Opinión

Rodolfo "e o queixo do guirrote"

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Rodolfo "e o queixo do guirrote"

Antes y después de haberse salido con la suya -triunfar en el fútbol profesional-, Rodolfo Gutiérrez, el hijo del tornero vasco que había venido a Ourense a trabajar en el montaje del Puente Nuevo, fue un obstinado, un recalcitrante bromista. Disfrutaba desconcertando, asustando a sus amigos y hasta a algún pontino que se pusiera a su alcance. Eso sí, después del “puyazo”, procuraba volver todo a la calma y que quedara en eso, “es broma”. 

Para Rodolfo, un buen campo de operaciones solía ser el Café Lisardo, a la hora de las partidas de cartas o dominó que imperaban en la sala. Metidos en el fervor del juego, la posible víctima se distraía y era entonces cuando él actuaba. Como aquel día en que disputándose una partida de subastado, llegó “O Brochas”, un popular personaje, a tomar un café, y con una caja de zapatos bajo el brazo, observaba la partida, junto a otros personajes. Intrigados por el contenido de la caja, el tal Brochas presumió de la soberbia compra de calzado que había hecho y exhibió orgulloso el par. Se levantó uno de los participantes y Brochas, experimentado jugador, se apresuró a reem-
plazarle. Hasta que terminó el juego, cogió su caja de zapatos y se fue.

No había pasado un cuarto de hora y apareció Brochas soltando tacos y refiriéndose “a nai que paríu o que me mangóu os zapatos”; porque en lugar de ellos estaba en la caja un par de viejas zapatillas. Miraron alrededor y “non estaba o Rodolfo, así que tivo que ser el”. Una hora después volvía Rodolfo con los zapatos.

En vísperas de Navidad, mostró Rodolfo un sobre que había retirado de Correos y en el que un amigo, jugador del Real Madrid, le enviaba ocho décimos de Lotería comprada en Doña Manolita, destinada a unos amigos que militaban en el Zaragoza. Aquello era super-antojadizo. Todos querían adquirir los décimos, pero –decía Rodolfo- “cómo voy a dejar a los maños sin ellos”. Tanto presionaron que cedió. Cobró y se fue. Se deshizo parte del grupo, pero al rato volvió uno de ellos: “Onde está o Rodolfo?, mira que somos burros, estes décimos son do sorteo do ano pasado”.

Y ya, aquel día que se fueron a merendar al Pino, a la tienda de “O Guirrote”. Servía el queso de manera original. Lo pesaba antes y después y cobraba la diferencia de peso. Cuando fue a cobrar dijo: “O queixo non volo podo cobrar; sei que me fodestes, pero non sei cómo”. Se fueron entre bromas. “O Guirrote” cogió el queso y lo llevó a otra mesa. Enseguida lo llamaron los recién llegados “pero que carallo traes eiquí”. Y mostraron el queso con unos gruesos tornillos incrustados en la pieza. “O Guirrote” quedó callado, pensativo, y mientras retiraba el queso decía para sí “outra vez o carallo do Rodolfo, estes tornillos seguro que os trouxo do taller do seu pai…”. Y resignado, aceptó la broma mientras no podía evitar una sonrisa.