Opinión

Lápiz rojo

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Lápiz rojo

Parece como si los ojos crueles del inquisidor toledano se posasen de nuevo sobre este trozo de mundo. El censor retorna. Encarcelan a los cantautores por sus versos lúcidos y el miedo anda suelto por las redacciones de los grandes periódicos.

Me temo que va a suceder lo que le ocurría al gran Maqueda allá a finales de los 60 cuando ya era el realizador de aquel mítico programa ‘Cancionero’ en televisión española. Cuenta él “Ay, a veces todavía me visita aquella pesadilla. Se llamaba Francisco Ortiz, era el padre del famoso exmarido de Gunilla allá en Marbella. Qué pareja, jamás se perdió una fiesta. Antes de cada programa me visitaba puntualmente don Francisco. ‘Por Dios, señor Maqueda, no me traiga a esos cantantes de pelo largo, dígales que tienen que cortárselo antes de salir en pantalla’. Le respondía ‘Son los nuevos tiempos don Francisco’. Por fin él accedía ‘Bueno, bueno, está bien, pero que oculten su pelambrera. Y esas fulanas que lleva al programa que crucen las piernas como Dios manda’. Al final, él se partía de risa. ‘Don Francisco, tiene usted que inventarme un ‘pelómetro”.

No es extraño que regresen viejos tiempos. Ay, un redactor caminaba temeroso Paseo adelante apretando su cartera hasta el gobierno civil. Los guardias en la puerta siempre lo miraban con recelo. Después lo acompañaban al siniestro despacho de aquel hombre inevitablemente pálido tras sus gafas metálicas. El fulano leía meticuloso y con avidez de principio a fin todas las páginas del periódico, hasta los anuncios. Con frecuencia su lápiz rojo de censor subrayaba una línea, una foto, un párrafo o una página entera. Y si le salía de los cojones el periódico completo. Colegas suyos se lanzaban sobre los textos como tigres acechantes.

Por la mañana ya habían pasado por la aciaga oficina los gerentes de los cafés-teatro y salas de fiesta de la ciudad. Ah, conocí al popular Cholo que estaba a cargo de la inolvidable sala Auria. Cada semana llevaba las fotos de las bailarinas y artistas al gobierno civil. “A veces le llevaba sus puros favoritos, pero no me servía de mucho. Perseguía con verdadera obsesión las faldas cortas y los escotes, ay, los escotes le ponían enfermo. Con frecuencia le hacía trampa, cubría con destreza de crupier con una pegatina los atrevidos muslos de las artistas, después, en el escaparate retiraba la pegatina. A veces, aparecía por sorpresa, pero los porteros estaban avisados, ese día las artistas salían a escena como monjas de clausura”. Contaban que en su vida privada era un hombre vividor que frecuentaba los tugurios y las mujeres de mala vida. 

Jodida censura, hermano lector. También la sufrí yo avanzado ya el año 78. En las calles había cierto ruido de sables y miedo a los viejos generales. Los insumisos plantaban cara. Los guerrilleros de Cristo Rey acababan de volar ‘La Vaquería’, un local clave de los inicios de la Movida, con 2,5 kilos de goma-2. Por supuesto, jamás se supo quienes fueron. Quizás algún lector tenga mi libro ‘Irrevocablemente inadaptados’. Hay dos páginas con fotos provocativas de soldados. Quizás la autocensura y los miedos que rondaban al editor. Lo cierto es que salió el libro con una página en negro, como de luto. La verdad es que las fotos bastaban.

Alguna vez lo he relatado, pero no me resisto a contártelo de nuevo, hermano. Fíjate, era ya el 82. Ay, cuántos traumas habitan las mentes de los que hemos crecido bajo el mando del general ferrolano. Te cuento. Entonces trabajaba de letrista con Miguel Ríos. Allá me fui a su casa cerca del parque de Berlín con la letra de una canción que quizás conozcas: ‘Generación límite’. Él se mostró feliz y partió ilusionado a grabar a Londres. Era una canción generacional. En un verso hablaba del pasado de este país “Grises palos carreras / Los militares no bailaban rock”. Un mes después llega Miguel con el nuevo vinilo entre las manos. Ay, ahí están otra vez los traumas y heridas. Recuerdo la tarde lluviosa en que me puso el disco. Al llegar ‘Generación límite’ escucho: “Grises palos carreras / Los ‘bien pensantes’ no bailaban rock”. Justo ahí él me miró. Ninguno de los dos dijo nada. 

(Vivimos tiempos peligrosos. Los inquisidores toledanos parecen salir de sus tumbas. Los que mandan no aman a los hombres. Desde los juzgados severos fiscales llaman a declarar a cantautores, artistas y a todo aquel que transgrede.

Nos quieren ‘replicantes’ de la escuela de "Blade Runner". Ponte alerta, hermano. Regresan los tiempos en que matan la libertad de expresión. Venga, busca el poema de Horacio Guarany, aquel que subrayaste cuando tenías veinte años: “Si se calla el cantor calla la vida / Si se calla el cantor se quedan solos los humildes gorriones de los diarios / Si se calla el cantor, muere de espanto la esperanza, la luz y la alegría”).