Opinión

La nana del abuelo

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La nana del abuelo

Martes, 3 de noviembre

Casi me da apuro contar cómo me enamoré del jazz y de los poderosos fraseos de Pedro Iturralde. Madrid, principio de los setenta, ya había surgido una generación de chicas progres, pero todavía los universitarios de entonces éramos ciertamente unos reprimidos sexuales. Alguien nos sopló que había un club de jazz adonde iban las soldados americanas de la base de Torrejón de Ardoz. Eran muy divertidas y amantes de la fiesta.

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Pero te cuento, hermano lector. Mi amigo de tantas noches de exceso, el poeta Antonino Nieto, y yo dimos con el mítico local Whisky Jazz. La sala estaba abarrotada, nos sorprendió mucho aquella música, pero ya nos erizó los cabellos el pionero Pedro Iturralde cuando interpretó “Les feuilles mortes”. “Pero el viento cruel/ amenaza con arrancar/ para siempre la esperanza,/ la esperanza que con fe abracé…” A las tres o cuatro semanas, mi amigo y yo ya éramos devotos de esa música tan elitista y creativa. De aquellas, actuaban con frecuencia Pedro Iturralde y Tete Montoliu intermitentemente. Actuaban también bandas americanas que tocaban en la base.

Sonaba de nuevo “Les feuilles mortes”, allí estaba yo, no podía fallar. La soldado americana bebía como una cosaca. La recuerdo bien, era rubia, un poco bruta y de risa estridente. Me dolió que en su apartamento me llamase toreador, cogía una chaqueta y pretendía que yo fuese algo así como el toro. Cómo son estas americanas. Pero cielo santo, allí estaba ella en una fotografía entre la tripulación de un mítico B-52. Serían las ocho de la mañana cuando sin restos de resaca levantó la manta y me dijo: “Toreador, nos vemos viernes en Whisky Jazz”. Ay, amigo, cómo no me iba a impresionar vestida con aquel impoluto traje de sargento de las fuerzas aéreas de los Estados Unidos.

Pero hablemos de Iturralde. Era muy cercano y conversamos algunas noches, incluso le hice alguna entrevista en un café de la plaza de Ópera, cerca de donde daba su cátedra de jazz. Me contó: “Lo mío fue el destino. Comencé a tocar en la banda del pueblo con diez años, cerca de Pamplona. Enfermé gravemente del pulmón. El doctor le dijo a mi padre: ‘Cómprele un saxo para fortalecer sus pulmones’. Tuve suerte, el director de la banda me pasó algunos temas de Miles Davis y ya no pude separarme jamás de esta música. Y créeme, todos mis achaques se van cuando veo sonreír al público después de un logrado ‘solo”.

Tenía ya noventa años y los suyos le decían: “Ya es hora de dejarlo, Pedro”. Él respondía: “Si no toco, me pongo triste”.

Y mira tú, no hace tanto tocaba con su banda en el Café Central de Madrid. Cuando soplaba con fuerza su saxo, fiel a su estilo, cayó redondo al suelo. Hubo una gran confusión, llegó una ambulancia y a los siete u ocho días, cuando le visitó su pianista de siempre, Mariano Díaz, le dijo: “¿En dónde es nuestra próxima actuación?”. Recordemos que fue el primero en buscar la fusión del jazz y la música del sur. Anda por ahí un disco titulado “Jazz Flamenco” del 67 que si lo escuchas te parte el corazón. Recuerdo sus actuaciones en el San Juan Evangelista, ay, el “Johnny”, como le llamábamos todos los aficionados a la música. En las dos últimas décadas, vino a actuar al Latino dos o tres veces. Recuerdo la última vez que nos vimos. Me contó en la barra con desánimo mientras instalaban los instrumentos: “Son muchos años y ¿sabes?, ya no sé muy bien qué tocar…” Hermano lector, no es por vanidad, he trabajado como letrista con muchos músicos y conozco sus heridas. Creo que acerté cuando le dije: “Busca las canciones de tu infancia”. Él quedó pensativo. Esa noche recuperó “Anda, jaleo, jaleo”, esa canción que cantaban los milicianos en la Guerra Civil española y él escuchó de niño, y alguna nana navarra. Serían las dos de la madrugada y bebíamos el pacharán de su tierra. Me dijo al oído: “Esa nana se la oí a mi abuelo Perico, que era el molinero del río Arga”.

(Rememoro aquel año 71 en el Whisky Jazz. Éramos muy jóvenes y nos gustaba el exceso. “Las hojas muertas se amontonan a raudales,/ los recuerdos y la añoranza también/ y el viento del norte los lleva/ a la fría noche del olvido”. Qué habrá sido de aquella sargento americana que volaba en un B-52 y que me llamaba toreador. Nunca le confesé que en aquellos años iba a las multitudinarias manifestaciones contra su base de Torrejón. Cómo gritábamos “Americanos, go home”.)

Jueves, 5 de noviembre

El otro día pasaron la película de Hitchcock “La ventana indiscreta”, tal vez la más lograda del maestro del suspense. Te cuento por encima. Todo sucede en un patio de un edificio lleno de ventanas y balcones. El protagonista está impedido y no puede salir. Ay, hermano, es James Stewart. Con unos prismáticos observa todo lo que ocurre. Y cree ser testigo de un asesinato. Su novia se implica. Nada menos que Grace Kelly. Yo también tengo mi ventana indiscreta. Es desolador, veo que todos los establecimientos están cerrados. Los ciudadanos caminan “tal si los adormeciesen con flechas flamígeras”. “Se traspasa”. Sí señor, se traspasa parece el himno de la ciudad. Qué sorpresa, veo obreros en un local enfrente, el jefe dice: “Apurad que la jefa quiere abrir ya el negocio”. Me pregunto quién es el suicida que se atreve a abrir un negocio en estos momentos. Me imagino un tanatorio, un local de pompas fúnebres o así.

Viernes, 6 de noviembre

Hoy abrió y descubrí el misterio. Vaya sorpresa: es una peluquería de lujo. En esta calle hay cinco o seis. Ay, nuestro venenoso mal de la apariencia. Lo contrario es la autenticidad. El clásico afirma “Has de llegar a ser el que eres”.