Opinión

Contrabandistas aficionadas

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Contrabandistas aficionadas

Afinales de los años cuarenta e incluso en el comienzo de los cincuenta se puso de moda en nuestro ambiente pontino el contrabandear. Eran tiempos muy duros, la gente no tenía dinero y había que hacer uso de la imaginación para idear algo que permitiera lograr algunos ingresos. Y, curiosamente, se echó mano del café. 

Era un artículo que se conseguía fácilmente en Portugal, procedente de sus abundantes contactos exteriores. Mientras España lo conseguía oficialmente, pronto empezó a entrar a través de Portugal. En plan serio, a través de grupos que lo transportaban en caballerías por las montañas fronterizas. Y luego, empezó a aparecer en cantidades menores y de una manera ciertamente original: mujeres vinculadas a familias de ferroviarios, que por ello no pagaban billete para viajar y, más curioso todavía, se colocaban sobre la ropa interior una especie de faja, provistas de canaletas donde depositaban el café en torno a las caderas y, encima, el vestido.

Naturalmente, no era difícil de suponer que aquel extraño aspecto, abultado respecto al resto del cuerpo, escondía algo. Pero los agentes “de la brigadilla ferroviaria” preferían no entrar, y del “señora, pero qué leva?” se podría pasar al “ti toca, bótame unha man e verás que ostia levas”. Y así, “meneando el trasero” seguían calle abajo hasta el lugar donde podían liberarse de la molesta carga. Luego, ya sabían a quién podía interesarle. Tostaderos e incluso cafés que ellos mismos realizaban el tueste, auténticos expertos. Como disculpa, justificación del viaje, estas mujeres traían además a la vista cestas, bandejas de marisco que iban a vender aquí.

Y es que, sabido es, el tren de Vigo y Ou-rense discurre bastantes kilómetros por la frontera galaico-portuguesa y les resultaba fácil a ellas hacerse con la mercancía. Y desde luego, dejando a un lado el café, nécoras, camarones y percebes eran muy bien recibidos por clientes que nos importaban mucho, ya que además se adquirían a buen precio. Y a eso sí que nos apuntábamos otros clientes.

También es verdad que una vez liberadas del café, quedaba otra operación para parte de la mercancía: pasarla a Ourense por el Puente Viejo, y procurar pasar el “fielato municipal” ya que estaba situado en el Campo de la Feria de los Remedios, junto a la capilla. Pero ya eran los compradores, generalmente gente conocida, los que lo pasaban argumentando cualquier disculpa fácil para pagar lo menos posible.

Vamos, que entre el paseíllo de las contrabandistas aficionadas, “los de la brigadilla” que no ponían gran interés por intervenir, los que nos interesaba el marisco... era una atracción más en aquellos tiempos tan particulares de nuestro Puente de aquellos años difíciles que, después de todo, unos y otros íbamos viviendo, esperando que llegaran tiempos mejores.