Opinión

La muerte tenía un precio

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La muerte tenía un precio

Miércoles, 16 de septiembre 

Mi barman favorito, ya viejo amigo, Jose, tantos años en el Latino, me sirve mi imprescindible café. A veces me da un soplo. El martes me llevó a una esquina “Mañana es mi día libre y vas a conocer a alguien de esos que te gustan a ti, esos que son de la última estirpe de una generación o de un oficio, vas a flipar”. Le digo “¿De qué se trata, hermano?”. Sonríe “Es una sorpresa”. Jose a veces me presenta a personas especiales y literarias. Cuántas noches después de los conciertos de jazz cuando la sala estaba vacía, nos quedábamos los dos a hablar con los jazzmen. Qué noches de risas con Jorge Pardo, Pedro Iturralde o Tete Montoliu y su batería Peer Wyboris, aquel alemán que con diez años corría por las calles de Berlín mientras caían las bombas allá en el 45.

Pero que no se me vaya la olla. A eso de las cinco, Jose y yo partimos de Ourense en su coche. Pulsa un botón y suena el mítico tema "La muerte tenía un precio". Lo pone dos o tres veces seguidas “No te imaginas a dónde vamos, ¿eh?”. Estamos ya en una aldea cerca de Lobios. Llamamos en una casa de piedra con huerto, un perro pacífico y al fondo una bíblica higuera que rebosa el fruto. Una señora de mediana edad abraza a Jose. Me mira y le pregunta “¿Este es el señor que escribe sobre la vida de los demás? Pues vaya oficio”. Entramos en un saloncito, en unas copas de vidrio con dibujos muy antiguos nos sirve un licor de aguardiente con cerezas. Cierto, suben por mi vértebra, me pongo eléctrico. “Lo hacemos nosotros. Ella toda la vida toma tres o cuatro copas a lo largo del día”.

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Entramos en una galería donde cuelgan imágenes de la virgen. La anciana le da a la rueda de una antediluviana máquina de coser que todavía luce su marca "Sigma", ella, una mujer que luce entereza ante el destino. Jose me guiña “Ahí la tienes, casi un siglo y sin duda la última de aquellas "choronas". Sonríe beatífica “¿Así que quieren saber de mi oficio?”. Cuenta “Eran años de hambre, miseria y pan centeno. Fue una tía mía la que me enseñó. No se imagina usted lo bien que lloraba y sollozaba. Le caían lágrimas a todo el mundo. Mi tía me enseñó a amortajar al difunto, a afeitarlo, vestirlo con un traje pulcro y darle unos potingues que ella preparaba para que no estuviera tan amarillo. He visto a muchos que acababan de morir, el rictus con que se despiden de la vida dice todo de ellos. Quizás sean imaginaciones mías pero alguno dejaba como un olor a azufre.

“Mañana es mi día libre y vas a conocer a alguien de esos que te gustan a ti, esos que son de la última estirpe de una generación o de un oficio”

 

Ya apenas se escuchan. Qué triste. Sabe, un sacristán me enseñó a tocar las campanas porque tocar a difunto hay que hacerlo con mucho tiento y con ritmo para que emocione y haga persignar a los paisanos”.

La señora nos abre un baúl. Nos enseña largas batas negras, pañuelos negros, mantillas, una biblia muy usada y dos o tres rosarios, uno de ellos de rojizas cuentas que aún conservan restos de su brillo. “Con estas ropas pasé muchas noches velando a los difuntos. Aún recuerdo a un vecino que un poco después de amortajarlo comenzó a mover los ojos. Ya sabe, entonces había pocos médicos, mucha superstición y todos salimos espantados. Después, el médico nos habló de esa enfermedad en que los enfermos parecen muertos.

Sabe, en esas noches también vi cosas horribles. Más de una vez con el difunto en cuerpo presente, sus hijos se peleaban por la herencia. En una ocasión incluso hubo navajazos. Más de una vez en que nos contrataron vi cómo la viuda tenía lágrimas de cocodrilo y hacía más teatro que nosotras. En aquellos años, yo acompañaba a veces al viático por las calles a casa del moribundo. Más de una vez, cuando el cura iba a iniciar su ceremonia y ponía la mano en su frente, el enfermo renegaba y en una ocasión, como si estuviese poseído por el demonio, empujó al cura que cayó al suelo con su copón y sus artilugios. También he visto arrepentirse a muchos llenos de miedo”.

La señora se sofoca un poco. Su hija le da un sorbito de aguardiente y espabila. “Todo cambió creo que para mal. Sólo fui una vez a un tanatorio y no me gustó aquello. Apenas había lágrimas. Mire, era mucho más humano en mis tiempos de llorona. El moribundo en su cama, toda la familia alrededor, la mano de su ser más querido apretando la suya. Tengo grabado los rezos y ese silencio tremendo cuando da su último suspiro. Que sepa que nosotras teníamos nuestro corazoncito. A veces no cobrábamos. Cuando alguna persona se ahorcaba en su cuadra y el cura se negaba a enterrarlo en tierra sagrada, nosotras siempre íbamos a llorarlo. Más de una vez en la noche los familiares levantaron el cadáver y lo trasladaron a un nicho que alguien ofreció y todo quedó en secreto”.

La señora está fatigada. Es el momento de irnos. Nos mira maternal con sus ojos hacia adentro “Veo ese "mal" que avanza por los tejados. Manténganse a salvo y velen por ustedes”. 

(Regresamos. Desde lo alto vemos nuestra ciudad, Ourense. Uno de los dos dice “Mírala, ¿no te parece un panteón?”)