Opinión

Día fatal en Dallas

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Día fatal en Dallas

Lunes, 20 de abril.

Mi amigo Luis es funcionario de prisiones. Ayer me llamó y aproveché para acosarle un poco sobre el lado oscuro. Le dije si era cierto que hay mucho nerviosismo entre los internos, más en la suya que es una macro prisión. Me responde: “No me vengas con películas americanas”. Pero yo insisto y él me cuenta: “Te explico, en todas las prisiones hay un mercadeo clandestino de drogas. Sobre todo en los vis a vis saben camuflar muy bien las cosas. Después hay una red secreta que mueve la mercancía. No es posible controlarlo, ni nuestros presos de confianza nos informan. Imagínate, llegó el virus, se cortó este comercio subterráneo, hay algunos adictos y el ambiente se encrespó. Yo mismo tuve que intervenir en un altercado con pinchos en las duchas. Piensa que los internos no tienen ahora visitas, ni vis a vis, ni mercancía y la tensión se masca en los patios. Créeme, somos pocos los funcionarios pero somos profesionales y no ha habido ninguna desgracia. Entristece verlos caminar con paso airado, un poco desquiciados por el patio”. Luis no quiere hablar más de este tema. Nos reímos y le espeto con humor: “Es cierto que algunos delincuentes de la vieja escuela hacen atracos muy medidos justo para que el juez los envíe a pasar el invierno calentitos”. Canta Luis: “La vida es dura/ cuando vives en la calle”.

Martes, 21 de abril.

Mi amigo el músico Daniel Bouzo cumple siempre. Me envía “Murder Most Foul”, que acaba de sacar Bob Dylan. Desde el 2012 no teníamos noticias de él. Ahora reaparece con “El asesinato más repugnante”, un tema largo, el más largo que escribió, dieciocho minutos. Es un tema extraño, como una oración en donde está la lista de todas sus obsesiones. Siempre lo marcó aquel 22 de noviembre de 1963. Ay, recuerdo ese día, yo era un adolescente interno en el colegio Cisneros. La tele en blanco y negro escupió la noticia. Habían matado a Kennedy. Después, su fotografía la pegué a mi carpeta en mi tercer curso de bachillerato. Recita más que canta, Bob: “Fue un día oscuro en Dallas,/ noviembre de 1963./ Lo derribaron como a un perro,/ a plena luz del día”. “Te vamos a matar con odio y sin ningún respeto”. Cuenta el viejo bardo: “El alma de una nación ha sido asesinada. Fue un sacrificio. Ellos lo llevaron al matadero”. Él recita que ahí comenzaron nuestros males hasta estos tristes tiempos de Trump. Habla de la muerte de Martin Luther King y de la de John Lennon. Todos sabemos que Bob Dylan temió ser el tercero y huyó inasequible y huraño, cantando canciones por el mundo. Él, apocalíptico, nos da un consejo: “Permaneced a salvo,/ estad vigilantes/ y que Dios vele por vosotros”.

Miércoles, 22 de abril.

Mis vecinos son estupendos. Ya conté, hermano lector, de mis dificultades con el puñetero ordenador y el móvil. Estoy convencido de que tienen vida propia. Cielos, va y se me borra una página y algo le ocurre a mi móvil. Así que salgo a mi terraza, llamo a mi vecino Juan, que asoma por la ventana. Me da instrucciones. Me dice: toca este botón aquí y allá. Pero maldita sea, no logro que funcionen. Juan tiene una idea: “Sujeta el aparato justo debajo y yo miro con mis prismáticos”. Vamos, una imagen que refleja estos tiempos confinados. Ni así. Me envía un cordel, ato el móvil y él lo pone en marcha velozmente. Mi contertulio psiquiatra suele decirme: “Lo tuyo es que tu inconsciente rechaza la tecnología. Tienes una aversión muy común a tu generación: la pizarra, la plumilla, el tintero, el bolígrafo, la estilográfica Parker y la primera máquina de escribir con la que ya no hiciste migas. Y de pronto la explosión del ordenador. Demasiado para un disco duro tan cargado. Pero no te vengas abajo, después te enamorarás del artilugio”. 

Jueves, 23 de abril.

Mira tú, a veces me llama un amigo de la infancia que es sepulturero. Ayer lo hizo lleno de quejas. Antonio a su modo es un filósofo y cuando viene a Ourense nos vemos, hablamos mucho y suele decirme que a quien hay que tener miedo es a los vivos, no a los muertos. Me cuenta enfadado: “En la tele sólo se ven aplausos y pocos féretros. Esta sociedad siempre escondiendo la muerte. Nadie nos felicita ni nos aplaude, pero mis colegas en las grandes ciudades trabajan estos días hasta reventar. Los de mi oficio parece que damos mal fario, si le digo a una mujer que soy enterrador, huye. Y cuando entrevistan a algún colega, las cámaras lo enfocan como con reticencia e incluso algo despectivos”. Ya dije, Antonio es filósofo y un poco poeta, y ayer me recitó a Machado, él sabe que es mi favorito: “Un golpe de ataúd en tierra es algo perfectamente serio./ Sobre la negra caja se rompen los pesados terrones polvorientos.

”A lo lejos, el sembrador, como cada año, va echando las semillas en los surcos de la tierra”.