Opinión

¿Por qué se vacían los templos?

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¿Por qué se vacían los templos?

Se lamentan algunos por cómo se vacían algunos templos y por qué la fe de los españoles parece estar aletargada o en la UCI. Sé que a lo mejor discreparán de mí por la manera de ver las cosas y les pido perdón de antemano, pero permítanme que al menos diga lo que siento y lo que creo aun cuando pueda estar equivocado. Lo reconozco. 

Además de por los pecados de la Iglesia, que como humanos tenemos, esta generación que parece apartarse de la fe cristiana ha sido educada después del Concilio Vaticano II. Como cosa nueva que era, aquello fue un río revuelto en el que trataron de pescar algunos con "sus" ideas que distaban mucho de las que emanaron de aquella reunión única. Un concilio pastoral por excelencia, con las puertas abiertas al mundo al que trató de comprender "Con alegrías y esperanzas". Decía un obispo que asistió a todas las sesiones, al ver como lo interpretaban algunos, que esas interpretaciones nada tenían que ver con lo tratado en el aula conciliar. Esta es la causa. Porque en la más importante reunión de la Iglesia del siglo XX ni un ápice se borró su doctrina. Tan concilio fue el Vaticano II como el de Jerusalén, el de Letrán o el de Trento. Algo que parece que algunos ignoran. Más aún, en temas como la mariología, es difícil encontrar otra asamblea que le haya dedicado tantas páginas excelentes desde el Concilio de Éfeso en el siglo V.

¿Entonces qué ocurrió? Para mí, muy fácil. Algunos se olvidaron de transmitir contenidos e ideas claras, de transmitir las verdades fundamentales y bien fundamentadas. Se olvidó, soslayó e incluso se despreció la memorización de las verdades de siempre, resaltando vivencias sin fondo que de momento llenan pero que a la media hora se olvidan. Porque una vivencia sin base se volatiliza enseguida, se olvida al momento y conduce, ¡tantas veces!, a un sincretismo, a un revoltijo de cosas en el que Jesucristo es visto desde la óptica arriana. Un gran personaje pero ignorando que es Dios, como el Padre y como el Espíritu Santo. La doctrina de la Iglesia es una más y el Magisterio de la Iglesia es otra de las muchas opiniones…

En definitiva, se ha dado una doctrina basada en ocurrencias y éstas hoy son y mañana ni se sabe. Vivimos en la era de las ocurrencias emanadas a veces de publicaciones muy llamativas pero sin la verdadera esencia de la fe cristiana. Y así, con esta “formación”, ocurrió una tremenda deformación en la que es igual ir a misa que al teatro o a una reunión de ocio cualquiera. A uno le queda la esperanza de que sea verdad la conferencia dada en San Martín Pinario en 1975 por el médico burgalés y líder de la Acción Católica en la ciudad del Cid, José María Francés. Estamos en un estío que llena de polvo nuestros zapatos a media tarde y empapa de rocío por la mañana. Ese rocío está oculto a la tarde, pero tenemos la esperanza de que siga estando y algún día salga afuera como en las mañanas estivales empapando nuestros zapatos...

Estamos pasando esta larga pandemia en la que también han estado cerrados nuestros templos. Se van abriendo poco a poco. Falta saber si los cristianos católicos después de tantos meses de reclusión en sus casas habrán reflexionado, también, sobre su fe. Es un buen momento para calibrar sobre lo pasajero de la vida y la indefensión que tenemos ante cosas tan pequeñas como el célebre virus.

Un momento para reflexionar sobre lo fundamental de nuestro ser humano, porque los acontecimientos pasan, las cosas materiales se acaban, pero siempre permanecen las esencias y aquellas verdades inmutables que en realidad es lo que vale de verdad la pena. Se puede ser creyente, agnóstico o ateo, pero nunca se debe perder la visión de la realidad que nos rodea.

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