va enojado de la tertulia. Cómo se alegra cuando al ajedrez me pega unas palizas del carajo. Pero hablando de música muerde el polvo conmigo. Pero nos conocemos hace tanto que compartimos eso tan sagrado que es ser amigos.

Te cuento. Va y me espeta enigmático: “Clausura todos tus ruinosos negocios. Sorpresa, a media tarde tenemos una cita inevitable. No te miento, nos vamos a Itaca, ese jodido poema con que nos tienes aburridos en tu columna. A las cinco te recojo en nuestro garito favorito”. Lo dice tan seguro que me abruma.

Así fue. Con puntualidad británica detiene su coche al lado de la terraza. No se corta, da un bocinazo y grita: “Apresúrate, alma perdida”. El coche vuela por la autopista. Llevamos ya cincuenta kilómetros y él me mira de hito en hito con sus sonrientes ojos azules. Por fin, misterioso me dice: “Venga viejo lobo, mete la mano en mi bolsillo”. Saco unos papeles. Cielo Santo, ay, hermano, tengo en mis manos dos entradas impolutas para el concierto de Bob Dylan de hoy en el Multiusos del Sar a las nueve. Y suena en el aparato “Things have changed”: “La gente está loca y los tiempos son extraños./ Estoy bien enjaulado, estoy fuera de lugar./ Si la Biblia dice la verdad, el mundo estallará”.

La canción suena como un click en mi mente. Año 73, yo ando perdido por Europa y me busco la vida en la vendimia en los extensos viñedos de Reims. En un muro de la ciudad veo un gran cartel: “Amberes. Bob Dylan…” ¡Cielos!, es al día siguiente. Abandono y con suerte y autostop me planto en la ciudad de los diamantes. Recuerdo Amberes, lleno de ángeles del infierno y las inolvidables furgonetas Volkswagen Kombi con las que aquella generación se plantaba en un pispás en Katmandú. Éramos jóvenes, Lennon hacía de las suyas y Bob Dylan era algo así como nuestro padre espiritual. Cuántas veces habremos escuchado “Blowing in the wind”: “Cuántas muertes serán necesarias,/ antes de que él se dé cuenta/ de que ha muerto demasiada gente./ La respuesta, amigo mío, está flotando en el viento”.

Santiago está hermoso, lucen los últimos restos del sol primaveral. Las extensas camadas esperan inquietas a que se abran las puertas del recinto. Mucho pacífico colega generacional. Parecen seguir el consejo de Camus: “A más mayor, más rebelde”. Cierto, tienes menos que perder. Y también muchos jóvenes inquietos: saben que van a ver una lección de historia. 

Ahí sale nuestro hombre. Setenta y ocho años camino del cielo. Un anacoreta escuálido y estoico que va siempre de aquí para allá, como un gitano. Toda la vida de hotel en hotel: “Así cuando la muerte me busca, yo ya estoy en otro sitio”.

Hoy no lo lleva, ¿se habrá olvidado del sombrero? El pelo revoltoso, la ropa casi harapienta, su chaqueta un par de tallas más allá. Sus músicos, impecables, chaquetas plateadas y camisas negras. Arranca con un conmovedor “Things have changed”. Su voz suena ronca, áspera y unas migajas más cálida que cuando lo vi en Amberes en el 73. De aquellas, todo el concierto guitarra en mano ante el micrófono. Hoy en las dos horas no se separa del piano. Ay, a veces te subían por la vértebra los solos del guitarrista Charlie Sexton, tantos años su músico de confianza, allá desde el 2000. El concierto, ya sabes, temas clásicos que él hace sonar de otra manera. Cómo me golpeó “Mr. Tambourine man” y otros nuevos que el de Minnesota intercaló con sabiduría.

Tuve que esperar. Sabes, no se prodigó en exceso con su armónica, pero te juro, fue suficiente con su dolorido “Simple Twist of Fate”.

(Regresamos pensativos y silenciosos Ángel y yo. Joder, habíamos visto hasta a un premio Nobel. Allí estaba, algo esquivo como es él, desvalido como es él, y mira tú, lo tiene todo: gloria, poder, dinero, amor… También hubo un silencio sepulcral en las dos horas, como en el Día del Juicio. Pero jamás podré sacarlo de mis sueños. ¿Será posible que el mañana se llene de jardines?).