Opinión

Don Óscar, el médico pontino

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Don Óscar, el médico pontino

Aunque hubo varios médicos en nuestro Puente de aquellos años tan especiales de la posguerra, sin duda el más popular, especialmente querido y respetado fue don Óscar Montero Moreno. Era “el médico del Ayuntamiento”, es decir, el oficial; el que si llegaba a su consulta gente necesitada, pobre, no cobraba y pasaba el cargo al municipio. Y más claro, si no podía pasar la cuenta al Ayuntamiento, pues simplemente no cobraba. Aquello era conocido por todos y, por eso, todos correspondían como podían: talleres mecánicos, cafés y demás, nadie le cobraba a él, se sentían muy orgullosos con su visita.

Estaba casado con doña Pilar Guerrero, profesora de Pedagogía del Instituto de Ourense. Tenían tres hijas, muy bellas por cierto, y un hijo. Dos de ellas se casaron con médicos y la tercera en Padrón. El hijo, Oscarcito, de nuestra edad, compañero de juegos y travesuras, estaba empeñado en seguir la profesión de su padre y ya era una especie de médico con nosotros, opinaba sobre nuestros problemas de salud y hasta a veces aparecía con algún aparato de la consulta de su padre para mejorar su opinión sobre los casos de “la panda”. Naturalmente acabó siendo médico, creo que pediatra. 

Pero a don Oscar le encantaba bajar a la hora del café al Lisardo y ponerse a la altura de sus vecinos disputando su partida. Al entrar en conversación con el personal, el que más y el que menos aprovechaba para dejar caer una consulta médica sobre cualquier dolencia personal. El médico respondía, pero con buen humor, sobre la marcha, espontáneamente. Y a la vez le observaban y sacaban conclusiones como: “O bicarbonato é moi bo, porque don Oscar tómao moitas veces”.

Un día, Chicho Custodio le comentó: “Don Oscar, ao mediodía, nas comidas, fago ben a dixestión; pero polas noites, despois de cear, non a fago nada ben”. Y el médico, sin dejar de mirar sus cartas, le soltó: “Bueno, coño, bueno; sábeche ben o estómago si é de día ou de noite”.

Claro, había espabilados que escuchaban y aprendían. Un día, un ganadero ligó a una de las artistas e iba a ir con ella aquella noche y, temeroso de no “dar la talla” pensó en pedir consejo al médico. “Non fai falta -le dijo Remigio, un colega- inda teño eu algunha pastilla que me recomendóu il, e son prodixiosas, pero convén tomala no momento xusto, cando vaias empezar”. Y se la dio a escondidas “al amante”.

 Al día siguiente llegó éste indignado, pero no apareció el donante. “Onde está o Remigio?, me cago na nai que o paríu! Cando cheguei a fonda ca moza tomei a pastilla, a nada mais baixar os pantalóns, con ela na cama espida, pegoume una cagalera que salín por pernas polo pasillo e casi non me da tempo de chegar o retrete”.