Opinión

La luz

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Miércoles, 25 de noviembre

No hace tanto, hermano lector, hice referencia a la cafetería Alaska. Conté que quizás haya un antes y un después en la sociología de la ciudad tras la inauguración del local allá en los sesenta. Y mira tú, acaba de fallecer Antonio, su fundador, que venía ya de una estirpe de hosteleros, allá del restaurante Jardín, todavía hoy abierto.

Escribir de Alaska es escribir de la memoria histórica de esta extraña e infeliz ciudad en que vivimos. También de su ya larga historia sentimental. Cierto que hubo una "generación Auria" que tuvo la suerte de divertirse en aquella fastuosa sala de fiestas. Después, nació la llamada "generación Alaska". Cuentan que la familia de Antonio compró aquel bajo del parque de San Lázaro por tres millones de pesetas de entonces. Permíteme, hermano, que vayamos un poco atrás. Existió también la llamada "generación la Bilbaína", el último café cantante en donde abrevaron aquellas generaciones de posguerra. Allí los ojos húmedos de los ourensanos contemplaron las piernas rollizas de las bailarinas del sur mientras la digna orquesta "Riñones" tocaba "Suspiros de España". Este café quedó tan grabado en aquellas almas de posguerra que el gran escultor Baltar decidió incluirla en su maravilloso belén. Allí, en su belén, el escultor inmortalizó "La Bilbaina". Rozando los setenta existió también un local un poco maldito, "Mr. Flinn", donde trabajó el mejor disc-jockey de la ciudad, el ya mítico "Majarón". Era un local oscuro, inquietante, donde se reunían los líderes pandilleros de la ciudad entonces muy belicosos, y las chicas más atrevidas. Pululaban por allí como clientes asiduos los fulanos duros que controlaban a las chicas de la calle Villar. Alguna vez conté su trágico final. No está muy claro el motivo pero una noche llegaron ocho individuos en dos coches matrícula PO con chaquetas de cuero, nariz de boxeador, empujaron al portero escaleras abajo, echaron a patadas a los pocos clientes que había esa noche y después, con bates de béisbol y cadenas no dejaron nada en pie. Ay, hermano lector, como si duendes malos rondasen estos lugares: no hace tanto unos chinos compraron el cine Xesteira y lo convirtieron en un restaurante de lujo con cocineros venidos expresamente de Asia y una sala de actuaciones con palcos privados. El asunto no sé por qué se ha silenciado tanto. Lo cierto es que las cosas comenzaron a no marchar bien y una noche no tan lejana, quizás la mafia oriental, el lujoso local quedó absolutamente destrozado. Todavía hoy si miras a través de la cristalera puedes ver los restos del naufragio. También la sala Auria terminó en un serio conflicto de herencias y un crimen familiar.

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No se arredró Antonio, el fundador de Alaska. Visitó las mejores cafeterías del país. Después contrató a excelentes diseñadores, construyó una larga barra al estilo americano, barmans profesionales que él lideró hasta el cierre. Nació Alaska, hermano. Con su nacimiento finalizó aquel Ourense de bares oscuros, cuencos de barro, jarras blancas llenas de vino, licor café, mesas de mármol, el suelo lleno de colillas y carteles de "Prohibido cantar y bailar". Eran tiempos del viejo general y con aquel cartel también parecía prohibirse la alegría.

La cafería Alaska se inauguró en los sesenta a lo grande, con las autoridades y la gente distinguida de la ciudad. Tres pisos. Por primera vez el ourensano conocía los platos combinados servidos por barmans sonrientes con chaqueta y pajarita. Ay, qué será de aquel mural de Jaime Quessada que pintó en sus paredes después de encerrarse allí solitario una semana. Era un mural lleno de humanidad y colorido en que, fiel a su estilo, hacía un canto a la vida y a la libertad. Hermano lector, ayer hablé con uno de los testigos de las últimas décadas del parque de San Lázaro. El veterano vendedor de cupones de toda la vida allí en la esquina con Santo Domingo. Me contó “La cafetería Alaska también vivió tiempos oscuros. En la década de los setenta la presuntuosa ‘pandilla del parque’ fue desalojada. Tomó el parque aquella generación ingenua y desinformada de yonquis y camellos. Qué años, parecía que todos los jóvenes estaban enganchados, era la moda. A las bravas tomaron la cafetería como lugar de encuentro ante la desesperación de Antonio que no sabía qué hacer con aquellas colas en el servicio. Aún pasó un tiempo hasta que la policía hizo su trabajo y se fueron hacia los oscuros callejones cercanos a la calle Villar”. Aún tardó el local en volver a la normalidad. Pero volvieron los chicos bien de la ciudad. Aquellos altivos jugadores del Ourense, entonces en segunda división. Los viajantes que se pasaban en la ciudad tres o cuatro días, traían regalos, eran discretos y tenían mucho éxito entre las féminas. Regresaron también las chicas con sus primeras minifaldas, pedían el vino Rosal y el Diamante, y las más exquisitas el San Francisco.

Con la cafetería Alaska la ciudad perdió su inocencia. Acabaron los largos noviazgos y los oscuros besuqueos en el portal al despedirse. Nacía la generación del ligue. La ciudad debe a esta cafetería, sin duda, una leve liberación de la mujer. En su larga barra ellas iniciaban el derribo del decadente y genuino macho español.

(Detrás de la barra Antonio parecía eterno con sus ojos cómplices y bonachones. He visto a pocos hombres que amaran tanto su profesión. Esta anécdota refleja cómo era. Hace años salíamos muy tarde del periódico. Todo estaba cerrado. Alaska tenía la persiana medio bajada y el interior estaba poco iluminado. Nos atrevíamos y llamábamos en el cristal. Cierto, hermano, asomaba Antonio. “¿Podríamos comer algo?”. Él esbozaba su perpetua sonrisa y decía “Para los amigos siempre hay luz”).