Opinión

Aquello había que confesarlo

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Aquello había que confesarlo

Pues no. Le gente menuda de los años cuarenta, recién “ganada” la guerra por el “Generalísimo”, la gente menuda pontina no nos aburríamos en aquellas largas vacaciones veraniegas. No había motivo alguno para quedarse en casa, nos reuníamos en la calle y tras analizar las propuestas de cada uno, decidíamos qué era conveniente hacer. Fáciles de conformar además, no había margen para el aburrimiento. 

Se nos iba la mañana rápidamente, porque cerca de la una pasaba el tren correo que iba camino de Monforte y de allí, para Madrid. Lo oíamos llegar porque pasando la zona del cementerio, avisaba de su presencia al personal de Renfe con fuertes pitidos que también captaban todos los vecinos, chavales incluidos. Y, por si fuera poco, al rodar por el puente de hierro sobre la entonces llamada calle de General Mola, hoy avenida Caldas, iba a pasar por la zona del actual parque para pararse en la Estación, ubicada donde hoy están el Instituto y el 12 de Octubre.

Es decir, cuando entraba “el Correo” ya era la hora de ir a comer. Y si tus padres no te obligaban a echar la siesta, volvías a reunirte con la panda… para el programa de tarde. Con un alto al salir por el mismo puente de hierro “el Correo” camino de Vigo, que era la hora de dar una vuelta por casa para reclamar la merienda. 

En nuestras tantas horas libres del verano, entre juego y juego, entre correr y correr, teníamos una gran debilidad: la fruta prohibida, la ajena. Había varias fincas que eran una tentación. La más apetecible, una determinada, pero pegada a la parte más accesible del cierre, había una parra con unas campanillas, y si saltabas, tocabas en esa parra y sonaban. Y entonces aparecía Tom, un enorme perrazo luciendo su enorme dentadura. Isauro, uno de los hijos de La Guardesa, encontró un remedio que nos dejó perplejos: apareció con una preciosa perra en celo y se la mostró, acercándola al gran Tom. Aquel aroma puso el can como loco.

 Cuidadosamente, con paso lento, fue Isauro caminando con la tal perra en brazos, lentamente. mientras el mastín estaba cada vez más alborotado. Hasta lo más lejos posible. ¡Y zas! Echo a la perra dentro para diversión y satisfacción del can guardián. Se puso patas a la obra con gran pasión. Pornografía pura.

Como si aquella mocedad estuviera hambrienta, entró. Al día siguiente volvimos por allí, como quien no quiere la cosa. La dueña estaba dentro:

-¡Niños! Ayer, unos sinvergüenzas entraron y mucha fruta comieron. No sea que les dé por volver. Pasad y comer todo lo que queráis.

“Acojonados”, obedecimos. Pero habría que ir a confesarse con don Germán.