Opinión

El Puente no apoyó a su cine Yago

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El Puente no apoyó a su cine Yago

En los años treinta, aquel Puente independiente tuvo su particular cine. Se llamaba Salón Apolo y estaba situado frente a la iglesia, al lado mismo del acceso a aquel Patio de la Morena donde, con el paso del tiempo, aparecerían bien distintos negocios, de la alimentación a los transportes. Era una sala modesta, de escaso aforo, a todas luces insuficiente. No duró mucho tiempo.

Aquel resultado hizo pensar al dueño del local, cuando ya lo dedicaba a productos del país, que sería bueno volver dotar a la zona pontina de un cine, pero con mejores medios. Con su yerno, el inquieto deportista de aquellos tiempos Benito Alonso, concibieron la idea de una sala con un simple patio de butacas. Pero al interesarse también en el tema Villar Foto y un emigrante que regresaba a su tierra fuerte económicamente, tomaron la decisión de una sala importante: patio de 350 butacas, un primer piso de 250 y un segundo para 150 espectadores “de general”; casi 800 en total. Levantaron un soberbio edificio en la calle Ramón y Cajal.

No tuvo el éxito esperado. Era 1949, el año en la la U.D. Orensana abandonaba el Campo Loña y estrenaba el nuevo Estadio José Antonio en el Couto. Los maridos iban al fútbol y al salir se les unían sus esposas y se iban a los Losada, Xesteira, Mary, Avenida y Principal. Con un éxito grande, hasta el punto que si querías cine en la tarde-noche del domingo, tenías que adquirir las entradas con anticipación.

Y es que en esos cines del centro presentaban películas de estreno y en el Yago, sólo reestrenos. Para animar a los pontinos, los empresarios pensaron en completar el programa con actuaciones musicales, humorísticas, a la manera de fin de fiesta. Pero eso ya aparecía a diario en el Café Lisardo, en la calle de arriba. 

Llegó a Ourense la Empresa Fraga de Espectáculos. Y alquiló Xesteira y Losada. Y el Yago. Los estrenos de cada fin de semana los pasaba miércoles y jueves en el Puente, con precios más bajos. Pero la respuesta pontina siguió siendo floja. Nunca apoyó con fuerza a su sala de cine. Preferían el ambiente del centro al que tenían al lado de casa. Fraga aguantó un tiempo, pero acabó por cansarse. Y lo dejó.

Y fue una pena. La construcción, el terminado, mostraban una sala verdaderamente destacada en el Puente. Fue triste, muy triste, meter la piqueta a tan majestuosa obra, cuyo único aprovechamiento para convertirla en pisos exigía el derribo completo. Había que echar abajo hasta la fachada. Se llevó a cabo en 1964.

El Puente se quedó sin cine y nunca nadie más volvió a intentar algo próximo al mundo del espectáculo. Ya no quedaba ni el exitoso café Lisardo, del que tendremos que ocuparnos con un poco de calma, porque merece la pena.