Opinión

La cantante que no se destapaba

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La cantante que no se destapaba

Volvamos a dar una vuelta por el Café Lisardo. “O Badanas”, es decir, el hijo del señor Lisardo, acababa de cambiar el cartel que anunciaba la actuación de aquel día: la gran cantante Tania. Muy conocida. Muy recordada. Nadie lo dudaba. Era una gran cantante. Ya crecidita, a punto de llegar a los cincuenta, pero todavía de muy buen ver. Una señora. Sólo tenía un inconveniente: que por más que le pidieran aquello de “aire, aire”, es decir, que hiciera que bailara y diera vueltas, no lo había; y por tanto, no enseñaba las piernas, se limitaba, y muy bien por cierto, a cantar.

Pero algo le pasaba aquella noche. Como si quisiera complacer a todos, como si se diera cuenta de que había que darle a aquel público fiel “algo más”. Al terminar su primera actuación tiró de su falda acampanada hacia arriba y casi llegaba a la rodilla. Aquello era suficiente. A los méritos de aquella voz unía “algo de pierna”. Y el enfervorizado público arrancó entre grandes aplausos… “más, más, más”. Ella hizo un gesto. Dejó caer la falda y con las manos pidió calma, sonriendo, como si soltara “calma, calma… después”. Se metió tras las cortinas a cambiar su atuendo. 

Cuando apareció de nuevo y el maestro Vide marcaba al piano la nueva interpretación, el personal soltó de nuevo a coro lo de “más, más”. Pero Tania, como si nada, se dispuso a cantar. Silencio, más expectación que nunca. Era cosa de esperar al final. Y llegó. Aquello de “las palmas echaban humo” era poco. Era fuego. La gente esperaba, al fin, ver cómo se alzaba el faldón más arriba y hasta, quién sabe, poder conocer el color de su mayor intimidad cubierta. De repente, Tania pegó un brusco tirón a lo alto, y quedó en el escenario en braga y sostén.

Madre mía la que se armó. “O Badanas” fue impotente para hacer algo… El griterío tenía que oírse en el Ribeiriño, en las orillas del Miño, pero del lado del campo de la Feria de los Remedios. Tal era el entusiasmo que había gante que se subía a las mesas. Parece que iba a saltar al escenario. “Badanas” agitaba los brazos inútilmente pidiendo calma. Tania se refugió y volvió a salir, ya vestida, y fue entonces cuando la gente, a voz el grito, pedía “¡otra, otra, otra!” “Badanas” no sabía qué hacer, no tenía a quien pedir ayuda. Se le ocurrió subir y comprobó que estaba Tania escondida entre las cortinas. “La culpa es tuya, ¿cómo se te ocurrió esto? ¿Y cómo vas a calmarles ahora? ¡A ver qué se te ocurre!”

Armada de valor, Tania tomó una decisión drástica. Lo único que le quedaba. Completamente vestida, salió y vio al personal enloquecido. Seria, muy seria, pidió calma. Y, repentinamente, se echó a llorar. Oye, mano de santo. Se produjo en la sala un silencio absoluto. Aquellas lágrimas apagaron el fuego… ¡amansaron a las fieras…!

Y, como si nada, terminó la función. La insólita función.