Opinión

Paisa, con mi fusila matar muchos rojos

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Paisa, con mi fusila matar muchos rojos

Lunes, 12 de octubre

Escucho viejas canciones en la radio. Desde el balcón miro las calles. Hay exceso de melancolía. Pasan ourensanos con leve miedo y esa mirada húmeda tan de aquí. Mi mente está despierta y estoy reflexionando sobre esta infeliz ciudad nuestra. He escrito, "es conmovedor ser la ciudad con más ancianos del continente". Recordé algunas canciones que compuse. Aprendí que una canción funciona por su estribillo. Pensé, quizás una ciudad también funcione por su estribillo. Así que me dije, huye de los tópicos del agua caliente y esas cosas y piensa qué podemos venderle a los europeos. Pues hermano lector, recuerda qué certero fue: “A Coruña, la ciudad en que nadie es forastero”. Fue un eslogan explosivo, o “la arruga es bella” que llevó a la cumbre a mi querido Adolfo Domínguez. Así que, mis desquiciadas autoridades, les lanzo mi reto. Piensen, ¿qué es lo que más desean los seres humanos? Es fácil, vivir muchos años con salud.

Hace nada venían dos esquelas de dos ourensanos fallecidos con ciento cinco años. Aquí todo el mundo fallece con mucha edad, miren el periódico, todo el mundo pasa de los noventa. Ofertemos ese misterio. Ahí va, el eslogan que nos sacará de la miseria: “Ourense, la abuela de Europa / descubra su secreto”. Otra alternativa, tal vez atinada: “Ourense, la ciudad de los centenarios / conozca su secreto”. Me imagino ya a trenes y autobuses repletos que nos visitarán cada día.

Mis queridas autoridades, reúnan ya a sus técnicos. Apuesten fuerte. Con seguridad superaremos a Marbella y sus cursis princesas de alas pálidas.

(Escucho viejas canciones por la radio. Pasan los ourensanos llenos de bolsas, incitados por la soledad y las televisiones. Pienso en el alma de Ourense. Tal vez nuestra mejor virtud es acoger con calor al visitante. Ya lo escribí, sería un buen eslogan “La ciudad más literaria y la más cantada por los poetas”).

Martes, 13 de octubre

Conocí a Reverte en el pub Santa Bárbara, un garito al que íbamos toda la canalla progre de Madrid. De aquellas él escribía en "Pueblo". Cuando lo conocí, venía de cubrir la guerra de Sidi Ifni. No hablaba mucho de ello, contaba “los legionarios son unos valientes y los políticos del general Franco unos cobardes y torpes”. En sus ojos ya estaba su alma errante que cubriría todas las guerras.

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Saca una novela sobre la guerra civil española "Línea de fuego". Leí unos adelantos y nos recuerda algo que olvidamos, las mujeres fueron quienes perdieron más. Eran libres, dueñas de su cuerpo y cultas. Después de tres años de guerra cayeron a los pies de los confesionarios. Lo que leí me ha llenado de recuerdos. En el 78, en uno de mis viajes a Marruecos, cuando todavía no había llegado el turismo, podías alquilar una bella casa al lado del mar por doscientas míseras pesetas. Pero te cuento, hermano lector. En el zoco de Larache conocí a un musulmán ya anciano. Al saber que era español, entabló amistad conmigo. Me mostró sus papeles, cobraba una escasa pensión española. Había hecho la guerra en las filas de los aguerridos "regulares" al mando del general Yagüe, tristemente conocido: "el Carnicerito de Badajoz". Dice “Paisa, en ‘Badajós’, con mi puñal y mi ‘fusila’ matar muchos, muchos rojos”. Y para sorpresa mía añade: “Quiero hacer negocio con usted, paisa”. Va y saca del bolsillo de su chilaba un pañuelo blanco limpio y muy doblado. Me dice con orgullo “Mire, paisa, dos medallas, fui valiente y las gané. Me las colgó el general Varela, que gustaba mucho de nosotros, los rifeños, y siempre vestía una chilaba. Se las doy por doscientos dirhams”. Me dio mal fario y no se las compré.

Vayamos con otro. Esto me lo contó un abuelo allá en Vilardevós. “Habíamos tomado una loma, después de combatir con bayoneta cuerpo a cuerpo. Estábamos todos tirados, agotados y heridos rodeados de cadáveres. Entonces llega un marroquí con una especie de caja atada a la cintura y grita ‘Tabaco, tabaco, ¿quién comprar tabaco?’. Nadie se movió y nadie llevaba una peseta. Nuestro capitán miró alrededor y después clavó los ojos en el fulano. Sin más, saca su pistola, le pega un tiro y dice"A fumar todo el mundo".

Quizás lo haya escrito, aquel hombre había sido alférez provisional en la guerra civil y conversé con él alguna vez sobre nuestra fratricida guerra en un garito allá en la "raia". Habló muy despacio: “Todo esto es verídico y sucedió en la plaza de un pueblo cercano que no quiero nombrar. La camioneta estaba en el centro de la plaza con diez o doce desgraciados milicianos que iban a ser fusilados en la tapia del cementerio. Allí estaban un teniente, dos o tres legionarios y un altivo falangista. Ya le digo, en el centro de la plaza. A treinta metros sus madres y familia lloraban y se despedían. Va a arrancar. De pronto, uno de los condenados grita a su mujer "Rosario, no te olvides de que Dionisio nos debe quinientas pesetas". El teniente lo escuchó y algo pasó por su cabeza. "Venga, rápido, bájenme a ese preso al que le deben quinientas pesetas". El hombre baja temblando entre dos legionarios. El teniente le pregunta: "¿Quién le debe a usted quinientas pesetas?". El preso dio el nombre. El teniente tenía entre las manos una libreta gastada donde estaban todos los datos. Lo miró de arriba abajo y le espetó "Vaya cabrón, ese tal Dionisio es el que le denunció. Váyase a su casa, con su mujer".

Hermano lector, el abuelo siempre cuenta batallas.