Galán y elegante

Galán y elegante

Arturo Fernández fue un referente en cuanto a ser considerado un auténtico galán y un dechado de elegancia. Sus papeles de seductor contribuyeron a construir esta imagen, que conservó hasta sus últimos días. Elegancia en sus modales y en su estilismo. El traje de chaqueta era su prenda por excelencia. De alguna manera se le podía bautizar como “el galán oficial de España”.

Tenía porte y estilo, lo que se entiende comúnmente por “percha”, lo que le llevó a afirmar con esa ironía que le caracterizaba: “Para cualquier sastre es un deleite vestirme a mí. No tiene que darle mucha puntada”. Quizás por ese motivo fueron precisamente los sastres quienes le otorgaron el honorífico premio “al mejor planchado”. Él mismo decía: “El buen vestir es mi tarjeta de presentación”. Y qué razón tiene, pues es evidente que el vestirse adecuadamente es un requisito indispensable si se quiere dar una buena imagen de uno mismo ante los demás. “Vengo de un tiempo donde vestir era primordial”, aseveraba.

Sin embargo, una distinción que le causó enorme satisfacción personal fue la Medalla de Oro al Mérito en el Trabajo, concedida en 2013 mediante real decreto y cuyo propósito no es otro que “Premiar y destacar el mérito de una conducta socialmente útil y ejemplar en el desempeño de los deberes que impone el ejercicio de cualquier trabajo, profesión o servicio”. Ese es el objetivo de las medallas al Mérito en el Trabajo que cada año impone a destacados profesionales el Ministerio de Trabajo y Empleo. Y en virtud de esta distinción, Arturo Fernández gozaba del tratamiento de Excelencia.

Una muestra de su preocupación por la deriva social fueron sus manifestaciones públicas, como cuando afirmaba que: “De hecho, lo que más abunda hoy es la ordinariez, la chabacanería y la vulgaridad”. Enorme verdad. Padecemos precisamente de una invasión de lo ordinario, de lo chabacano y de lo vulgar. Es algo que se ha instalado en una parte de la sociedad y hoy en día parece que quienes practican todo lo contrario están “fuera de lugar”. Lamentable.

Y por supuesto, si algo era característico en Arturo Fernández eran sus piropos, eso sí, siempre elegantes, correctos, dentro de una cultura de los buenos modales. Y evidentemente, los justificaba “como manifestación de admiración respetuosa y de buen gusto”, y entendía que no creía que pudiese molestar a nadie. Y subrayaba: “La necesaria y justa causa por la igualdad de derechos entre el hombre y la mujer tiene poco que ver con la utilización que se quiere y se está haciendo de ella”.

Por último, también Arturo Fernández radiografiaba la situación política: “El problema reside en la falta de respeto, de disciplina y de buenas maneras”.