Opinión

Qué vida perra

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Qué vida perra

 

A veces hay que visitar el lado oscuro. Estoy en la puerta del hogar del transeúnte. Me meto en la fila de los más desgraciados, de los excluidos. Desde el coche, los “maderos” nos miran con leve gesto de perdonavidas. Cómo huele esto a ruina, hermano. Una vez más, recuerdo el poema de Allen Ginsberg  que define a estas generaciones extraviadas: “He visto las mejores mentes de mi generación destruidas por la locura,/ histéricos, famélicos, muertos de hambre arrastrándose por las calles,/ tipos que al amanecer buscan una dosis furiosa”.

 

En mi fila están todos los que han vagado hoy por la ciudad con sus trucos para conseguir algo de dinero. Pedir unas monedas, trapichear, tocar la flauta o la guitarra en una esquina… (Entre los charcos de la última lluvia y una esquina no muy frecuentada/ de una ciudad sucia y olvidada/ llega el cantor a empezar la jornada.)

Se me está yendo la olla, amigo lector, volvamos a la fila del infortunio. De lo que te quiero hablar es del hogar del transeúnte. Tengo delante de mí a un sujeto tuerto, una cicatriz rasga su cara. Caigo en la cuenta: vi a ese individuo el pasado verano buscándose la vida en Samil. Ya sabes, como “gorrilla” a la caza de aparcamientos. Se lo dije y respondió con una lánguida sonrisa desdentada. El fulano era de la antigua Yugoslavia. Estuvo en Bosnia Herzegovina apoyando a Milosevic: “No me preguntes de aquello, colega. Solo te diré que no había ya sepulturas ni cementerios, enterramos a mi hermano en un parque público. Una mañana cogí una cuerda, armé en uno de sus extremos un nudo corredizo y la pasé sobre  la rama de un árbol. Los balcánicos hablamos mucho del destino. La rama rompió. No era mi hora”.

Ay hermano, las calles están llenas de marginados. Algún día reventará todo. Bueno, al menos hoy, y por tres días, tendrán techo y comida en este hogar provisional. Tres viajeros bajan de un furgón desvencijado y se añaden a la ya larga hilera. Ay, inevitable recordar aquel alucinado viaje del 79 que hicimos desde Amsterdam a la India. Todo sucedió en un suspiro. Un viejo Volkswagen estaba aparcado en la plaza Dan. Sobre el parabrisas, escrito con letras picasianas, un cartel decía: “Nous allons a Katmandú viens quec nous. Ti paies que lésence”. La verdad es que, al fin y al cabo, uno es españolito y la larga melena de dos nórdicas que ocupaban los primeros asientos fue lo que me convenció. Yo andaba perdido por la ciudad y dormía en el viejo Vondelpark. Hice mis cuentas. Tenía un puñado de billetes. Qué cojones, allá voy. Me recibieron con la calidez de aquella generación soñadora.

Un hombre de descuidada barba está ahora a mi lado: “Llevo quince años dando bandazos. Soy de esos que tenía chalet y dos coches de alta gama. No faltaba de nada y aquí me tienes. Qué vida perra. Mi empresa era de construcción, veintena de empleados. Vinieron malos tiempos. Las deudas me acosaban. Todo fue rápido. Tres meses. Mi mujer se largó con mi mejor amigo y de mi hijo no volví a saber. Conozco casi todas las pensiones baratas de España, todos los albergues gratuitos”. Lo miro y pienso: es el retrato robot de una generación desquiciada. 

Muy cerca hay dos tipos que saben que el abismo acecha. Un flautista errante fuma con ansiedad. Un sujeto presume: “Una noche casi desbanco el casino de Póvoa de Varzim”. Hay pocas chicas en la fila. Alguien llama a Maite. Ay, presiento que es una mujer solitaria, fatal. Tiene tanta tristeza que no me atrevo a acercarme. 

(Tomo notas en mi viejo bloc. De pronto, un fulano se acerca y me escupe. “Largo de aquí, periodista de mierda”. La cosa se pone fea. “Sacasteis en el periódico mi foto cuando entraba esposado a ver al juez. Yo no era culpable”. El yugoslavo me defendió. Después del altercado no me animé a pasar la noche en el hogar del transeúnte.

Cuando me voy, un joven mendigo me dice: “Escriba, escriba usted de lo enfermo que está este mundo. Hiela más el desprecio que el frío. El día de Nochebuena dormí en un cajero como siempre. Vaya regalo el que me hicieron. Aún me pregunto quién ordenó bajar la temperatura al mínimo”.)